Un país atado con alambre
Como hacen de modo intuitivo las familias y más profesionalmente las empresas, en el sector público se traza el futuro a través de una hoja de ruta que compara recursos y gastos en un determinado período. Dicha proyección se conoce como Presupuesto.
En la mayor parte de los países se considera a esa guía de objetivos a cumplir como una regla institucional de primera magnitud, procedimiento que además sirve como rendición de cuentas de los funcionarios. Tiempo atrás, al Presupuesto nacional en la Argentina se lo denominaba “Ley de leyes”.
El principal contrapeso que tiene dicho instrumento es que hay un momento en el que se debe evaluar cuánto se ha cumplido de los supuestos previos, cuáles fueron los desvíos y cómo se hace para volver al sendero original. Este examen sólo funciona en sociedades que miran estratégicamente el horizonte y que generan consensos para no apartarse de él, algo que los populismos desacreditan debido a su amor por el corto plazo y por las recetas fáciles.
El caso argentino actual, tras demasiados Presupuestos fallidos de todos los signos, se entronca con la decisión del gobierno del Frente de Todos de no mostrar un Programa económico como referencia para que la sociedad y el mundo sepan a qué atenerse. Casi como un delirio de suficiencia o quizás por cierto pudor a la hora de mostrar planes que casi todos han desechado, la gestión económica del gobierno nacional improvisa sin comprometerse con probables metas a alcanzar, como si el arte de tapar agujeros haya llevado alguna vez a familias, empresas o países a obtener buenos resultados.
El caso argentino actual, tras demasiados Presupuestos fallidos de todos los signos, se entronca con la decisión del gobierno del Frente de Todos de no mostrar un Programa económico como referencia para que la sociedad y el mundo sepan a qué atenerse.
Bajo la decisión política de no exponer un Plan se han enmascarado las prolongadas charlas con los acreedores externos y ahora con el FMI, aun solicitándole al organismo cosas de imposible cumplimento estatutario. La idea es no hacer ajustes y los mercados lo saben. Para salvar el momento y pese al descrédito que le provocó su más que errado cálculo de inflación para este año, Martín Guzmán siempre les dijo a los acreedores: “Nuestro Programa es el Presupuesto”. Ahora, ni ese atajo le ha quedado al ministro de Economía porque el cálculo de ingresos y egresos para 2021 ya había sido desechado, aunque ha tenido su golpe de gracia tras las últimas PASO.
Sin autocrítica, el único diagnóstico que hizo el oficialismo después del sopapo eleccionario fue que la culpa la tuvo la economía, ya que había habido “poco” déficit, según señaló Cristina Fernández en la carta en la que solicitó mayor ejecución del gasto y menos “ajuste”. A su compás, desde el Instituto Patria se propició fulminar aún más el presente con la repetida fórmula de poner “platita” sin respaldo en el bolsillo de la gente para estimular el consumo, ruta segura hacia el desborde de los precios.
Los manotazos de ahogado hicieron también que la política avanzara sobre el Presupuesto 2022 y allí habrá retoques por todos lados, de forma y de fondo, sin considerar que las fragilidades de ayer se reflejan en el hoy y hacia el futuro. Por eso, los números lucen tan flojos y sus proyecciones, inconsistentes.
Los manotazos de ahogado hicieron también que la política avanzara sobre el Presupuesto 2022 y allí habrá retoques por todos lados, de forma y de fondo, sin considerar que las fragilidades de ayer se reflejan en el hoy y hacia el futuro.
Como excusa para meter mano, el diputado Máximo Kirchner acaba de desacreditar los “programas económicos enlatados que siempre han fracasado en la Argentina”. El comentario bien le aplica a las propias recetas del oficialismo, repetidas siempre con los mismos resultados: emitir, administrar precios, ponerle cepos al dólar, mientras caen las reservas y se cuece una devaluación y mantener congeladas tarifas y tipo de cambio hasta que la inflación haga su trabajo y empobrezca a todos, primero a los más carenciados.
Está claro que al no tener un norte presupuestario se hace mucho más sencilla la manipulación de cifras, ya que así se pueden cambiar las políticas y tirar la previsibilidad por la borda. Sin Presupuesto todos son parches y remiendos, las cosas se hacen a la buena de Dios y nadie sabe a qué atenerse. Y si bien el futuro es impredecible por definición, no contar con referencias serias hace que la navegación sea más a ciegas todavía.
Como hacen de modo intuitivo las familias y más profesionalmente las empresas, en el sector público se traza el futuro a través de una hoja de ruta que compara recursos y gastos en un determinado período. Dicha proyección se conoce como Presupuesto.
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