Un juego nada limpio
No es ningún consuelo, pero la Argentina dista de ser el único país en que el fútbol está en crisis por motivos que poco tienen que ver con el juego mismo pero mucho con la popularidad que lo ha convertido en un negocio fabuloso, además de un imán para políticos. Aunque es claramente imposible alejar del deporte a empresarios y políticos cuyos valores suelen ser muy distintos de los basados en el “fair play”, o “juego limpio”, que supuestamente rigen cuando los equipos se enfrentan, es necesario tratar de mantenerlos a raya. Es por este motivo que incluso algunos que se han afirmado preocupados por la propensión de los gobiernos norteamericanos a desempeñar el papel de gendarme internacional están a favor de la ofensiva que ha emprendido contra la FIFA el Departamento de Justicia de Estados Unidos, seguido por sus equivalentes de algunos países europeos, que apenas ha comenzado. La detención, en Zurich, de funcionarios de la FIFA en vísperas de una elección clave que estaba por celebrar el organismo ya ha tenido repercusiones muy fuertes en muchas partes del mundo, en especial en aquellas en que la corrupción es endémica. La Argentina, que ha sido ubicada por Transparencia Internacional entre dos cleptocracias africanas en su ranking más reciente, ya se encuentra bajo la lupa norteamericana, lo que, en vista de la relación promiscua del fútbol local con la política, puede considerarse lógico. Tal vez exageran los que atribuyen a la influencia de Julio Grondona el sistema desarrollado por la gente de la entidad para enriquecerse, pero la verdad es que no sorprendería que así fuera. Después de todo, no cabe duda de que los familiarizados con la forma en que aquí se maneja el fútbol están en condiciones de asesorar a principiantes de otras latitudes. La FIFA se asemeja mucho a aquellos partidos populistas latinoamericanos que se las han arreglado para consolidarse en el poder. Aunque el presidente de la organización, Joseph “Sepp” Blatter, que optó por dimitir luego de haber sido reelegido con el apoyo de una mayoría importante de los delegados, insiste en que a él personalmente nunca se le ocurrió robar nada, quienes lo rodean han manejado durante años una caja cada vez más llena de dinero que han usado para asegurarse el apoyo de representantes de países pobres bajo el pretexto de ayudarlos a avanzar en el mundo futbolístico, de ahí la reelección triunfal de su jefe a pesar del escándalo que había estallado pero que, dijo, lo había tomado por sorpresa. Sea como fuere, Blatter debió haber entendido que en muchos de los 209 países miembros, entre ellos algunos que son minúsculos –la ONU sólo cuenta con 193–, abundan los personajes que se han habituado a vivir del dinero proporcionado por organizaciones internacionales. Sin embargo, puesto que los funcionarios de la FIFA no han querido brindar la impresión de ser neocolonialistas dispuestos a discriminar a países subdesarrollados, ya colaboraron con los ladrones, ya optaron por pasar por alto sus fechorías por suponer que de tal modo manifestaban su respeto por las diferencias culturales. Huelga decir que tales actitudes perjudican a los presuntamente beneficiados por la amplitud de miras así supuesta. Por motivos comprensibles, prohombres de la política nacional como el jefe de Gabinete –y presidente del club Quilmes–, Aníbal Fernández, rezan para que la investigación impulsada por la procuradora general de Estados Unidos, Loretta Lynch, no avance mucho en los próximos meses. De instalarse la idea de que el fútbol es epicentro de un gran escándalo internacional, a ojos de la ciudadanía cobrarían más importancia temas como la relación de ciertos políticos y empresarios con los delincuentes de los barrabravas y las vicisitudes financieras de Fútbol para Todos, una iniciativa que, por extraño que parezca, a veces pierde dinero pero ha resultado ser un vehículo propagandístico realmente poderoso. En efecto, ya antes de intervenir la Justicia norteamericana en un territorio donde nadie lo esperaba, el fútbol argentino generaba un escándalo vergonzoso tras otro aunque, felizmente para los aficionados, el impacto de desastres como el de hace poco en la cancha de Boca cuando un sujeto trató de envenenar a jugadores del archirrival River con gas pimienta se veía atenuado por las proezas de sus productos en las ligas de Europa.
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