Volver
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Buena parte de los que habitamos este país tuvimos alguna vez un cambio de aire, de domicilio, nos fuimos de una ciudad a otra, de una provincia a otra, de un país a otro. Y nos quedó la nostalgia, esa que a esta altura calculo que será eterna. Una mezcla de ganas de volver con recuerdos imborrables, con afecto a la ciudad donde vivimos hoy y con añoranzas del pueblo donde crecimos, donde jugamos, donde fuimos a la escuela. No es fácil de explicar cuando se trata de sentimientos, quienes vivieron esta experiencia saben de qué hablo. Quienes nunca se fueron podrán entender que uno no termina nunca de irse de un lugar, ni se termina jamás de quedarse en otro. Está siempre presente el deseo de volver, aunque sea un día, unas horas, para recorrer cada calle del pueblo, de la ciudad en la que se resumen miles de experiencias. Cada paso en el regreso es una suma de recuerdos imborrables e irreemplazables. Uno puede mudarse mil veces, puede ir a lugares más lindos o no tanto, puede dejar el trabajo, la universidad, la escuela, los amigos. Pero queda esa parte que siente, que a cada paso experimenta sensaciones que se llevan en la sangre. Y veo la ilusión en quienes alguna vez nos fuimos cuando se programa un viaje, una visita aunque sea circunstancial. Vi la cara sonriente de un amigo cuando con su flamante auto volvió a su Chile. Lo vi en un maestro que volvió a Jujuy a visitar a su familia, lo vi en los mineros de Comodoro Rivadavia que volvieron a sus pagos. Lo sentí cuando decidí volver a mi pueblo de casas bajas, de pocas calles con asfalto, de saludos reiterados, de amabilidad espontánea. Y tal vez ninguno pensó en una vuelta definitiva. Con familias constituidas en otro lugar, con afecto y amor a su nueva tierra, con amistades y trabajo en otro lado es como empezar otra historia. Pero volvimos, volví muchas veces en sueños, en deseos, en planes, en vacaciones a descubrir que pocas cosas habían cambiado, que el viejo río seguía trayendo poca agua, que la plaza conservaba sus atractivos de pueblo, que los dulces eran tan ricos como hace décadas, que buena parte de la familia ya no estaba, que las nuevas generaciones también hablaban el idioma de los celulares y de Facebook. Pero estaba intacta esa tierra madre de miles. Sentí que todo eso junto recorría mis venas y las de muchos, cargadas de recuerdos y afectos. Eso es volver, eso es vivir por siempre con las imágenes que nos quedaron grabadas. Cuando uno mira a los costados esas historias se multiplican, porque son cientos, miles los que alguna vez se fueron, pero no se fueron del todo. Tal vez el final de los días nos encuentre en el nuevo domicilio, pero un pedacito de cada uno queda por siempre en el pueblo o ciudad donde alguna vez nacimos. Los santiagueños lo resumieron con excelencia en el tema Añoranzas, que describe sentimientos, sensaciones y experiencias de la partida. Y en muchos temas del folclore tradicional lo hicieron letra. Porque dentro de la música también son miles los que dejaron su tierra en busca de mejores horizontes, porque siempre se parte en busca de mejor presente y futuro. Un abogado exitoso me decía que tiene un presente feliz, con lo que siempre anheló tener, pero que en el alma lleva a su Santiago del Estero y que cada vuelta es un baño de recuerdos gratos. Ojalá podamos volver siempre, porque en el fondo, más allá de los años, de las historias de cada uno, de los éxitos o los fracasos, nunca nos fuimos del todo. Eso sí, aprendimos a repartir sentimientos.
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