¿Usted le prestaría plata a Eduardito?
Por Rolando Citarella
Eduardito es un tipo muy particular (léase: cualquier gobierno argentino de los últimos sesenta años, con contadas excepciones). Sus padres y abuelos han sido gente muy trabajadora, fruto de lo cual a lo largo de sus vidas generaron ahorros considerables (hicieron intransitables los pasillos del BCRA).
A mediados del siglo pasado, Eduardito ya se sentía todo un hombre y consideró que no hacía falta trabajar tanto. Había llegado el momento de darse una mejor vida. Era hora de dejar un poco de lado las obligaciones y hacer valer más los derechos (las famosas conquistas sociales, que hoy, a la postre, mostraron qué poco tenían de eso).
Para ello contaba con una situación inmejorable. Ganaba bien (Argentina productor de alimentos, en un contexto de reconstrucción mundial luego de finalizada la Segunda Guerra) y disponía de aquellos ahorros de sus antepasados.
Con esos ingresos y ahorros, Eduardito salió de compras: casa nueva, auto nuevo, ropa nueva, etc. (nacionalización de empresas de servicios y múltiple creación de empresas y organismos públicos).
Con el tiempo, también se le ocurrió que sus hijos podían estudiar como lo hacían en otros países más ricos. Pero él decidió hacerlo mejor que aquéllos. Acá la cosa sería para todos, sin exclusiones de ningún tipo (universidad gratuita e irrestricta). Claro que como no disponía de plata suficiente para ello, no tuvo mejor idea que usar los ahorros que estaba realizando para cuando fuese viejito (aportes previsionales), trasladando así los problemas a sus generaciones futuras.
No se privaba de nada: servicio doméstico, nursery, portero, jardinero, chofer, lavandera, planchadora (léase: estructuras burocráticas, legisladores, funcionarios y empleados públicos al por mayor, superando cualquier parámetro internacional). Si hasta desparramaba abundancia con los vecinos (extranjeros estudiando gratuitamente en nuestras universidades).
Eduardito se diferenciaba claramente del resto de los mortales. Por un lado, repartía la plata de manera más pareja que muchas familias ricas (países capitalistas) y, por otro, gozaba de un nivel de vida superior a otras familias repartidoras (países socialistas). Era el sueño dorado, el equilibrio justo (era la «tercera posición»).
Lógico que con semejante despilfarro, al tiempo ya no había ingreso que alcanzara, y tanto sus ahorros como los de sus viejos ya se habían terminado. Es más, ya tenía que devolver ahorros (las cajas previsionales se hicieron deficitarias). Era hora de ajustarse el cinturón y gastar solamente lo que se ganaba.
Pero no. El prefirió aprovecharse de los ingenuos miembros de la familia, sacándole por las noches la plata del bolsillo (emisión sin respaldo, lógica inflación y pérdida del poder adquisitivo de la moneda).
Cuando este robo se hizo insostenible (hiperinflación), Eduardito una vez más decidió patear los problemas para más adelante, saliendo a pedir plata prestada. Convenció a prestamistas (bancos varios) de que estaba en un plan de austeridad total y de que no tendría dificultades en devolver la plata en el futuro.
Pero no fue así. Nunca hubo ajustes, a pesar de todas las promesas hechas. Así que, a poco de andar, tuvo que refinanciar deudas (Plan Brady) y volvieron los robos a la familia (nueva emisión e hiperinflación).
En la próxima crisis por insolvencia, Eduardito se vio en la necesidad de vender todos los bienes que había comprado treinta años atrás. Claro que para entonces, estos bienes ya no eran las maravillas de otrora (trenes que no salen, teléfonos sin tono o que directamente no se instalan, empresas llenas de empleados y deficitarias, etc.) y además, dada su conducta tendiente a no respetar compromisos, no serían muchos los que se aventuraran a comprarle.
De allí que no fue mucho lo que pudo sacar de la venta. Paralelamente, dando algunas señales de buen comportamiento (austeridad monetaria, privatizaciones, cambios al régimen previsional, etc.), consiguió que le siguieran prestando. Entre esto y aquellas ventas no sólo logró zafar una vez más, sino que aumentó los lujos (jubilaciones de privilegio para él y sus más allegados, más «ñoquis», un senador más, etc.).
Al tiempo nuevamente no puede pagar, pero tiene suerte. Consigue que le refinancien deuda («blindaje», «megacanje», etc.) y hasta que algunos amigos (FMI, España, etc.) le vuelvan a prestar plata, contra nuevas promesas de que va a encarrilar su vida.
Pero, una vez más, no lo ha hecho. Ahora está en la situación más difícil que le haya tocado vivir. En sesenta años se gastó todo: sus propios ahorros, el ahorro de sus padres, el de sus hijos (manotazo último a las AFJP) y se ha endeudado hasta la cabeza. Ha hecho más de lo cualquiera pueda imaginarse. Está para el libro Guinness.
Se ha declarado en cesación de pagos y está quebrado. Gana poco porque no es mucho lo que produce (léase: recauda poco, pero también es poco lo que ofrece en términos de servicios de educación, seguridad, justicia, salud, obras sociales, etc.). Y, obviamente, nadie le quiere seguir prestando.
Finalmente, parece que Eduardito tendrá que ajustarse a lo que gana exclusivamente. Pero él se resiste, porque no está en su naturaleza. Intenta convencer a sus amigos prestamistas de que ahora va a hacer las cosas bien, pero ni por casualidad le surge reconocer que ha actuado equivocadamente a lo largo de los años. Y es que él no cree que sea así. Se parece al fumador compulsivo que asegura que no va fumar más, pero no porque reconozca que el tabaco le hace mal, sino porque no tiene un mango y ningún quiosco le quiere fiar.
Para colmo, tiene el «caradurismo» de decirles a su familia y amigos que las culpas de la situación que les toca padecer la tienen aquellos que le prestaron plata (bancos y FMI). Esos mismos a los cuales hoy está tratando de convencer de que le vuelvan a prestar. Sinceramente…… ¿usted le prestaría plata a Eduardito?
Eduardito es un tipo muy particular (léase: cualquier gobierno argentino de los últimos sesenta años, con contadas excepciones). Sus padres y abuelos han sido gente muy trabajadora, fruto de lo cual a lo largo de sus vidas generaron ahorros considerables (hicieron intransitables los pasillos del BCRA).
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