Una de duendes
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Faltaban unos cuantos kilómetros para llegar al baño más cercano, el de una estación de servicios, y como no estaban dispuestos a esperar en plena noche detuvieron el vehículo en el que viajaban a un costado de la ruta y bajaron de a uno. Eran cuatro los que ocupaban la combi. El conductor, el más urgido, bajó primero, pero no le dio tiempo al segundo que pusiera un pie sobre la tierra. Volvió como si algo grave hubiera sucedido, dijo vamos, y en cuestión de minutos ya habían recorrido un buen trecho. Sus compañeros encendieron la luz del interior del vehículo y lo vieron pálido, asustado. Después de un rato recién pudo contar lo que pasó. Y dentro de lo que pasó hasta se le fueron las ganas de hacer pis. Un duende. Sí un duende, apenas bajé lo vi, con los dientes brillantes, me miró y se me congeló la sangre. Lo único que se me ocurrió fue subir y salir de ahí urgente, les contó a sus compañeros. Todavía en viaje, los otros tres ocupantes del vehículo creyeron la historia. Es que lo vieron tan asustado, tan pálido que no tuvieron dudas de que algo había sucedido. No volvieron a parar hasta llegar a una estación de servicios. Esto cuentan que le sucedió a un grupo folclórico que viajaba de Córdoba a Catamarca en los primeros días de enero de este año. Ocurrió cerca del paraje Casa de Piedra en la segunda de las provincias, en plena noche y cuando se dirigían de un festival a otro. También a mi me lo contaron hace poco. Y todos los que viajaban en esa combi lo aseguran con firmeza. Uno solo lo vio, pero los otros tres lo sintieron. Uno lo describió como un hombre bajo, de no más de un metro de altura, de tez muy oscura, pelo renegrido, dientes brillantes y muy sonriente. Lo alumbraba la luz de la combi, pero no dijo una sola palabra ni se movió un centímetro. Los otros tres viajeros dicen que en el mismo instante en que su compañero subió al vehículo sintieron un escalofrío enorme, se les heló la sangre, dijeron. Algo pasó. Había alguien justo en el lugar que habían elegido para parar. Y juraron que jamás volverían a detenerse allí. Les quedó tal susto que a los pocos días tenían que volver a pasar por el lugar y decidieron viajar de día. Sólo cuento lo que me contaron. Aseguran haber visto un duende de fiero aspecto y que los minutos que eso duró parecieron una eternidad. Y en reunión de amigos, no faltaron los que dijeron haberlos visto en otras oportunidades. ¿Los duendes existen o no?. Vaya uno a saber, pero el relato planteado con toda seriedad pareció creíble. Alguien observó que pudo no haber sido un duende y que podría tratarse una persona parada en el lugar justo cuando ellos detuvieron el vehículo. Ahora, qué hacia allí, en medio de la nada un hombre de esas características justo al lado de ellos. No hacía dedo, no les dirigió la palabra, pero estuvo en el lugar y en el momento que pasaron por ahí. Infinidad de mitos y relatos circulan sobre los duendes. Algunos son pura fantasía, otros más reales, pero el caso de esta columna no es otra cosa que un relato de alguien que simplemente quiso parar al costado de la ruta. La descripción no tiene agregados, sólo lo que vieron, lo que sintieron y lo que hicieron a partir de ese momento. Esto de los mitos y leyenda es casi un patrimonio de los pueblos, son cuestiones que parecen lejanas en las ciudades. Son comunes este tipo de relatos y no dejan de generar ciertas dudas cuando uno los escucha. Es que no podemos ser terminantes para creer a ciegas ni para descreer de quien lo cuenta. Y la verdad, tampoco quisiera comprobarlo.
la peña
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora