Una receta contra el machismo

Por Andrés Oppenheimer



América Latina, que es vista por muchos como un epicentro del machismo, merece el aplauso por haber acordado en la reciente conferencia regional de las Naciones Unidas sobre la Mujer el promover “la participación plena e igualitaria de hombres y mujeres en todos los niveles de toma de decisiones”.

Buenísimo. Pero aunque la declaración final de la IX Conferencia Regional de la Mujer, realizada la semana pasada en México, por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de la ONU (CEPAL) acordó una larga serie de medidas para aumentar el rol de las mujeres en el Congreso, las municipalidades, la sociedad civil y el sector privado, los países deberían haber empezado por actuar donde les sería más fácil cambiar las cosas: en sus propios gabinetes presidenciales.

Consideren la composición sexual de los gabinetes de varios países de América Latina, de acuerdo con la información oficial de sus sitios de Internet:

-En México, donde el presidente Vicente Fox abrió la conferencia el 10 de junio declarando que “mi gobierno ha hecho suya la causa de las mujeres y el presidente de México tiene un compromiso personal con ellas”, sólo hay una entre los 18 secretarios del gabinete presidencial. La única en el gabinete es la directora de Sedesol, el programa de asistencia social del gobierno.

– En la Argentina existe solamente una mujer entre los 10 ministros del gabinete. Se trata de la ministra de Desarrollo Social, que es también la hermana del presidente.

– En el Perú hay solamente dos mujeres en el gabinete de 16 ministros. Se trata de la ministra de la Mujer y la ministra de Salud.

– En Chile hay tres en el gabinete de 18 miembros. Se trata de la ministra de Relaciones Exteriores, la ministra de Defensa y la ministra del Servicio Nacional de la Mujer.

– En Venezuela hay tres en el gabinete de 16 ministros. Se trata de la ministra del Trabajo, la ministra de Ciencia y Tecnología y la ministra del Ambiente y Recursos Naturales.

– En Colombia, uno de los pocos países de la región que tienen cuotas de representación para las mujeres en cargos públicos, hay 5 en el gabinete de 13 miembros. Los cargos de las mujeres en el gabinete incluyen los de ministra de Relaciones Exteriores, ministra de Educación y ministra del Medio Ambiente.

Para ser justos, Estados Unidos no está mucho mejor en la materia. El gobierno del presidente George W. Bush tiene tan sólo tres mujeres en un gabinete de 15 miembros. Se trata de la Secretaría de Agricultura, la Secretaría del Interior y la Secretaría de Trabajo.

Asimismo, se puede argumentar que hay otros problemas -como igualdad salarial- que deberían ser mucho más prioritarios para América Latina que tratar de llenar los puestos del gabinete con mujeres.

Sin embargo, después de leer las seis páginas del documento final de la conferencia de la CEPAL sobre la mujer, titulado “El Consenso de México”, me pregunto si sus loables metas podrán cumplirse si los gabinetes presidenciales de los países de la región continúan con una abrumadora mayoría masculina.

¿Exigirán los ministros de sexo masculino con la misma vehemencia que sus colegas mujeres que sus gobiernos cumplan con las promesas hechas en la conferencia de México de establecer políticas de acción afirmativa en el mercado laboral? ¿O que se les dé beneficios de maternidad a todas las mujeres, o que se les permita heredar tierras en comunidades donde enfrentan grandes obstáculos para hacerlo?

Claro que no. Podríamos discutir hasta el fin del mundo sobre si los hombres o las mujeres son mejores en cargos públicos, pero no hay duda de que van a defender sus derechos más vigorosamente que los hombres. Ellas sufren la discriminación en carne propia.

Cuando le pregunté recientemente a la primera dama de México, Marta Sahagún de Fox, si el presidente Fox, que dice tener un “compromiso personal” con los derechos de la mujer, no debería tener más representantes femeninas en su gabinete, respondió afirmativamente.

“La respuesta concreta es que sí, por supuesto. Me gustaría ver a muchas más mujeres sentadas ahí”, me dijo Sahagún. Añadió que al principio de la presidencia de Fox había cuatro mujeres en secretarías de Estado, incluyendo ella, pero que tres renunciaron por razones personales o profesionales.

Mi conclusión: quizás estas costosas conferencias de la ONU sobre la mujer, en que muchos burócratas vuelan en primera clase y se hospedan en hoteles de u$s 250 por noche para escribir declaraciones con cientos de propuestas, podrían simplificarse enormemente.

Por ejemplo, la CEPAL podría firmar un acuerdo de un solo párrafo -que podría ser aprobado por e-mail, para ahorrar costos- comprometiendo a los presidentes a nombrar mujeres en el 40% de los puestos del gabinete. Si eso sucediera, los demás problemas de la mujer comenzarían a resolverse por sí solos.


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