En este restaurante la inclusión de personas neurodivergentes es el plato fuerte

Alamesa, es un restaurante de Buenos Aires en el que trabajan 40 personas, en su mayoría jóvenes adultos con neurodiversidad. Crearon un sistema inclusivo y revolucionario que ofrece una nueva mirada a la discapacidad y abre las puertas a muchas oportunidades.

En Alamesa trabajan felices de ser parte de un grupo que comparte los mismos intereses, las mismas inquietudes, problemáticas y tienen su sueldo.

Desde la calle, Alamesa parece un restaurante como cualquier otro. Las mesas bien puestas, los comensales que disfrutan los platos, que llegan humeantes en carritos pulcros. Pero al pasar la puerta algo distinto emerge. “Que lindo es tu buzo”, dice una chica con una sonrisa enorme e invita a pasar. No es solo la comida lo que se sirve acá. Es otra cosa mejor.

En mensaje que el Papa Francisco les envió en su inauguración, habla de la experiencia. “Gracias, porque es un aporte a la sociedad, un aporte distinto, un aporte creativo de cada uno de ustedes…”, dice, y no es una frase más. Acá, cada gesto tiene peso. Cada paso es parte de un sistema tan meticulosamente diseñado que podría ser una coreografía: precisa, sensible, silenciosa.

Este restaurante tiene la particularidad que es atendido por 40 personas neurodivergentes y en general tienen dificultad para conseguir un trabajo. Algunos no tienen diagnóstico claro, otros nacieron prematuros, o están dentro del espectro, pero acá no hay etiquetas. Hay nombres, horarios, turnos, vínculos. Y hay amistad. De la buena.

Las personas con discapacidad (PCD) en la Argentina están lejos de ser minoría, en total hay más de 5 millones. En ese marco, más del 86% de las personas mayores de 14 años con Certificado Único de Discapacidad (CUD), no tiene trabajo. Sólo el 14% de ese grupo, forma parte del mundo laboral, según datos se desprender de un estudio realizado por la Fundación Por Igual Más, que desde hace más de 10 analiza la situación y propone acciones.

La historia de este restaurante empezó con Julia. Cuando Julia estaba por entrar en la adultez, su papá, el médico infectólogo Fernando Polack, el mismo que lideró en Argentina el estudio de la vacuna de Pfizer, empezó a hacerse la pregunta que muchos padres de personas neurodivergentes temen pronunciar: “¿Qué pasa después?”

Alamesa está en Las Cañitas, Maure 1643, Buenos Aires.

La respuesta le llegó en un recuerdo: un almuerzo en Roma, caótico y feliz, rodeado de familias ruidosas en una trattoria. “Ese era el lugar donde Julia podía estar”, pensó. Un restaurante de verdad. Con platos, horarios, clientes exigentes y propinas. Con desafíos reales y recompensas concretas. Por eso, puso manos a la obra para crearlo.

“Esta es una experiencia maravillosa, abrimos hace un año y es un lugar en el que se respira un nivel de candidez y de orgullo en las personas que trabajan. Tiene un nivel gastronómico y de servicio muy bueno, que lo hacen competir con cualquier restaurante tradicional. Ese es el objetivo, para que no se infantilice a la discapacidad. Demostramos que se puede hacer un restaurante de nivel, en un barrio de mucha oferta gastronómica y se puede competir de igual a igual”, cuenta en medio de los comensales su dueño, Sebastián Wainstein.

Alamesa no tiene fuegos, ni cuchillos, ni balanzas. No porque falten, sino porque no hacen falta. En su lugar hay frascos de colores, carritos móviles y una lógica interna que parece pensada por un grupo de diseñadores, psicólogos y magos.

Al sentarnos, las mesas tienen individuales de papel, con letras en diferentes colores. La A es azul, la B roja, la C verde. Luego la moza se acerca con una hoja, parecida al tablero de Tutifruti, en la que, explica con una sonrisa, “hay que anotar, que vas a comer, a tomar, a servirte de postre”.

Luego llegan con un carro en el que traen los platos, separados por las letras de colores. Con seguridad los ubica a cada uno en su lugar. No hay error, ni duda. Al lado, un grupo ríe mientras escanean el código QR del menú y miran un vídeo con las instrucciones para pedir y algunas recomendaciones: “Sé amable y paciente con nosotros”, “No nos llames por señas”.

Detrás de escena, los trabajadores de Alamesa se turnan, descansan en un living cerca del jardín, y conversan. “A ellos, les cambió la vida, porque previo a Alamesa, estaban en centro de día y la cuestión productiva, no salía a la vista, en términos de contacto con la sociedad real. Acá están felices de ser parte de un grupo que comparte los mismos intereses, las mismas inquietudes, problemáticas y tienen su sueldo, que no es cosa menor. Se generó un grupo de amigos que siempre tienen muchas ganas de venir y contagia”, describe Wainstein.

En ese sentido, asegura que es un ejemplo de “inclusión real”. Es una respuesta al sistema que muchas veces no tiene respuesta para los que no entran en su molde. Y es un modelo replicable. Y ya hay empresas, familias, instituciones que se preguntan cómo llevar esa experiencia a otros lugares, a otras vidas. “No vendemos una franquicia, nos ponemos a disposición de todos los que quieran replicarlo”, concluye.

Alamesa está en Las Cañitas, Maure 1643, Buenos Aires.


En Alamesa trabajan felices de ser parte de un grupo que comparte los mismos intereses, las mismas inquietudes, problemáticas y tienen su sueldo.

Desde la calle, Alamesa parece un restaurante como cualquier otro. Las mesas bien puestas, los comensales que disfrutan los platos, que llegan humeantes en carritos pulcros. Pero al pasar la puerta algo distinto emerge. “Que lindo es tu buzo”, dice una chica con una sonrisa enorme e invita a pasar. No es solo la comida lo que se sirve acá. Es otra cosa mejor.

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