Una charla con Eduardo Sacheri
El escritor argentino se encontró con “Río Negro” durante su presentación el la feria. Habló de su lugar en el canon literario argentino y del origen de varios de sus libros.
Feria del Libro
Es sábado a la noche en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Buenos Aires. Falta casi una hora para que empiece la presentación del escritor Eduardo Sacheri (Castelar, 1967). La gente se amontona en la entrada de la sala Leopoldo Lugones, con capacidad para 200 personas. Finalmente, un centenar de personas no logra entrar y se pierde una emotiva escena que ocurrió al final de la hora que estuvo hablando el reciente ganador del premio Alfaguara y, además, autor de Esperándolo a Tito, La pregunta de sus ojos y Papeles en el viento, entre otros.
Una joven del público tomó el micrófono y, en lugar de hacerle una pregunta, le dijo al escritor: “Tengo que contarte que Ser feliz era esto a mi me salvó la vida. Yo me sentía la mamá de Sofía. Una vez saliendo de terapia compré la novela, la leí y gracias a ese libro no fui la mamá de Sofía. No quería que mi hija le pasara lo mismo y un día me reclamara por qué no luché por ella, por qué no me quedé por ella. Y por eso es mi favorito, siento que a mi me salvó la vida”.
Tras la confesión, Sacheri -con ojos húmedos- le agradece las palabras y, con una sonrisa, le pregunta si sigue haciendo terapia. La gente se ríe. Un muchacho del público toma el micrófono y, entonces sí, el escritor aprovecha esos segundos, respira profundo, se vuelve a acomodar y se seca unas lágrimas que no contiene.
“Esas cosas me generan mucha emoción y mucho asombro por cómo los libros se alejan de tu vida y se van a la vida de otro. Está buenísimo que pase eso, sobre todo si es por algo bueno, como contaba la chica que le había venido bien”, le dijo un rato después Sacheri a “Río Negro”, en una charla en los pasillos de la FIL, donde se cruzó con la joven: le dio un abrazo, un beso y le dejó un consejo. “Espero que estés muy bien, pero cuidate mucho, eh. Esas cosas hay que estar siempre con cuidado”.
Juan Ignacio Pereyra
En el stand de la editorial hay una fila de más de 300 personas que lo espera para que el escritor le firme ejemplares de sus libros. Antes, Sacheri habló con este diario.
-En algunas entrevistas dijiste que creérsela es de las peores cosas del mundo. Entre tanto reconocimiento popular y los premios, como el Alfaguara o el Oscar por El secreto de sus ojos, ¿tenés que batallar con tu ego?
-Me parece que lo que uno tiene que distinguir es el libro de uno mismo. Si el libro quedó bien, bárbaro, está bueno. Pero uno tiene los mismos defectos, dificultades y necesidades que cualquier otra persona en cualquier situación que sea. Me parece que el éxito está bueno en el sentido de que se traduce en laburo; eso le va a venir bien a tu familia y tus pibes van a crecer con más prosperidad. Lo demás es todo grupo.
-Durante la charla comentaste con alguien del público ni por casualidad te iban a conocer estudiando Letras en la UBA.
-(sonríe) No, en Puán no, ni en pedo. Tiene que ver con la cosa académica…
-¿Qué lectura hacés del contraste entre los premios y la falta de reconocimiento de la academia?
-La falta de reconocimiento me parece que es legítima, no tiene por qué gustarles lo que escribo y está bien. Capaz que hay otras modas distintas y gustos por otras cosas diferentes a lo que me gusta a mí. Me gustan libros que cuentan historias y donde pasan cosas. A lo mejor en Puán gustan cosas más herméticas o más cerradas sobre la palabra o lo experimental. A lo mejor estaría bueno que la mirada fuera más amplia, sobre todo para que pibes que tienen ganas de escribir no se sientan tan compelidos a escribir de un solo modo. Y cuando digo de un solo modo no es de ese ni del mío. Que haya lugar para todos.
-Algo más plural.
-Sí, exacto. Está el prejuicio y el desconocimiento, la sospecha de que lo hermético es bueno de por sí, y en realidad, a veces es bueno y a veces no. Hay distintas formas de placer en la literatura. Me parece que debe haber lugar para todas.

Dueños del mundo
En diciembre pasado, Alfaguara reeditó el libro de cuentos Los dueños del mundo, en una versión que incluye un cuento inédito de Sacheri. “Son de mi niñez. Es mi libro más autobiográfico. Soy yo y mis amigos de la infancia”, contó y luego dijo que el origen de este libro es muy doméstico.
“Estaba un verano con mi familia en Villa Gesell. A la noche me gustaba leerles a mis hijos pero en esas vacaciones les conté anécdotas de mi niñez. Los pibes entraron a pedir más y mi mujer, que tiene más ojo que yo para esto, me dijo que por qué no las escribía. Al final de ese verano lo único que hicimos fue como un índice de las historias que había contado y quedó ahí. Hace unos cuantos años me pidieron de la editorial si no tenía un material para un público juvenil. Dije que no. Pero después me puse a trabajar sobre eso que tenía”, dijo Sacheri, que consideró que escribe para “entender un poco más” su vida.
-¿Cómo influyó en vos la muerte de tu padre cuando tenías diez años?
-Hasta ese momento no tenía mucho barrio sobre mis espaldas. Soy el menor de tres hermanos. Era el típico hijo menor de puertas adentro, solitario, mucha lectura. Cuando perdí a mi viejo, mis hermanos estaban en la facultad y mis vieja tuvo que salir a laburar un montón. La casa era un estepa, no había nadie. Y lo que había eran recuerdos horribles de la enfermedad de mi viejo, era un espanto todo. Menos mal que estaban los pibes del barrio. Si no hubiera sido por eso, por escapar de mi casa, yo que soy tímido, no me hubiera animado a salir a buscar a los pibes. La verdad que fue como tener una segunda niñez. Después me di cuenta que escribir este libro es como sacar el balance de esa segunda etapa de mi niñez que terminó siendo muy feliz. Pero en el medio está esa herida muy profunda.
-¿Cuándo empezaste a escribir?
-Mi mujer diría que a los 16 años escribí unos cuentos maravilloso pero en realidad eran una porquería, el típico cuento adolescente. Espantoso, cursi, previsible. Mi mujer los guarda todavía. No sé si está esperando que me muera los publica y valgan unos mangos capaz. Eso puede ser. Si llega a pasar, espero que no los compre nadie, son un asco”, se ríe. “A los 25 años empecé a escribir. Estaba avanzado en la licenciatura en Historia y era un momento complicado a nivel laboral, todavía no daba clases en las escuelas. Estaba muy angustiado y esperanzado con la posibilidad de ser padre y eso me removía un montón. Ahí empecé cuentos porque no me animaba a escribir una novela. Sentía que los cuentos era una o dos noches y terminaba, bien o mal. Así empecé.

La noche de la usina
Sacheri ganó a principios de abril el premio Alfaguara de Novela, una referencia en la lengua castellana, y se sumó así a otros argentinos que lo habían logrado antes como Tomás Eloy Martínez (El vuelo de la reina, 2002); Graciela Montes y Ema Wolf (El turno del escriba, 2005); Andrés Neuman (El viajero del siglo, 2009) y Leopoldo Brizuela (Una misma noche, 2012).
La novela que presentó Sacheri es La noche de la usina. A fines de mayo será la entrega del premio en Madrid, en coincidencia con la salida del libro en España. A inicios de junio se publicará en Argentina y en todos los países de habla hispana. “Eso es lo más fuerte del premio, que en sí, como es muy prestigioso, es muy probable que lo traduzcan rápido a otras lenguas. Es como una especie de Oscar de los libros, yo lo traduzco así para entenderlo yo mismo”, dijo el escritor.
Como en Araoz y la verdad (2008), La noche de la usina transcurre en un pueblo imaginario que se llama O’Connor, en el partido de General Villegas, en la provincia de Buenos Aires. También repite varios personajes de aquella novela. En este caso, la historia arranca alrededor de 2001 cuando el pueblo, como muchos otros lugares de la Argentina, estaba pasándola muy mal con la crisis tan profunda que atravesaba el país.
“Había un empeoramiento progresivo. Esa cosa de que uno no sabía para dónde iba pero sabía que iba mal. En medio de esa situación, dos tipos del pueblo se les ocurre comprar unos silos abandonados y armar una acopiadora de granos como para que treinta o cuarenta personas del pueblo tengan trabajo ahí. Juntan la plata que tienen y justo en ese momento está por venir el corralito. El gerente del banco lo sabe y con un socio se arreglan para estafarlos y para que ellos pierdan ese dinero que estaban reuniendo. Así arranca la novela. El núcleo de la historia es cómo hacen estos tipos para tomar revancha de eso que les pasó y básicamente recuperar el dinero que les robaron”, adelantó el escritor.

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