Un regreso al aula de la mano de la primera maestra

En un día especial para los docentes, un grupo de alumnas de la escuela N° 56, repasan junto a “la seño Niní” aquellos días de clases que dejaron huella.

Por Redacción

“Nos enseñó a buscar para llegar”, apunta Fanny Marini y todas asienten. Sentadas alrededor de una mesa redonda, entre risas y sandwichs, los recuerdos alborotan la charla. Las mujeres promedian los 50, y tienen algo en común: fueron aprendices en “las clases de Nini”.

El celeste de su impecable Citroen y el blanco impoluto de su guardapolvo, los colores que la identificaban. La recuerdan como a ninguna otra. Fue maestra, vicedirectora y se jubiló cuando ocupaba el cargo de directora en la escuela 56 de Campamento.

Nidia Verdecchia es su nombre, pero todos la conocen como “Nini”. Tiene 72 años y dejó su huella, y es por eso que un llamado fue suficiente para que un grupo de exalumnas se siente en el comedor de su casa a compartir historias de la mujer que estuvo frente al aula cuando iban al primario.

“Un día estaba nevando, mi mamá me dijo que falte, pero me escapé de mi casa para venir. En el camino me la encontré; ella venía en el Citroen, no faltaba nunca”, cuenta Fanny. “Fue muy especial, además de maestra una segunda mamá. Todos criados en chacras, el trato era distinto al de los maestros en la ciudad. Nos cuidaba como hijos de ella”, agrega.

Raquel todavía se acuerda del miedo que tenía cuando supo que Nini iba a ser su maestra en cuarto grado. “Sabíamos que era muy exigente, pero después no la queríamos soltar, logramos que los acompañe en quinto y en sexto”.

Nini llegó a la escuela en el año 70, tiempo en que los colegios cumplían con un fuerte rol social. Eran un espacio propicio para la reunión, convocaban a participar no solo al niño y sus padres y hermanos. “El abuelo, el tío, los primos, todos venían”, apunta la maestra.

Su carrera había arrancado un tiempo antes, en la otra punta de Roca. Es que poco después de culminar su formación en el Instituto de Formación Docente en el ‘64, en su barrio había un problema y ella pudo dar respuesta. Vivía en una chacra de J.J. Gómez, allí habían quedado sin banco unos 150 niños ingresantes al nivel primario. “En un galpón del ferrocarril mi papá nos preparó un aula: puso un pizarrón y dimos las clases con otra maestra. Los chicos empezaron primer grado y tiempo después les reconocieron eso que habían hecho”, rememoró Nini.

Dice que siempre le gustó captar a los niños en primer grado y el orgullo de que a fin de año todos sepan leer y escribir. También tomar cuarto, aseguró “el grado más difícil”. Es que “no son ni grandes ni chicos”. Y ni hablar de los más grandes. “En séptimo, los chicos son compañeros, te cuentan sus historias, es un hermoso grado”.

A los 18 años de su ingreso la maestra fue designada vicedirectora y tiempo después llegó a la dirección. Siempre en la misma escuela que hace frente en la calle Vintter, que hoy se encuentra rodeada por barrios pero que en ese momento quedaba muy lejos del centro.

El fin de la cosecha de peras y manzanas marcaba el inicio de las clases, siempre era a fines de marzo. Es que los estudiantes ayudaban a sus familias en el trabajo rural. “Nos levantaban a las 5 y nos íbamos a la huerta un rato. A las 7:30 a la escuela y a la vuelta de la escuela otro rato”, explicó Irma Fasano, otra exalumna.

La jornada educativa era completa. “A la hora de comer los maestros nos sentábamos con ellos a compartir y a enseñarles las buenas prácticas de higiene”, indicó Nini, quien no se olvida que cuando sus alumnos se golpeaban o lastimaban “los cargaba al auto y los traía volando al hospital”.

Y cuando faltaban tres días consecutivos, “íbamos a verlos. Era una obligación saber qué les pasaba”. En ese sentido, remarcó que “en la época mía tenías que integrar a la familia, el maestro necesitaba conocer dónde estaba su alumno. El rol nuestro era averiguar qué le pasaba y tratar de contenerlo en la escuela”.

Los corderos asados en cada despedida de séptimo en donde hasta los docentes iban con toda su familia y la mesa compartida era muy larga. Cada 25 de mayo y los días del niño que se vivían como una fiesta. Los censos que la llevaban a recorrer todo el radio de la escuela para relevar los chicos que iniciarían el ciclo lectivo. El examen que tomó un gabinete psicopedagógico un día, para comparar el nivel de las escuelas rurales y las del centro y que sus alumnos ganaron.

Todo vive en la memoria de Nini, recuerdos que resurgieron incluso días atrás, cuando la maestra volvió a entrar a la escuela que hizo suya durante más de 20 años. Allí la recibió también una exalumna que hoy es la directora actual, Alicia Martín.

Nini llegó a la escuela en el año 70, tiempo en que los colegios cumplían con un fuerte rol social. Convocaban no solo al niño y sus padres sino a toda la familia.

Una fecha especial para América

Cada 11 de septiembre, se celebra el Día del Maestro en nuestro país y todo Latinoamérica. La fecha, es un homenaje a Domingo Faustino Sarmiento, en el aniversario de su fallecimiento. Así quedó establecido en la Conferencia Interamericana de Educación que se celebró en Panamá en 1943.

“El maestro, en aquella época participaba mucho más en la familia, y a uno le daban ganas de ir al colegio”

Fanny Marini, una de las exalumnas de Nini Verdecchia.

“La escuela era nuestra segunda casa. Las maestras te peinaban, si no conseguías los trajes, ellas te llevaban uno”

Irma Fasano, exalumna d ela escuela 56, y hoy peluquera

Datos

Nini llegó a la escuela en el año 70, tiempo en que los colegios cumplían con un fuerte rol social. Convocaban no solo al niño y sus padres sino a toda la familia.
“El maestro, en aquella época participaba mucho más en la familia, y a uno le daban ganas de ir al colegio”
“La escuela era nuestra segunda casa. Las maestras te peinaban, si no conseguías los trajes, ellas te llevaban uno”

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