Venezuela se derrumba

Por Redacción

Si los miembros principales del gobierno kirchnerista realmente creyeran que los fiscales, jueces, periodistas y políticos opositores que figuran en sus arengas estaban a punto de llevar a cabo un golpe de Estado, por blando que fuera, destinado a reemplazarlo por una especie de dictadura neoliberal, nos estarían abrumando con evidencia concreta de lo que dicen está en marcha, para entonces tomar las medidas correspondientes, pero parecería que entienden muy bien que el peligro que denuncian no es más que un producto de su imaginación febril, ya que, caso contrario, actuarían como sus equivalentes venezolanos. Desgraciadamente para los habitantes del “país hermano”, el presidente Nicolás Maduro y otros pesos pesados chavistas están resueltos a tomar su propia retórica al pie de la letra. Desde hace más de un año, el líder opositor Leopoldo López está entre rejas acusado de “conspirar” contra el régimen y, el jueves pasado, hombres de los notorios servicios de inteligencia chavistas detuvieron, de manera sumamente violenta y sin ninguna orden judicial, al alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, bajo pretextos similares. Según el régimen, Ledezma y López son culpables de delitos bastante parecidos a los imputados a aquellos políticos, jueces, fiscales y otros que, en opinión de los kirchneristas más fanatizados, se han puesto al servicio de símbolos del mal tales como la embajada estadounidense, los fondos buitre y los poderes concentrados mediáticos. La diferencia es que, hasta ahora, los militantes del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner saben que sería un error muy grave de su parte actuar como si las fantasías conspirativas con las que se entretienen tuvieran algo que ver con lo que está efectivamente ocurriendo en el país. Si bien el chavismo venezolano aún cuenta con algunos simpatizantes en círculos afines al kirchnerismo, no les motiva entusiasmo lo que han hecho sus correligionarios en Venezuela misma. Antes bien, se sienten atraídos por la hostilidad visceral del extinto Hugo Chávez y de su heredero, Maduro, hacia Estados Unidos y lo que llaman “la ultraderecha”. Sucede que a esta altura es imposible negar que la “revolución bolivariana” o “socialismo del siglo XXI”, como lo bautizaron los impresionados por el espectáculo brindado por el comandante y sus huestes, ha resultado ser una catástrofe sin atenuantes. A pesar de estar nadando en petróleo, Venezuela está al borde de la quiebra; a menos que suba mucho muy pronto el precio internacional del único producto que está en condiciones de vender, podría caer en default. La tasa de inflación, del 70% anual aproximadamente, es aún más alta que la registrada en la Argentina y el consumo popular se ha desplomado a causa del desabastecimiento, ya que, aparte del crudo, la economía venezolana produce muy poco y por lo tanto el país tiene que importar hasta los bienes más rudimentarios. Según las encuestas más recientes, ha sido tan grotescamente torpe la gestión de Maduro que sólo el 20% de la población confía en su capacidad para hacer frente a la crisis. Por ser Venezuela un país de tradiciones clientelistas parecidas a las que han sabido aprovechar varias generaciones de peronistas, de suerte que los subsidiados han aprendido a agradecer a sus presuntos benefactores brindándoles su apoyo en las urnas y en la calle sin pensar en nada más que “la lealtad”, el que sólo una minoría de los pobres se sienta representada por Maduro hace pensar que el chavismo está moribundo. Es en buena medida por este motivo que, lo mismo que sus homólogos argentinos, los líderes opositores venezolanos no tienen interés alguno en planear un golpe. No sólo es cuestión del temor lógico que les ocasiona la militarización de un movimiento aliado con el castrismo cubano que, con toda seguridad, lucharía con ferocidad por conservar sus muchas “conquistas”. La experiencia propia y ajena les ha enseñado que, a menos que el populismo muera de causas naturales, víctima de sus propias deficiencias congénitas, sería perfectamente capaz de recuperarse de un revés atribuible a fuerzas antidemocráticas para entonces retomar el poder con el respaldo de la mayoría, como en efecto ha ocurrido en muchas ocasiones en distintos países latinoamericanos, comenzando con el nuestro.

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