Venezuela: el deterioro del sueño revolucionario



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EMILIO J. CÁRDENAS (*)

Cuando no se habían cumplido siquiera dos meses desde la ya inevitable muerte de Hugo Chávez, sus sueños y propuestas socialistas han comenzado a diluirse, si no a evaporarse. Velozmente. Ocurre que unos 700.000 venezolanos los abandonaron en oportunidad de la reciente elección presidencial, pasando raudamente a las filas opositoras. Esto, a estar a las cifras oficiales, que son cuestionadas por la oposición. Por ello el número de desertores de las huestes del oficialismo podría ser aún mayor si se comprobase, como se sospecha, la existencia de fraude, como sostiene la oposición. Lo cierto es que ya no hay una diferencia de más de diez puntos entre ambas mitades de Venezuela. Hay tan sólo un poco más de 200.000 votos que las separan. Muy poco más del 1% que conforma el grupo que puede haber decidido la elección a favor de Nicolás Maduro. Nada como diferencia. Pero sobre la existencia real de ese escaso margen de votos es que existen muchas dudas. Capriles entonces no acepta el “triunfo” de Maduro hasta que no haya un recuento de votos, exigencia que ha obtenido el respaldo de la propia OEA y el sostén de Estados Unidos. No obstante, habrá que ver si esa tarea finalmente se cumple. Debo decir que soy muy escéptico respecto de esta posibilidad porque, como era de esperar, Maduro maniobra descaradamente para evitarla. No obstante, Venezuela es ya distinta. El propio Maduro acaba de reconocer que está ahora dividida en dos mitades con visiones muy diferentes. Y es efectivamente así. Lo que está en disputa es cuál de esas mitades es algo mayor que la otra. Para la oposición ha habido fraude y por ello el oficialismo se ha apresurado a “tomar” la presidencia de la nación, para generar un hecho consumado en su favor que haga las cosas más complejas. Maduro tendrá –además– que luchar por el liderazgo de su partido fundamentalmente contra Diosdado Cabello, que es quien controla la Legislatura y buena parte de las Fuerzas Armadas y ha llamado al oficialismo a la autocrítica, pero que no fue el designado “heredero” por Hugo Chávez ni es el preferido por Cuba. Además, enfrenta otra situación complicada: los precios del petróleo ya no suben alocadamente y la producción venezolana de crudo está en caída, por la enorme ineficiencia de Pdvsa. Un futuro inmediato nada auspicioso en un muy poco atractivo panorama doméstico de alta inflación, creciente déficit fiscal y alto endeudamiento externo, a lo que se suma una molesta escasez de alimentos esenciales además de la enorme inseguridad personal, a la que se agrega la energética. Complejo como panorama de corto plazo, por cierto. Como si ello fuera poco, la urgencia de poder mantener el calor y el apoyo de sus simpatizantes ha provocado que el chavismo conviva con un flujo de fuertes erogaciones sociales mientras, desatendida que fue la infraestructura, especialmente la de producción petrolera, se ha ido deteriorando. Para Nicolás Maduro se aproxima una etapa dura. Tendrá frente a sí una oposición combativa, endurecida y rejuvenecida por su buen desempeño en las recientes elecciones presidenciales que considera que Maduro no es otra cosa que un presidente “ilegítimo” o “fraudulento”, y no sin buenas razones. Y que no ahorrará críticas. Pese a ello Maduro deberá enderezar la economía, lo que puede suponer tener que tomar medidas que nada tengan de populistas, como la reciente fuerte devaluación del bolívar, que ya se ha diluido casi por completo. Seguramente redoblará sus esfuerzos por controlar todo y debilitar aún más lo poco que todavía puede quedar de los equilibrios y contrapesos democráticos y los escasos mecanismos de defensa de las libertades individuales, luego de que Venezuela decidiera la enormidad de dar la espalda al Pacto de San José de Costa Rica, dejando a su pueblo sin instancia alguna de defensa independiente. Para Venezuela toda, un proceso plagado de toda suerte de riesgos acaba de comenzar. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


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