Entre chacras, bodegas y estancias, Neuquén apuesta al agroturismo

Con asistencia técnica y casi 30 establecimientos habilitados, Neuquén apuesta al agroturismo como una forma de viajar más lenta, cercana y conectada con sus sabores y tradiciones.

Redacción

Por Redacción

Praderas Neuquinas donde nace el aceite de oliva más puro.

En Neuquén, una vaca sacude la cabeza; más allá, el relincho de un caballo corta la mañana, no es una postal armada para turistas: es la vida cotidiana en las chacras, bodegas y estancias que hoy sostienen una de las apuestas más silenciosas y firmes del turismo de cercanía.

Con cerca de 30 emprendimientos habilitados, con y sin alojamiento, la provincia consolida una red que crece desde 2024, cuando comenzó un relevamiento técnico para profesionalizar la oferta y acompañar a productores que quieren abrir sus tranqueras. No se trata solo de sumar camas o visitas guiadas, se trata de convertir el trabajo rural en experiencia, y la experiencia en identidad.

Desde el Ministerio de Turismo, Ambiente y Recursos Naturales recorrieron alrededor del 30% de los establecimientos ya habilitados para actualizar propuestas y detectar necesidades. También visitaron nuevas chacras y emprendimientos productivos con el objetivo de incorporarlos al circuito. Detrás de cada habilitación hay asesoramiento, papeles, requisitos, capacitaciones. Pero delante de cada visita hay algo más difícil de medir: el encuentro.

El Chañar se posiciona como otro eje destacado del agroturismo.

Porque hacer agroturismo no es simplemente “visitar una chacra”. Es entrar a un ritmo distinto. El visitante no llega como espectador sino como invitado. Hay un anfitrión que explica, que muestra, que cuenta cómo se ordeña, cómo se poda, cómo se riega en esta tierra áspera. Se camina entre corrales, se escuchan mugidos y balidos, se toca la lana, se prueba queso tibio, se corta pan casero. Y de pronto, el paisaje deja de ser fondo y se vuelve protagonista.

La mayor concentración de chacras y bodegas está en la Región Confluencia: Centenario, Plottier, Senillosa y la capital neuquina.

En el Alto Valle, el agroturismo toma forma de chacras y casas de té. En Centenario, espacios como Praderas Neuquinas, La Casa del Flaco o Los Chalet reciben visitantes entre frutales y mesas largas. Plottier suma propuestas como Las Araucarias. Y en Chos Malal, Desde la Torre incorpora el enoturismo al norte.

Bodega Secreto Patagónico ubicada en San Patricio del Chañar.

Porque si hay un producto que hoy empuja fuerte es el vino. Neuquén produce en tres tipos de suelo distintos, y esa diversidad se traduce en perfiles que seducen paladares.

En el corredor vitivinícola de San Patricio del Chañar, bodegas como Familia Schroeder, Malma y Secreto Patagónico combinan recorridos por viñedos, degustaciones y gastronomía regional. También hay bodegas en Senillosa y Neuquén capital, y en el Alto Neuquén, en Chos Malal y Taquimilán.

El circuito no se agota en la copa. Se extiende a ferias locales, a la compra directa al productor, a sabores que son territorio: manzanas y peras, gírgolas, ñaco, aceite de oliva, frutos secos, chivo, trucha. Productos que no viajan miles de kilómetros antes de llegar al plato.

Ir a ferias locales, a la compra directa al productor, a sabores que son territorio.

En el Alto Neuquén y en la Región de Los Lagos, en cambio, el pulso lo marcan las estancias, con Junín de los Andes y El Cholar como referencias. Allí el turismo se mezcla con historia, con generaciones que sostienen la misma tierra desde hace más de un siglo.

En el norte, la Estancia Las Tres Marías, en Loncopué, se levanta frente al río Agrio y al cerro Tres Puntas. Las cabalgatas suben por laderas donde asoman troncos petrificados y fósiles marinos.

En Junín de los Andes, la Estancia Las Vertientes abre su tambo y su guachera para mostrar cómo se elaboran quesos artesanales patagónicos. Más allá, Mamuil Malal conserva una tradición ganadera iniciada en 1892, al pie del volcán Lanín, y aún en manos de la cuarta generación familiar.

En esa misma región, nombres como Huechahue, Collún Co o Lonco Luan, este último vinculado al turismo rural comunitario mapuche, integran cultura, paisaje y producción.

Se pueden recorrer corrales de animales, viñas y olivares.

Más al oeste, en Aluminé, estancias como Bey Malek y Don Antuco proponen una inmersión en el paisaje andino: silencio, cabalgatas, tareas rurales, noches largas bajo un cielo limpio.

La apuesta es clara: fortalecer la producción local y convertirla en relato vivo. Profesionalizar sin perder autenticidad. Abrir la tranquera sin cerrar la identidad.


Praderas Neuquinas donde nace el aceite de oliva más puro.

En Neuquén, una vaca sacude la cabeza; más allá, el relincho de un caballo corta la mañana, no es una postal armada para turistas: es la vida cotidiana en las chacras, bodegas y estancias que hoy sostienen una de las apuestas más silenciosas y firmes del turismo de cercanía.

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