Una mirada indiscreta al alma de las mujeres
BUENOS AIRES.- En su nuevo libro, «Una reina perfecta», la escritora Inés Garland reúne una serie de relatos que revelan el alma femenina a través de situaciones y escenarios cotidianos, en medio de la soledad, la búsqueda del amor, la desolación y el encuentro con el otro.
Contra cualquier superstición, trece historias componen este brevísimo libro (126 páginas) editado por Alfaguara, donde la autora pone énfasis en los detalles y desmenuza los momentos, a través de los recuerdos, la infancia, las relaciones humanas o los temores, con un lenguaje coloquial y transparente.
En el primer cuento que da nombre al libro, una nena reconstruye en silencio la imagen lejana de su madre, durante una fiesta en su casa, y oye voces detrás de la puerta entre su padre y otra mujer, todo activado en su mente muchos años después cuando le regalan un perfume cuyo aroma la traslada a esa noche.
«Me parece que eso es algo que nos pasa a todos: cómo la cosa más impensada te puede llegar a caer encima como una ola que te viene por la espalda y te lleva a un recuerdo a veces placentero, pero muchas veces que no lo es», señaló Garland sobre el relato que inaugura la lectura.
Los cuentos que integran el libro fueron premiados en el 2005 por el Fondo Nacional de las Artes, un año antes de que esta periodista y escritora de luminosos ojos claros irrumpa en el mundo literario con su novela «El rey de los centauros».
«También pasa que te destrabás o a veces terminás de dilucidar algo del pasado en el futuro, terminás de saber lo que pasaba cuando sos más grande y entendés más de qué se trata la vida, que tiene que ver con cómo uno se cuenta la vida», dice la autora sobre una sensación que sobrevuela toda la obra.
A juicio de Garland, estos relatos tienen en común «la desolación, la búsqueda del amor, del encuentro con otro, la soledad, la desilusión, la decepción, la búsqueda de sentirse parte de algo, de sentirse amado, de encontrarse con otro, de no estar solo con los pensamientos y con uno mismo».
«Yo uso mucho las geografías de mi vida en mis textos -admite Garland- aunque después lo que cuento es inventado y mezclo muchísimo: un lugar con otro, historias mías con historias de otros».
«La gente -continúa- siempre siente mucha curiosidad por saber cuánto es autobiográfico y cuánto no, pero para mí, el verdadero arte es que parezca totalmente autobiográfico. Que la gente pueda pensar que eso me pasó a mi no me molesta. En todo caso me parece un logro».
La mirada de Garland se agudiza a medida que pasan las hojas y los protagonistas de estas historias pueden llegar a soltar frases como «mamá es una actriz atrapada en la vida de una esposa cualquiera» (en «El remolino») o «veo mi expresión de súplica en el gesto duro de sus labios» (en «Cóctel»).
«Me gusta mucho observar a las personas -confiesa- y creo que por eso debo escribir: me interesa mirar, entender a los demás, escucharlos, ver lo que quieren ocultar. Y conmigo también soy así, me tengo bajo un microscopio mirando todo lo que hago, tratando de descubrir lo que es verdadero, lo que es impostado». «Yo siempre me analizo, pienso mucho en mis mecanismos a partir de la escritura, y la escritura realmente te hace pescar cosas que ni vos sos consciente», menciona.
Garland dedica un tiempo también a explicar la génesis de sus cuentos y dice que «todos son diferentes: muchos aparecen a partir de una imagen, otros aparecen a partir de un sentimiento».
«A veces empiezo a escribir sin saber muy bien a dónde voy y me van llevando las imágenes; a veces los cuentos aparecen enteros; a veces aparece la primera punta, a veces aparece el final. Creo que es una mezcla entre las imágenes y una emoción muy profunda que quiero sacar de mí», describe.
(Télam)
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