Una derecha particular
La victoria de Berlusconi se asemeja más a otro síntoma de una crisis política profunda que al inicio de un proceso de recuperación.
De haber sido el magnate reciclado en político Silvio Berlusconi un conservador común, amigo del rigor fiscal, de las leyes severas y de las buenas costumbres, sus presuntos correligionarios europeos estarían festejando con entusiasmo su regreso al poder en Italia luego de su triunfo en las elecciones parlamentarias del domingo, pero puesto que el «Cavaliere» es un centroderechista sui géneris, el primer político no italiano que manifestó satisfacción por el resultado fue el austríaco Jörg Haider. El gobernador de Carintia tiene buenos motivos para sentirse reivindicado porque entre los partidos que integran la coalición de la Casa de las Libertades de Berlusconi están uno que es neofascista y otro, la Liga Norte, que es tan xenófobo como su propio movimiento. Sin embargo, a diferencia de Austria, Italia es un país demasiado grande e importante como para que los gobiernos de otros miembros de la Unión Europea traten de aislarla o sancionarla hasta que el electorado decida votar por dirigentes menos polémicos.
De todos modos, el malestar que ha producido en el resto de Europa la victoria de Berlusconi no se ha debido a su voluntad de aliarse con «ultraderechistas» de actitudes llamativamente iliberales sino a su trayectoria turbia como empresario, sus supuestas relaciones con el crimen organizado y a su dominio de una proporción realmente extraordinaria de los medios de comunicación de su país. Como señaló el semanario británico The Economist – el más prestigioso del mundo -, en una democracia moderna debería ser «impensable que un hombre que se considera el probable próximo primer ministro haya estado hace poco bajo investigación judicial por, entre otras acusaciones, lavado de dinero, complicidad en homicidios, vínculos con la mafia, evasión fiscal y corrupción de políticos, jueces e inspectores de finanzas». Sin embargo, parecería que casi la mitad del electorado italiano ha preferido minimizar la importancia de dichos detalles porque, tal como ocurre en nuestro país, da por descontado que todos los políticos son corruptos y que por lo tanto sería injusto discriminar contra Berlusconi por sus presuntos pecados.
Esta actitud puede entenderse, pero aunque las acusaciones contra el propietario de la Casa de las Libertades fueran producto de la imaginación de sus adversarios, el que se hayan formulado tantas no puede sino tener repercusiones muy graves para un país que ya es considerado el más corrupto de Europa. Aunque es de suponer que Berlusconi iniciará su gestión declarando la guerra contra la corrupción con la misma vehemencia que solía manifestar Carlos Menem cuando aludía al fenómeno, todos sus compatriotas tomarán su triunfo por evidencia de que de ahora en adelante las irregularidades tradicionales merecerán la aprobación tácita de un gobierno cuya autoridad moral será nula. Así las cosas, es más que probable que en los años próximos Italia se vea gobernada según criterios similares a los vigentes aquí en los años noventa, lo cual, es innecesario decirlo, obstaculizaría las reformas económicas que en opinión de Berlusconi y sus simpatizantes permitiría a su país erigirse en una suerte de «tigre» europeo.
El triunfo del «Cavaliere» puede atribuirse a la convicción difundida de que para recuperar el terreno que ha perdido en los años últimos Italia necesita una dosis fuerte de rigor conservador, para no decir «thatcherista», y que por tratarse de un empresario sumamente exitoso el próximo primer ministro es el hombre indicado para aplicarla. Sin embargo, son tantos los escándalos que ha protagonizado y tantas las dudas que ha provocado su regreso al poder que sería realmente sorprendente que lograra poner en marcha un programa de reformas adecuado. Por el contrario, lo más probable es que su gobierno resulte ser débil, que la oposición lo ataque de forma despiadada y que la hostilidad nada disimulada de sus socios de la Unión Europea le ocasione una multitud de dolores de cabeza de toda clase. Dicho de otro modo, la victoria de Berlusconi se asemeja más a otro síntoma de una crisis política profunda que al comienzo de un proceso de recuperación, razón por la cual en Europa los mercados reaccionaron ante la noticia con pesimismo y el euro se distanció aún más de la paridad con el dólar estadounidense.