Un Lanata no autorizado

Jorge Lanata aprendió a manejar de grande. Tendría 28 años cuando se compró su primer auto, un Renault 18 al que le sacaba chispas en sus viajes de la capital a la Universidad de Lomas de Zamora donde daba un taller. Todavía era director de «Página/ 12».

Hace un tiempo, a un hombre muy cercano a él se le escuchó decir: «El problema de Jorge es que no sabe decir no». Puede sonar condescendiente o exagerado, pero quien lo ha visto de cerca puede certificar la idea. Lanata tiene el «no» escondido entre los pliegues de su apuro. No le decía no a la velocidad entonces. Tampoco parece decirle no a la dinámica de su actividad cotidiana.

Esto no debería ser un motivo de discusión o sorpresa para nadie. Lanata se define como profesional sobre todo en los medios. Se muestra en ellos tal cual es, aunque sea feo. Porque todo indica que Lanata vive en los lugares en los que hace periodismo. Durmió unas cuantas noches en su oficina de «Página/12» y fueron muchas las madrugadas que se ocupó en la producción de su programa «Hora 25» emitido por Rock & Pop.

Ahora que su rostro hinchado ocupa la televisión no deja de ser un animal interesante para los paparazzi. ¿Come demasiado? ¿Fuma tres atados por día? ¿Drogas acaso? Las dudas del medio farandulero no dejan de surgir. Da lo mismo. Si se quieren algunas respuestas habrá que buscarlas en el pasado. En principio, Lanata siempre tuvo tendencia a engordar. Y su obsesión por el trabajo es proporcional a su pasión. En las redacciones por las que pasó era común que transmitiera esa mística que hace las cosas posibles y mejores. Alguna vez dijo: «La mística es eso que le permite a un pibe quedarse hasta las 3 de la mañana haciendo guardia y que no piense en su sueldo». Mística es la crema y nata de la profesión. Lo que nos hace diferentes. Especiales. Abogados, arquitectos, médicos, no importa. La mística nos vuelve notables y atractivos.

Lanata solía charlar con sus pasantes si se los encontraba por allí o contestando un teléfono mientras él buscaba a un editor. Los jóvenes amantes del dato y la lectura encontraban -al menos en su época del diario- en el inconforme periodista a un compañero de ruta. No es poco en un medio abrumado por el egoísmo.

El documental sobre su persona que este fin de semana emitió América no fue bueno. ¿Una biografía no autorizada en el canal en que Lanata tiene su programa? Todo lo dicho en el ciclo de Rodríguez Arias es archiconocido. Sí, tenía 26 cuando hizo «Página/12». Sí, trabaja mucho. Sí, lo odian y lo quieren con desmesura. Sí, está gordo y fuma. Candidato al infarto. Pero estos datos no explican la esencia de Lanata. Sí lo hacen su capacidad de transgresión y de ser responsable de una nueva escuela de escritura en el periodismo argentino. De escritura, no de investigación.

Como dice un personaje de «La novena puerta» de Pérez Reverte: «En su universo sólo hay héroes cansados». Mientras otros muestran sus lifting, Lanata exhibe su periodismo. Su decadencia física es parte de la vida. Todos envejecemos, unos mejor que otros.

Claudio Andrade


Jorge Lanata aprendió a manejar de grande. Tendría 28 años cuando se compró su primer auto, un Renault 18 al que le sacaba chispas en sus viajes de la capital a la Universidad de Lomas de Zamora donde daba un taller. Todavía era director de "Página/ 12".

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