Un superávit de candidatos
A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le molesta que tantos oficialistas crean estar en condiciones de sucederla en el poder, lo que es una mala noticia para aquellos que, como Sergio Urribarri, Agustín Rossi y Jorge Taiana, apenas miden en las encuestas y no tienen posibilidad alguna de transformarse en candidatos viables pero así y todo parecen resueltos a mantenerse en carrera. Lo que les pide la presidenta es “un baño de humildad y una mirada más atenta”, pero ni ellos ni los aún más numerosos militantes del proyecto kirchnerista que aspiran a gobernar la provincia de Buenos Aires querrán “abandonar los egos personales” que en su opinión motivan las precandidaturas. Todos saben que antes de que el entonces presidente Eduardo Duhalde decidiera que el cordobés José Manuel de la Sota no levantaría vuelo y por lo tanto le convendría probar suerte con el virtualmente ignoto gobernador santacruceño Néstor Kirchner, el que en las elecciones de 2003 obtendría el 22,24% de los votos, nadie imaginaba que durante más de una década la Argentina se vería hegemonizada por el kirchnerismo. Así las cosas, les parece más que legítimo soñar con un país urribarrista, rossista o taianista. La proliferación de presidenciables en potencia es, desde hace mucho tiempo, una tradición nacional. Aquí es habitual que no sólo peronistas y los esforzados militantes de las siempre fisíparas sectas de la izquierda, sino también los afiliados de agrupaciones más moderadas de otro tipo, como las distintas variantes del desarrollismo y, huelga decirlo, del radicalismo, fantaseen con erigirse en líderes populares carismáticos. La razón es sencilla: nuestro mundillo político está irremediablemente fragmentado. No hay partidos grandes que sean equiparables con los existentes en otros países sino “movimientos” caóticos que en cualquier momento pueden romperse en pedazos que después se reagruparán en torno a dirigentes presuntamente capaces de cosechar votos en cantidades suficientes, como en efecto lograron hacer los Kirchner. Asimismo, la reciente evolución de los medios de difusión ha brindado a los ambiciosos más motivos para creerse destinados a protagonizar una epopeya política inolvidable ya que en la actualidad les es mucho más fácil comunicarse instantáneamente con sus conciudadanos de lo que era antes. Suponen que, con un poco de suerte, les será dado hacer campaña a través de las redes sociales, aunque hasta ahora han fracasado todos los esfuerzos en tal sentido, como el ensayado brevemente por el exvicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez luego de abandonar el gobierno de la Alianza dejándolo a merced de los decididos a voltearlo. De todos modos, es un tanto tarde para que Cristina se preocupe por las ambiciones a su juicio desmedidas de sus simpatizantes. Por ser tan personalista su estilo de liderazgo, su entorno ya no incluye a dirigentes con peso propio. Los que hubo, como el exjefe de Gabinete Sergio Massa y el exministro de Economía Martín Lousteau, se separaron de ella al darse cuenta de que, para quedar, tenían que resignarse a ser tratados como lacayos, mientras que el exvicepresidente y gobernador actual de Buenos Aires, Daniel Scioli, ha procurado mantener su distancia de la señora todopoderosa, si bien últimamente se ha puesto a actuar con la humildad debida. Sucede que los autócratas suelen terminar rodeándose de mediocridades serviles que, por una cuestión de orgullo, atribuyen su lugar en la jerarquía gubernamental no a su voluntad de obedecer sin chistar al jefe sino a sus propios méritos, de ahí la propensión de tantos a postularse para cargos electivos importantes. A Cristina le gustaría que todos se sometieran a un “baño de humildad”, emulando así al recordado chaqueño Jorge Capitanich que, después de inmolarse al servicio de la presidenta protagonizando un show matinal esperpéntico, espera ser elegido intendente de Resistencia. Aunque es de suponer que por lo menos algunos le obedecerán, otros podrían sentirse tan ofendidos por su falta de confianza en sus dotes políticas que opten por cambiar de bando y sumarse a las huestes de Massa que, es evidente, no ha olvidado el trato nada respetuoso que le fue brindado por los santacruceños mientras estaba en el gobierno.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Domingo 10 de mayo de 2015
A la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le molesta que tantos oficialistas crean estar en condiciones de sucederla en el poder, lo que es una mala noticia para aquellos que, como Sergio Urribarri, Agustín Rossi y Jorge Taiana, apenas miden en las encuestas y no tienen posibilidad alguna de transformarse en candidatos viables pero así y todo parecen resueltos a mantenerse en carrera. Lo que les pide la presidenta es “un baño de humildad y una mirada más atenta”, pero ni ellos ni los aún más numerosos militantes del proyecto kirchnerista que aspiran a gobernar la provincia de Buenos Aires querrán “abandonar los egos personales” que en su opinión motivan las precandidaturas. Todos saben que antes de que el entonces presidente Eduardo Duhalde decidiera que el cordobés José Manuel de la Sota no levantaría vuelo y por lo tanto le convendría probar suerte con el virtualmente ignoto gobernador santacruceño Néstor Kirchner, el que en las elecciones de 2003 obtendría el 22,24% de los votos, nadie imaginaba que durante más de una década la Argentina se vería hegemonizada por el kirchnerismo. Así las cosas, les parece más que legítimo soñar con un país urribarrista, rossista o taianista. La proliferación de presidenciables en potencia es, desde hace mucho tiempo, una tradición nacional. Aquí es habitual que no sólo peronistas y los esforzados militantes de las siempre fisíparas sectas de la izquierda, sino también los afiliados de agrupaciones más moderadas de otro tipo, como las distintas variantes del desarrollismo y, huelga decirlo, del radicalismo, fantaseen con erigirse en líderes populares carismáticos. La razón es sencilla: nuestro mundillo político está irremediablemente fragmentado. No hay partidos grandes que sean equiparables con los existentes en otros países sino “movimientos” caóticos que en cualquier momento pueden romperse en pedazos que después se reagruparán en torno a dirigentes presuntamente capaces de cosechar votos en cantidades suficientes, como en efecto lograron hacer los Kirchner. Asimismo, la reciente evolución de los medios de difusión ha brindado a los ambiciosos más motivos para creerse destinados a protagonizar una epopeya política inolvidable ya que en la actualidad les es mucho más fácil comunicarse instantáneamente con sus conciudadanos de lo que era antes. Suponen que, con un poco de suerte, les será dado hacer campaña a través de las redes sociales, aunque hasta ahora han fracasado todos los esfuerzos en tal sentido, como el ensayado brevemente por el exvicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez luego de abandonar el gobierno de la Alianza dejándolo a merced de los decididos a voltearlo. De todos modos, es un tanto tarde para que Cristina se preocupe por las ambiciones a su juicio desmedidas de sus simpatizantes. Por ser tan personalista su estilo de liderazgo, su entorno ya no incluye a dirigentes con peso propio. Los que hubo, como el exjefe de Gabinete Sergio Massa y el exministro de Economía Martín Lousteau, se separaron de ella al darse cuenta de que, para quedar, tenían que resignarse a ser tratados como lacayos, mientras que el exvicepresidente y gobernador actual de Buenos Aires, Daniel Scioli, ha procurado mantener su distancia de la señora todopoderosa, si bien últimamente se ha puesto a actuar con la humildad debida. Sucede que los autócratas suelen terminar rodeándose de mediocridades serviles que, por una cuestión de orgullo, atribuyen su lugar en la jerarquía gubernamental no a su voluntad de obedecer sin chistar al jefe sino a sus propios méritos, de ahí la propensión de tantos a postularse para cargos electivos importantes. A Cristina le gustaría que todos se sometieran a un “baño de humildad”, emulando así al recordado chaqueño Jorge Capitanich que, después de inmolarse al servicio de la presidenta protagonizando un show matinal esperpéntico, espera ser elegido intendente de Resistencia. Aunque es de suponer que por lo menos algunos le obedecerán, otros podrían sentirse tan ofendidos por su falta de confianza en sus dotes políticas que opten por cambiar de bando y sumarse a las huestes de Massa que, es evidente, no ha olvidado el trato nada respetuoso que le fue brindado por los santacruceños mientras estaba en el gobierno.
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