Una crisis estructural
Puesto que desde hace siglos las economías de los países capitalistas han evolucionado de manera cíclica, una característica del sistema capitalista que puede considerarse natural porque, luego de una etapa de expansión rápida, siempre resulta necesaria una corrección dolorosa que sirve para eliminar las distorsiones ocasionadas por el optimismo excesivo, la mayoría de los especialistas preveía que, después de un par de años difíciles, Estados Unidos, la Unión Europea, el Japón y otros integrantes del “mundo desarrollado” se recuperarían de los golpes asestados por el colapso financiero del 2008. Aunque no se equivocaban por completo quienes pensaban así –al fin y al cabo, en algunos países se ha reanudado el crecimiento macroeconómico–, ya parece evidente que la crisis actual es mucho más grave de lo que tantos suponían. Lo es porque es estructural. Durante décadas, una cantidad creciente de los habitantes de los países ricos se había acostumbrado a vivir por encima de sus medios reales. Pudo hacerlo merced a la convicción generalizada de que el aumento constante de la productividad impulsada por el progreso tecnológico y la expansión de la fuerza laboral le permitiría al conjunto saldar sin problemas las deudas gigantescas que acumulaba. Pero, por desgracia, los planteos que parecían razonables hace treinta o cuarenta años cuando la tasa de natalidad era relativamente alta, no lo son en el mundo del 2012. Ha cambiado tanto el perfil demográfico de todos los países avanzados, en los que se ha reducido drásticamente la proporción de “activos” frente a los “pasivos”, que restaurar el equilibrio perdido requeriría cambios traumáticos. Por lo demás, la inmigración no ayuda mucho porque son cada vez menos los empleos aptos para personas formadas en sociedades preindustriales. Ciertas estadísticas son alarmantes. Se estima que en el sur de Europa, y en Alemania, para cada cien abuelos ya hay aproximadamente 40 nietos que, a su vez, tarde o temprano dependerán de los aportes de 15 descendientes. Por lo demás, mientras imperaba la confianza ilimitada en el futuro, empleados públicos y trabajadores en sectores clave de muchos países europeos y Estados Unidos se las arreglaron para conquistar derechos económicos costosísimos que no podrán disfrutar porque sus países no cuentan con los recursos financieros necesarios; antes de que les llegue el día de comenzar a cobrar la jubilación que creen merecer, el Estado encargado de pagarla habrá caído en bancarrota. Es lo que ya sucedió en nuestro país, está sucediendo en Grecia y pronto sucederá en buena parte de Europa y en jurisdicciones norteamericanas como California. Si bien a esta altura la mayoría entiende que resulta matemáticamente imposible que los países desarrollados honren todas sus obligaciones, escasean los resignados a perder lo que a su juicio es innegablemente suyo. Hasta ahora, han fracasado todos los intentos de plasmar una solución que sea políticamente viable a la crisis producida por la transformación cultural y demográfica muy rápida que han experimentado los países más ricos del mundo. Es muy fuerte la resistencia a prolongar la vida activa demorando la edad de jubilarse. Los distintos sistemas educativos no han servido para preparar a los aún relativamente jóvenes para el “mercado laboral” mucho más exigente que les aguarda. En algunos países como Estados Unidos, los estudiantes han adquirido deudas enormes para conseguir diplomas que no les servirán para nada. Es por lo tanto lógico que se haya difundido un clima de pesimismo entre los que, hasta hace poco, se suponían con derecho a un estándar de vida materialmente muy superior a aquel de generaciones anteriores sin que se vieran constreñidos a esforzarse demasiado. Se sienten “indignados”, víctimas inocentes de una estafa cruel, pero las protestas que están celebrándose en docenas de ciudades de Europa y América del Norte por haberse visto privados de las ilusiones que, estimulados por sus mayores, habían cultivado, no podrán tener los resultados deseados. Desgraciadamente para todos salvo un minoría ya afortunada, ya muy talentosa o vigorosa, parece inevitable que la crisis en que se ha precipitado el mundo desarrollado siga intensificándose en los años venideros, lo que no sería el caso si sólo se tratara de otra recesión “cíclica”.
Puesto que desde hace siglos las economías de los países capitalistas han evolucionado de manera cíclica, una característica del sistema capitalista que puede considerarse natural porque, luego de una etapa de expansión rápida, siempre resulta necesaria una corrección dolorosa que sirve para eliminar las distorsiones ocasionadas por el optimismo excesivo, la mayoría de los especialistas preveía que, después de un par de años difíciles, Estados Unidos, la Unión Europea, el Japón y otros integrantes del “mundo desarrollado” se recuperarían de los golpes asestados por el colapso financiero del 2008. Aunque no se equivocaban por completo quienes pensaban así –al fin y al cabo, en algunos países se ha reanudado el crecimiento macroeconómico–, ya parece evidente que la crisis actual es mucho más grave de lo que tantos suponían. Lo es porque es estructural. Durante décadas, una cantidad creciente de los habitantes de los países ricos se había acostumbrado a vivir por encima de sus medios reales. Pudo hacerlo merced a la convicción generalizada de que el aumento constante de la productividad impulsada por el progreso tecnológico y la expansión de la fuerza laboral le permitiría al conjunto saldar sin problemas las deudas gigantescas que acumulaba. Pero, por desgracia, los planteos que parecían razonables hace treinta o cuarenta años cuando la tasa de natalidad era relativamente alta, no lo son en el mundo del 2012. Ha cambiado tanto el perfil demográfico de todos los países avanzados, en los que se ha reducido drásticamente la proporción de “activos” frente a los “pasivos”, que restaurar el equilibrio perdido requeriría cambios traumáticos. Por lo demás, la inmigración no ayuda mucho porque son cada vez menos los empleos aptos para personas formadas en sociedades preindustriales. Ciertas estadísticas son alarmantes. Se estima que en el sur de Europa, y en Alemania, para cada cien abuelos ya hay aproximadamente 40 nietos que, a su vez, tarde o temprano dependerán de los aportes de 15 descendientes. Por lo demás, mientras imperaba la confianza ilimitada en el futuro, empleados públicos y trabajadores en sectores clave de muchos países europeos y Estados Unidos se las arreglaron para conquistar derechos económicos costosísimos que no podrán disfrutar porque sus países no cuentan con los recursos financieros necesarios; antes de que les llegue el día de comenzar a cobrar la jubilación que creen merecer, el Estado encargado de pagarla habrá caído en bancarrota. Es lo que ya sucedió en nuestro país, está sucediendo en Grecia y pronto sucederá en buena parte de Europa y en jurisdicciones norteamericanas como California. Si bien a esta altura la mayoría entiende que resulta matemáticamente imposible que los países desarrollados honren todas sus obligaciones, escasean los resignados a perder lo que a su juicio es innegablemente suyo. Hasta ahora, han fracasado todos los intentos de plasmar una solución que sea políticamente viable a la crisis producida por la transformación cultural y demográfica muy rápida que han experimentado los países más ricos del mundo. Es muy fuerte la resistencia a prolongar la vida activa demorando la edad de jubilarse. Los distintos sistemas educativos no han servido para preparar a los aún relativamente jóvenes para el “mercado laboral” mucho más exigente que les aguarda. En algunos países como Estados Unidos, los estudiantes han adquirido deudas enormes para conseguir diplomas que no les servirán para nada. Es por lo tanto lógico que se haya difundido un clima de pesimismo entre los que, hasta hace poco, se suponían con derecho a un estándar de vida materialmente muy superior a aquel de generaciones anteriores sin que se vieran constreñidos a esforzarse demasiado. Se sienten “indignados”, víctimas inocentes de una estafa cruel, pero las protestas que están celebrándose en docenas de ciudades de Europa y América del Norte por haberse visto privados de las ilusiones que, estimulados por sus mayores, habían cultivado, no podrán tener los resultados deseados. Desgraciadamente para todos salvo un minoría ya afortunada, ya muy talentosa o vigorosa, parece inevitable que la crisis en que se ha precipitado el mundo desarrollado siga intensificándose en los años venideros, lo que no sería el caso si sólo se tratara de otra recesión “cíclica”.
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