Violencia política en la Argentina actual

Por Redacción

Por Darío Tropeano*

En los últimos años venimos asistiendo a una escalada de tensión política dada la imposibilidad de mantener el sistema de ascenso social que comienza su decadencia sobre la mitad de la década de 1970. La violencia que refiero es verbal, mediática y también la vinculada al uso del aparato de la Justicia Federal de los tribunales de la Ciudad de Buenos Aires para forzar el mantenimiento de un sistema que se resquebraja, persiguiendo selectivamente a los no identificados con la ideología del poder real. Aquí no se trata de negar la aplicación de la ley, se trata de cotejar si la misma tiene una vara equilibrada o se inclina para un lado.

Con preocupación observo cómo se fomentan mediáticamente algunos discursos de la violencia, promoviendo a personajes que actúan en “las redes sociales” y economistas que nos proponen “detonar al Banco Central”, “hacer estallar el sistema desde adentro” o acaso “destruir a los políticos”, dados que todos serían “chorros y corruptos”. Se expresan opiniones más graves aun, se ensayan mensajes incluso contra el intento igualitario que impulsan las mujeres después de miles de años de postración y sometimiento.

Desde lo económico se macanea con exuberancia, “tirando” datos y cifras al boleo que supuestamente son ciertas porque provienen de alguien que está en la tele o incluso que tiene un título universitario y da conferencias. La utilización de personajes payasescos, exuberantes o que usan un vocabulario de alto impacto le otorga el color necesario para poder “ser vendidos” en los medios de comunicación masivos, bajo un objetivo que por cierto nada tiene que ver con los intereses de una mayoría que los consume.


El capitalismo del presente ha dejado atrás sus paradigmas originarios que permitieron el asenso social en algunos de los países del globo.


Me refiero no solo a los denominados “libertarios” que nos devolverían la libertad perdida que alguna vez -dicen- supimos tener. La libertad de comprar, vender, elegir y hacer lo que queramos, sin que el Estado nos aplaste o regule la totalidad de nuestra vida. También existen algunos dirigentes políticos de la principal fuerza de oposición que promueven esos mensajes e impulsan discursos y acciones que incentivan la división y el odio de los argentinos, intentando aprovechar espacios electorales. Los primeros acaso estén construyendo una pyme, tal vez para venderla una vez que se acomoden las encuestas electorales y sea posible negociar un precio. Veremos si sucede en el futuro.

Lo cierto es que en realidad las crisis recurrentes que han venido deteriorando el desarrollo del país, por responsabilidad de las elites de diversos sectores políticos, empresariales, militares y sindicales, hoy atraviesa buena parte del mundo.

Se trata de una crisis de desigualdad que como una aspiradora neutrónica chupa una buena parte del futuro de las clases medias y empobrece más a los que ya lo son. Los EE. UU., Italia, Colombia, Francia, Egipto, Bulgaria, México y Argentina integran entre muchos otros ese lote que -salvando las diferencias de cada país- afronta una severa crisis.

El capitalismo del presente ha dejado atrás sus paradigmas originarios que permitieron ascenso social en algunos de aquellos países y su fase actual de financiarización -ahora en franca implosión-, la cual se desarrolla desde hace aproximadamente 40 años, deja paso a cambios tecnológicos que están enriqueciendo aceleradamente a unos pocos.

El control sobre la humanidad se hace inevitable, porque controlando se impiden cambios que beneficien a las grandes mayorías.

Ante la impotencia del presente, el discurso del odio se fortalece, más aun cuando no hay política que nivele el mapa de la discusión en torno a ideas y una militancia opositora que las impulse. Se impone entonces lo mediático, lo masivo a través de redes, la palabra soez y la agresión, dirigida a los supuestos “culpables presentes” de la decadencia nacional.

Por supuesto, esos sectores olvidan rápidamente los varios golpes militares en el último siglo, las políticas de endeudamiento que en tres ciclos (1976/1982, 1994/2001, 2016/2019) han condicionado durante décadas cualquier proyecto de inversión pública sostenido. Los jóvenes de las clases medias empobrecidas, y algunos de la otra, son destinatarios directores y finales de un discurso violento de estos voceros que les prometen ser libres y desarrollados como Singapur o Australia, sin decirles que se trata de disparates que nada tienen que ver con la cultura y el desarrollo histórico de nuestro país.

Es tiempo, dado que todavía la Argentina es un país político donde las grandes mayorías -aun con retrocesos que producen ciclos de gran deterioro- pueden elegir sin ser guiados a “control remoto” o a “control mediático”, de que genere la reestructuración de los grandes partidos que, como la Unión Cívica radical, supieron cumplir un rol de impulso al desarrollo nacional a través de sus grandes líderes.

Los discursos a lo Bolsonaro, la antipolítica, el repudio al debate de programas y proyectos nacionales que articulen acuerdos mínimos de convivencia social, mitigando la desigualdad para hacer vivible el país, nunca en la historia han terminado bien.

A no dudarlo.

*Abogado. Docente de la Facultad de Economía de la UNCo


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