Una emergencia anunciada
Pero hubo suerte. La realidad de fondo es que Neuquén es una ciudad con escasa planificación urbana.
neuquén
Como si se hubiera corrido un telón, el temporal dejó expuestas las limitaciones, chapucerías y miserias de una ciudad que creció rápido y desordenadamente, con escasa planificación y mucha improvisación.
Si desde el punto de vista material no hay duda de que lo ocurrido es una catástrofe y que la reconstrucción promete ser ardua y costosa, hay que admitir que sin embargo no hubo una pérdida cuantiosa de vidas y, para mayor fortuna, tampoco se reportaron casos de personas heridas de gravedad.
Esto a pesar de que, sobre todo en las barriadas más humildes y carenciadas, muchos lo perdieron todo o casi y deberán comenzar de nuevo, agravando el cuadro social de una ciudad de por sí desigual. No menos lamentable es lo ocurrido con los comerciantes que sufrieron grandes pérdidas y tardarán en recuperarse.
Hay que decirlo también: en la emergencia tanto las autoridades provinciales como municipales se mostraron rápidas de reflejos y, a diferencia de lo ocurrido el año pasado en La Plata y en la capital federal, donde sí hubo muertos y desaparecidos, avisaron con tiempo a la población y tomaron las medidas necesarias para evitar que se produjeran males mayores.
Pero hubo también mucha suerte. Cuando se observan los socavones producidos por el agua en los barrios de la meseta, es inevitable pensar que sólo por milagro las violentas arroyadas no se llevaron alguna casa con sus moradores adentro.
A los meteorólogos de la AIC Fernando Frassetto y Griselda Ostertag les cabe el mérito de haber advertido a tiempo a los gobiernos de la magnitud del fenómeno que se avecinaba. Será de “mucha intensidad y en poco tiempo”, explicaron ante las atónitas autoridades provinciales y municipales, de Defensa Civil, Policía, Ejército y Gendarmería, reunidas el sábado por la noche para analizar el dispositivo de emergencia.
Las cosas se hicieron bien de la mano de la vicegobernadora Ana Pechen, del intendente Horacio Quiroga y del ministro de Seguridad Gabriel Gastaminza. Sapag, que se encontraba de gira por Estados Unidos y México para conseguir inversiones petroleras, mereció críticas de la oposición por no haber regresado de inmediato. El gobernador dijo en su defensa que estuvo en contacto permanente con los responsables locales y que, con la emergencia “bien controlada”, prefirió poner el esfuerzo en conseguir fondos para la reconstrucción.
Quiroga llegó sobre la hora de su viaje a Miami, donde participó de un encuentro auspiciado por una empresa de telecomunicaciones. Según dijo, los vínculos que allí estableció le valieron que esa empresa difundiera gratuitamente la alerta a todos sus abonados por mensaje de texto (otro tanto hizo una de sus competidoras), revelando algo novedoso que jugó un papel importante para mantener informada a la población.
Pero, más allá de la emergencia, hay una realidad de fondo que surge con dramatismo después de lo ocurrido: Neuquén es una ciudad con escasa planificación urbana. Creció de manera explosiva en las últimas décadas, con infraestructura y servicios insuficientes y por lo tanto con regulares o malas condiciones de vida.
Por su magnitud, el temporal sólo puede compararse con el de 1975 que, a diferencia del actual, se cobró 26 vidas. Pero más allá de su excepcionalidad, el de esta vez es la crónica de un desastre largamente anunciado.
Basta revisar los archivos de este diario para ver que hubo sobradas advertencias sobre la posibilidad de que ocurriera lo que ocurrió. Un trabajo realizado en 1988 por el Departamento de Geografía de la Universidad del Comahue ya daba cuenta de la necesidad de una planificación urbana más adecuada.
El escrito hablaba de la partición desordenada del casco de al ciudad, de la necesidad de ordenar los asentamientos y planificar imperiosamente la incorporación de nuevas tierras.
En 1997 el Departamento de Geografía, en otro estudio dado a conocer también por “Río Negro”, daba cuenta de que más de la mitad de la población de Neuquén capital vivía en zonas de escurrimientos y aluviones.
La ciudad –decía el informe– está construida en una zona donde desaguan los cursos naturales de las 16 cuencas aluvionales de la meseta que van a dar al arroyo Durán y luego al río Limay. La “zona de riesgo” de esos escurrimientos –alertaba– dibuja sobre el plano de la ciudad un triángulo que abarca los barrios Cumelén, Islas Malvinas, El Progreso, Villa Ceferino, Unión de Mayo, San Lorenzo, Melipal, Gregorio Álvarez y Gran Neuquén.
En ese entonces vivían en la “zona de riesgo” unas 110.000 personas, en su mayoría habitantes de los planes de vivienda públicos y moradores de asentamientos precarios.
En 1999, desde Planificación Urbana del municipio se reconocía que los desagües naturales estaban tapados por asentamientos ilegales y que, por haber transcurrido 25 años sin lluvias torrenciales, no se sabía con certeza cuáles serían las zonas expuestas a un eventual alud que bajara desde las bardas.
Teniendo en cuenta que en 1975 hubo que cortar la Ruta 22 para drenar las aguas hacia el río Limay, en 1999 había algunas dudas sobre si la flamante multitrocha permitiría el paso de un aluvión o favorecería el anegamiento de los barrios aledaños.
Ahora se sabe que funcionó como un dique, que permitió que se inundara casi toda la franja entre las vías del ferrocarril y la ruta. También se supo que las casas construidas en los cañadones fueron blanco de los fuertes aludes de agua y arcilla que bajaban desde las bardas.
Es una pena, pero se gasta tiempo y esfuerzo discutiendo sobre el destino de un lugar privilegiado donde no vive nadie como la Isla 132, pero buena parte de la población sigue asentada en lugares de riesgo.
Esta vez se manejó bien la emergencia y además hubo suerte, pero resta mucho por hacer para que Neuquén sea una ciudad vivible y segura para todos.
Héctor MAURIÑO
vasco@rionegro.com.ar
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