Veranos estupendos

Redacción

Por Redacción

A los voceros del gobierno nacional les cuesta encontrar palabras adecuadas para calificar el verano maravilloso que, según ellos, el país entero está disfrutando y que, en su opinión, muestra que es ridículo hablar de una crisis económica. Los más indignados por la resistencia de los opositores a reconocer que todo va fabulosamente bien, personajes como el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y el pensador nacional por antonomasia Ricardo Forster, dicen creer que el estallido de alegría ha sido tan portentoso que a los aguafiestas de siempre no les quedaba más alternativa que contraatacar provocando primero la denuncia y poco después la muerte del fiscal Alberto Nisman. Entre los más entusiasmados por el espectáculo brindado por la gran cantidad de turistas está el ministro de Economía Axel Kicillof, lo que puede entenderse ya que es el máximo responsable de la ola de bienestar que inunda al país; dice que el verano que estamos viviendo es francamente “estupendo”. Es posible que lo sea, pero sucede que, desde las primeras décadas del siglo pasado, casi todos los gobiernos nacionales han tomado la proliferación anual de turistas en las playas y montañas por evidencia de que la economía pasaba por un muy buen momento y que por lo tanto era absurdo dejarse preocupar por nimiedades como la inflación crónica, la desocupación, la pobreza extrema de millones de familias, la falta esporádica de bienes imprescindibles y otros detalles a su juicio menores. En la época de la “plata dulce”, cuando el país estuvo bajo una dictadura militar, los balnearios y centros turísticos como Bariloche gozaron de algunas temporadas memorables. Lo mismo ocurrió cuando, con el presidente radical Raúl Alfonsín en la Casa Rosada, el país corría hacia su encontronazo con la hiperinflación y también en los años del “neoliberalismo” menemista. De no haber coincidido el colapso de la convertibilidad y el default jubiloso que lo siguió con el inicio de la temporada, las vacaciones estivales de 2001 y 2002 –una rara excepción a la regla de que aquí todos los veranos son felices– hubieran sido tan estupendas como las anteriores. Por ser la presidenta Cristina Fernández de Kirchner una hotelera profesional, dueña de varios establecimientos exitosos ya que parecería que las habitaciones siempre están ocupadas, es sin duda natural que el gobierno haya privilegiado su sector preferido, alargando los fines de semana e introduciendo más feriados, acompañados por “puentes”, con el propósito de hacer de la Argentina un país de turistas. Con todo, aunque se trata de una actividad a un tiempo agradable y económicamente valiosa, quienes están en condiciones de aprovechar las oportunidades que brinda constituyen una minoría relativamente pequeña que, para satisfacción de los voceros del gobierno de turno, todos los años se las arregla para mofarse de crisis que asustan a los especialistas. A veces el turismo local resulta beneficiado por los problemas económicos, ya que los acostumbrados a veranear en Uruguay, Brasil o lugares aún más alejados tienen que conformarse con la oferta nacional, la que, por fortuna, es abundante. Ayuda la inflación: puesto que la moneda pierde valor con cierta rapidez, es mejor gastar dinero cuanto antes que procurar ahorrar en pesos. Un escéptico diría que sería mejor que la clase media actuara con mucha más cautela cuando sobran motivos para prever que la economía está por experimentar otro de sus espasmos ya rutinarios, pero está tan acostumbrada a la inestabilidad que entiende que no le serviría de mucho adoptar actitudes parecidas a las de sus equivalentes de otras latitudes que ajustan automáticamente el presupuesto familiar toda vez que ven acercarse una tormenta. Si bien se informa que este verano el turismo ha sido más “gasolero” de lo que fue el año pasado, los que toman vacaciones se resisten a dejarse privar de lo que consideran un derecho adquirido. Se trata de una tradición nacional que parece invulnerable a las vicisitudes económicas del país, de suerte que es legítimo vaticinar que los voceros de gobiernos futuros, sean neoliberales, centristas, socialistas o populistas, nos aseguren que la ciudadanía está convencida de que la economía se encuentra en buenas manos porque de otro modo no pensaría en ir de vacaciones.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 19 de febrero de 2015


A los voceros del gobierno nacional les cuesta encontrar palabras adecuadas para calificar el verano maravilloso que, según ellos, el país entero está disfrutando y que, en su opinión, muestra que es ridículo hablar de una crisis económica. Los más indignados por la resistencia de los opositores a reconocer que todo va fabulosamente bien, personajes como el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y el pensador nacional por antonomasia Ricardo Forster, dicen creer que el estallido de alegría ha sido tan portentoso que a los aguafiestas de siempre no les quedaba más alternativa que contraatacar provocando primero la denuncia y poco después la muerte del fiscal Alberto Nisman. Entre los más entusiasmados por el espectáculo brindado por la gran cantidad de turistas está el ministro de Economía Axel Kicillof, lo que puede entenderse ya que es el máximo responsable de la ola de bienestar que inunda al país; dice que el verano que estamos viviendo es francamente “estupendo”. Es posible que lo sea, pero sucede que, desde las primeras décadas del siglo pasado, casi todos los gobiernos nacionales han tomado la proliferación anual de turistas en las playas y montañas por evidencia de que la economía pasaba por un muy buen momento y que por lo tanto era absurdo dejarse preocupar por nimiedades como la inflación crónica, la desocupación, la pobreza extrema de millones de familias, la falta esporádica de bienes imprescindibles y otros detalles a su juicio menores. En la época de la “plata dulce”, cuando el país estuvo bajo una dictadura militar, los balnearios y centros turísticos como Bariloche gozaron de algunas temporadas memorables. Lo mismo ocurrió cuando, con el presidente radical Raúl Alfonsín en la Casa Rosada, el país corría hacia su encontronazo con la hiperinflación y también en los años del “neoliberalismo” menemista. De no haber coincidido el colapso de la convertibilidad y el default jubiloso que lo siguió con el inicio de la temporada, las vacaciones estivales de 2001 y 2002 –una rara excepción a la regla de que aquí todos los veranos son felices– hubieran sido tan estupendas como las anteriores. Por ser la presidenta Cristina Fernández de Kirchner una hotelera profesional, dueña de varios establecimientos exitosos ya que parecería que las habitaciones siempre están ocupadas, es sin duda natural que el gobierno haya privilegiado su sector preferido, alargando los fines de semana e introduciendo más feriados, acompañados por “puentes”, con el propósito de hacer de la Argentina un país de turistas. Con todo, aunque se trata de una actividad a un tiempo agradable y económicamente valiosa, quienes están en condiciones de aprovechar las oportunidades que brinda constituyen una minoría relativamente pequeña que, para satisfacción de los voceros del gobierno de turno, todos los años se las arregla para mofarse de crisis que asustan a los especialistas. A veces el turismo local resulta beneficiado por los problemas económicos, ya que los acostumbrados a veranear en Uruguay, Brasil o lugares aún más alejados tienen que conformarse con la oferta nacional, la que, por fortuna, es abundante. Ayuda la inflación: puesto que la moneda pierde valor con cierta rapidez, es mejor gastar dinero cuanto antes que procurar ahorrar en pesos. Un escéptico diría que sería mejor que la clase media actuara con mucha más cautela cuando sobran motivos para prever que la economía está por experimentar otro de sus espasmos ya rutinarios, pero está tan acostumbrada a la inestabilidad que entiende que no le serviría de mucho adoptar actitudes parecidas a las de sus equivalentes de otras latitudes que ajustan automáticamente el presupuesto familiar toda vez que ven acercarse una tormenta. Si bien se informa que este verano el turismo ha sido más “gasolero” de lo que fue el año pasado, los que toman vacaciones se resisten a dejarse privar de lo que consideran un derecho adquirido. Se trata de una tradición nacional que parece invulnerable a las vicisitudes económicas del país, de suerte que es legítimo vaticinar que los voceros de gobiernos futuros, sean neoliberales, centristas, socialistas o populistas, nos aseguren que la ciudadanía está convencida de que la economía se encuentra en buenas manos porque de otro modo no pensaría en ir de vacaciones.

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