Un país sin árboles
En el transcurso del siglo XX, la Argentina perdió el 70% de sus bosques nativos. Tal y como están las cosas, logrará eliminar el 30% restante bien antes de terminar el siglo XXI. Según un informe que acaba de difundir la ONU en ocasión de la reunión del Congreso Forestal Mundial que se celebraba en la ciudad sudafricana de Durban, nuestro país se encuentra entre los diez que están destruyendo los bosques con mayor eficacia, talando todos los años aproximadamente 300.000 hectáreas. Si bien el total es menor que el registrado por Brasil, donde el área forestal está reduciéndose a un ritmo anual de casi un millón de hectáreas y la deforestación del Amazonas ha provocado alarma en muchas partes del mundo, es tan grande nuestro vecino que sólo se trata del 0,2%, mientras que aquí es cuestión del 1%. Aunque no es ningún consuelo, la situación en Paraguay es peor aun, ya que cada año desaparece casi el 2% de los bosques. Las causas de lo que, a juicio de todos los expertos, es un desastre descomunal no constituyen un secreto. Se trata de una consecuencia previsible del avance incesante y descontrolado de la frontera agropecuaria y la urbanización, combinada con la indiferencia de las autoridades políticas que por sus propios motivos son reacias a frenarlo. Es debido en gran medida a la miopía así manifestada que provincias como Córdoba han sufrido inundaciones devastadoras, como las que hace poco tuvieron un saldo de seis muertos y más de 1.000 viviendas inutilizadas. Los bosques sirven para contener el agua que, sin encontrar resistencia, fluye con mayor rapidez, desbordando los cauces naturales. Pero, claro está, por no ser tan evidentes los beneficios inmediatos de conservar los distintos ecosistemas, escasean los gobiernos provinciales o municipales que toman en serio las advertencias de los preocupados por el impacto de su negligencia. Para ellos, son abstracciones caras a los ambientalistas o funcionarios de la ONU que dicen sentirse alarmados por la eventual incidencia en el clima mundial de los riesgos planteados por la deforestación masiva. Sea como fuere, aun cuando sea menor el impacto del fenómeno en la producción de gases de efecto invernadero y que a pocos les importen mucho temas como la biodiversidad, el que la deforestación indiscriminada contribuya a asegurar que las inundaciones sean cada vez más destructivas debería ser motivo suficiente como para que los políticos tomen las medidas necesarias para proteger aquellos bosques nativos que todavía sobreviven. Señalan los responsables del informe de la ONU que, entre otras cosas, los bosques desempeñan un “papel fundamental” en la lucha contra la pobreza rural, en asegurar la seguridad alimentaria, mantener limpios el aire y el agua, pero así y todo en algunas regiones la deforestación propende a acelerarse. Las peores en tal sentido son América Latina y África, acaso porque los políticos se han acostumbrado a subordinar demasiado a sus intereses personales. Mal que nos pese, es innegable que los gobiernos latinoamericanos y africanos no se destacan por su eficiencia administrativa o por la honestidad de los funcionarios, de ahí la costumbre de tantos de ceder ante las presiones, por llamarlas así, de los resueltos a privilegiar sus propios negocios sin tomar en cuenta las consecuencias a mediano plazo para el conjunto. Así pues, mientras que en otras partes del mundo los gobiernos han conseguido aumentar el tamaño de las zonas forestales –parecería que en China los programas correspondientes han sido muy exitosos–, en la Argentina, Paraguay y Brasil la ofensiva contra la naturaleza continúa cobrando fuerza. Puede que el vínculo comprobado entre la deforestación y la mayor frecuencia de inundaciones muy destructivas termine obligando a nuestras autoridades a reaccionar antes de que toda la Argentina se haya transformado en un desierto sin árboles salvo los meramente ornamentales que decoran las plazas y calles urbanas. En vista de lo deprimente que sería tal alternativa, la de un país sin los bosques que hasta hace poco cubrían zonas extensas de la Patagonia, Córdoba, Chaco, Misiones y otras jurisdicciones, es de esperar que el peligro planteado por inundaciones como aquellas que tantos estragos causaron en la provincia de Buenos Aires los obligue a adoptar una postura más realista en los años próximos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Martes 15 de septiembre de 2015
En el transcurso del siglo XX, la Argentina perdió el 70% de sus bosques nativos. Tal y como están las cosas, logrará eliminar el 30% restante bien antes de terminar el siglo XXI. Según un informe que acaba de difundir la ONU en ocasión de la reunión del Congreso Forestal Mundial que se celebraba en la ciudad sudafricana de Durban, nuestro país se encuentra entre los diez que están destruyendo los bosques con mayor eficacia, talando todos los años aproximadamente 300.000 hectáreas. Si bien el total es menor que el registrado por Brasil, donde el área forestal está reduciéndose a un ritmo anual de casi un millón de hectáreas y la deforestación del Amazonas ha provocado alarma en muchas partes del mundo, es tan grande nuestro vecino que sólo se trata del 0,2%, mientras que aquí es cuestión del 1%. Aunque no es ningún consuelo, la situación en Paraguay es peor aun, ya que cada año desaparece casi el 2% de los bosques. Las causas de lo que, a juicio de todos los expertos, es un desastre descomunal no constituyen un secreto. Se trata de una consecuencia previsible del avance incesante y descontrolado de la frontera agropecuaria y la urbanización, combinada con la indiferencia de las autoridades políticas que por sus propios motivos son reacias a frenarlo. Es debido en gran medida a la miopía así manifestada que provincias como Córdoba han sufrido inundaciones devastadoras, como las que hace poco tuvieron un saldo de seis muertos y más de 1.000 viviendas inutilizadas. Los bosques sirven para contener el agua que, sin encontrar resistencia, fluye con mayor rapidez, desbordando los cauces naturales. Pero, claro está, por no ser tan evidentes los beneficios inmediatos de conservar los distintos ecosistemas, escasean los gobiernos provinciales o municipales que toman en serio las advertencias de los preocupados por el impacto de su negligencia. Para ellos, son abstracciones caras a los ambientalistas o funcionarios de la ONU que dicen sentirse alarmados por la eventual incidencia en el clima mundial de los riesgos planteados por la deforestación masiva. Sea como fuere, aun cuando sea menor el impacto del fenómeno en la producción de gases de efecto invernadero y que a pocos les importen mucho temas como la biodiversidad, el que la deforestación indiscriminada contribuya a asegurar que las inundaciones sean cada vez más destructivas debería ser motivo suficiente como para que los políticos tomen las medidas necesarias para proteger aquellos bosques nativos que todavía sobreviven. Señalan los responsables del informe de la ONU que, entre otras cosas, los bosques desempeñan un “papel fundamental” en la lucha contra la pobreza rural, en asegurar la seguridad alimentaria, mantener limpios el aire y el agua, pero así y todo en algunas regiones la deforestación propende a acelerarse. Las peores en tal sentido son América Latina y África, acaso porque los políticos se han acostumbrado a subordinar demasiado a sus intereses personales. Mal que nos pese, es innegable que los gobiernos latinoamericanos y africanos no se destacan por su eficiencia administrativa o por la honestidad de los funcionarios, de ahí la costumbre de tantos de ceder ante las presiones, por llamarlas así, de los resueltos a privilegiar sus propios negocios sin tomar en cuenta las consecuencias a mediano plazo para el conjunto. Así pues, mientras que en otras partes del mundo los gobiernos han conseguido aumentar el tamaño de las zonas forestales –parecería que en China los programas correspondientes han sido muy exitosos–, en la Argentina, Paraguay y Brasil la ofensiva contra la naturaleza continúa cobrando fuerza. Puede que el vínculo comprobado entre la deforestación y la mayor frecuencia de inundaciones muy destructivas termine obligando a nuestras autoridades a reaccionar antes de que toda la Argentina se haya transformado en un desierto sin árboles salvo los meramente ornamentales que decoran las plazas y calles urbanas. En vista de lo deprimente que sería tal alternativa, la de un país sin los bosques que hasta hace poco cubrían zonas extensas de la Patagonia, Córdoba, Chaco, Misiones y otras jurisdicciones, es de esperar que el peligro planteado por inundaciones como aquellas que tantos estragos causaron en la provincia de Buenos Aires los obligue a adoptar una postura más realista en los años próximos.
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