El costo del “día 20”
El presidente Javier Milei, el lunes en la inauguración de la AOG Patagonia 2026, en Neuquén. (Foto: gentileza)
Entre tantas cosas que hubo para destacar del discurso de Javier Milei el lunes pasado en la AOG Patagonia 2026 que se celebró en Neuquén, todas referidas al potencial y la realidad que representa Vaca Muerta, una sola hizo más ruido que las verdaderamente importantes para el futuro: la mención presidencial a que “la gente no llega a fin de mes, a lo sumo al día 20”, tesis que esgrime habitualmente la oposición.
En su discurso, el Presidente fue más lejos aún. “Si la gente se queda sin plata el día 20”, desafió, “¿cómo hace para vivir diez días sin comer ni beber?”. Un par de días después, en Madrid, volvió sobre una línea argumental similar y más allá de la controversia inmediata, el episodio dejó expuesto algo más relevante: un grave problema de comunicación política en torno a una cuestión que afecta cotidianamente a millones de argentinos.
El episodio no ocurrió en el vacío. Se inscribió dentro de una semana especialmente compleja para la gestión oficial, atravesada por fricciones internas, el costo fiscal de ceder en el plano legislativo ante la presión de la Iglesia y la oposición para sostener la Ley de Discapacidad; también a la hora de restituir los límites a la Ley de Tierras y el trago amargo del reparo diplomático estadounidense frente a la futura ley Malvinas. Para colmo, el frente macro tampoco aportó alivio ya que, salvo el impulso exportador, los indicadores expusieron un repliegue del nivel de actividad, un rebote de la inflación mayorista y una persistente caída en las ventas de consumo masivo.
En ese marco, la discusión sobre la capacidad de los hogares para llegar a fin de mes admitía una explicación mucho más sólida que la elegida por el Presidente, precisamente porque Milei es economista y porque buena parte de su legitimidad pública descansa sobre ese conocimiento técnico. Entonces, resultaba razonable esperar de él una respuesta apoyada en herramientas analíticas, antes que en la descalificación de quienes expresan una preocupación social ampliamente extendida.
Existen múltiples explicaciones racionales para el fenómeno, mucho más certeras técnicamente que la pregunta retórica que expresó el Presidente. Ocurre que las familias no dejan de alimentarse cuando sus ingresos resultan insuficientes, sino que cubren las diferencias mediante endeudamiento, ahorros acumulados, adelantos informales, fiado o ayuda de terceros. A ello se suma una realidad persistente: una porción significativa del mercado laboral sigue funcionando en la informalidad con ingresos variables e irregulares en el mes que dificultan compatibilizar gastos permanentes con entradas de dinero de changas imprevisibles.
Incluso una mirada comprensiva del programa económico podría incorporar otro elemento que sería perfectamente defendible: todo proceso de estabilización supone costos de transición. Es que la corrección de precios relativos, el sinceramiento de tarifas y la recomposición de variables largamente distorsionadas suelen generar un rezago entre la desaceleración de la inflación y la recuperación plena del poder adquisitivo. Es precisamente en ese punto, cuando muchas familias continúan percibiendo que el dinero no alcanza.
Nada de esto invalida los logros que el Gobierno considera haber alcanzado, aunque sí permite comprender por qué una parte importante de la sociedad manifiesta dificultades económicas cotidianas. Y también pone de relieve que la discusión pública podía haberse planteado de una manera bastante más rigurosa y esclarecedora.
Sin embargo, el Ejecutivo prefirió la vía de la confrontación y la descalificación de los emisores antes que la empatía pedagógica con los afectados. Esta reacción denota una falla bastante severa en la estrategia comunicacional, ya sea por deficiencias de asesoramiento en la lectura de la calle o por una marcada inclinación oficial a interpretar cualquier diagnóstico crítico como una agresión hostil.
Descomprimir la tensión social y validar el esfuerzo colectivo requiere rigor técnico, pero también sensibilidad y comprensión del sufrimiento cotidiano. Desestimar la realidad mediante el ataque al mensajero no la evapora en los hechos, sino que solamente erosiona la credibilidad de quien tiene la responsabilidad de conducir el proceso.
Entre tantas cosas que hubo para destacar del discurso de Javier Milei el lunes pasado en la AOG Patagonia 2026 que se celebró en Neuquén, todas referidas al potencial y la realidad que representa Vaca Muerta, una sola hizo más ruido que las verdaderamente importantes para el futuro: la mención presidencial a que “la gente no llega a fin de mes, a lo sumo al día 20”, tesis que esgrime habitualmente la oposición.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios