Una mujer con voluntad de hierro que ayuda a “Los Pekes”
Yolanda Quintriqueo le puso el hombro a la vida y, desde el Merendero Los Pekes, da de comer y brinda contención a chicos de los barrios Nahuel Hue y Malvinas.
Camina de un lado hacia el otro. Casi nunca se queda quieta. Observa por las ventanas para verificar si apareció alguna vecina o un chico que necesite algo. Yolanda Quintriqueo demuestra una fortaleza sorprendente y un corazón enorme. “Dios le dio esta oportunidad para ayudar a los chicos”, explica su madre Guillermina.
La vida no fue fácil para Yolanda. Sabe lo que es pasar necesidades, tener hambre y estar en la calle. No quiere que nadie sufra la misma situación. Pero esas carencias que entonces hirieron su corazón se curaron con el paso del tiempo.
Relata que cuando estuvo en situación de calle le pidió a Dios tener una casa de material grande para sus seis hijos. Con mucho esfuerzo, el sueño se hizo realidad y construyó un hogar.
Yolanda tuvo dos matrimonios. El primer marido la abandonó con sus hijos pequeños y el segundo la golpeaba. Muchas madrugadas tuvo que huir con sus hijos para evitar una golpiza.
Hoy está en pareja con Teo, que es su compañero en la ruta. Y su madre es su gran referente. “A mi madre le debo lo que soy”, destaca.
Sus hijos crecieron y formaron sus familias. Pero Yolanda tiene además hijos y nietos del corazón. Chicas que pasaron por su casa porque enfrentaban situaciones difíciles. “Si Dios nos puso acá, por algo debe ser”, razona.
Para los pibes
Comenzó hace tres años con el Merendero Los Pekes, en Soldado Olavarría al 180. Allí recibe a chicos de los barrios Nahuel Hue y Malvinas, que concurren a comer tres veces por semana.
La primera experiencia había sido con la campaña solidaria de un litro de leche por mes, pero cuando ocurrieron los saqueos en diciembre del 2012 en el supermercado Changomas suspendieron la campaña.
Meses después se sintió vacía. “Sentía que no estaba haciendo nada por los pibes”, rememora. “Cuando empezamos con el merendero eran 197 chicos, pero como después se fueron abriendo otros comedores en la zona la cantidad fue bajando”, explicó.
El merendero ahora está en una pausa de verano y volverá a abrir en marzo. Pero Yolanda sigue trabajando. En el patio hay varios cajones con verduras que donó el dueño de un mayorista. Cajas con ropa usada que recibió y clasificó con su madre o algún colaborador. Una heladera usada ocupa un lugar en el terreno, pero se irá en pocas horas porque un vecino la necesita.
Mientras Yolanda cuenta la historia, una vecina viene a buscar verduras. Hay lechugas, tomates, berenjenas, cebollas. La mujer se le acerca y le da una colaboración que se guarda en un envase de plástico. “Se le pide a los vecinos una colaboración voluntaria para poder pagar el flete desde el mayorista hasta la casa. Son $ 350”, explica.
Yolanda está convencida de que hay que fomentar el trabajo. “El trabajo educa, tiene un valor simbólico importante”, sostiene. Ella desde hace años limpia un club de la zona de los kilómetros para generar un ingreso a su hogar. Y quiere que los chicos que concurren al merendero se eduquen, que adquieran alguna capacitación. “Este año, Dios mediante, vamos a buscar talleristas para que los chicos aprendan a hacer algo”, sostiene. Ya tiene en carpeta un profesor de kung fu. El año pasado la experiencia de los talleres de manualidades y danza árabe fue muy buena.
Dice que su mayor recompensa es un abrazo sincero, de corazón. “Me gusta mucho recibir un abrazo, que me llamen para mi cumple, para el Día de la Madre”.
alfredo leiva
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