“Es un país que te estalla en la cara”: viaje a India con sentido; yoga, espiritualidad y el retiro de un grupo de neuquinas
Por 21 días y 18 noches vivieron una experiencia que fue mucho más que yoga: historia viva, fe, caos y transformación en uno de los lugares más intensos del planeta.
El primer impacto fue visual y sonoro. Bocinas que no se callaban, motos que se deslizaban como peces entre autos, vacas cruzaban las avenidas con la calma de quien sabía que nadie se atrevería a apurarlas. El aire espeso de Nueva Delhi vibraba, latía, empujaba.
—Bueno, me encomiendo a todos los dioses— decían, medio en broma, medio en serio, el grupo de neuquinas apenas se subían a una de esas motitos que parecían sostenerse por pura fe.
La ciudad era un caos que respiraba. Y, sin embargo, no había choques, ni gritos, ni sirenas. El guía, un indio de español perfecto y sonrisa paciente, lo explicaba con una frase que repetía como mantra:
—Hay dioses, hay dioses.
Y quizá fuera eso, quizá que en la India el desorden era apenas otra forma de coreografía.
El 21 de marzo un grupo de neuquinas llegó a la India con esa mezcla de ansiedad y candidez que tienen los viajes largos y con amigos. Para muchas era la primera vez; para Guillermina Watkins no, aunque la expectativa no era menor. “No fue mi primer viaje a la India, fue el tercero, pero sí fue la primera vez que organicé una experiencia grupal de ‘viajes consentidos’, como llamamos a estos viajes de bienestar. Y fue realmente hermosa”, dice, casi un año después.
Durante 21 días y 18 noches atravesaron ciudades que pesan en la historia del mundo. En Nueva Delhi, capital comercial y cultural del país, el viaje empezó con el pulso alto: mercados que desbordaban de especias y telas. Caminaron por la última casa donde vivió Mahatma Gandhi y se detuvieron en el lugar donde lo asesinaron. Allí, entre jardines y senderos silenciosos, la historia dejó de ser una línea en los libros para convertirse en escena. “Conocimos de cerca cómo se gestó esa revolución y el movimiento nacionalista que finalmente logró la independencia de la India”, cuenta.
De Delhi viajaron a Agra. El amanecer frente al Taj Mahal fue una escena suspendida, la bruma se retiraba de a poco y la piedra blanca parecía respirar. “Es un monumento al amor, pero en realidad es una tumba que el emperador mogol mandó a construir para su esposa cuando murió”, explica. Estar allí, descalzas sobre el mármol frío, escuchando la historia y el simbolismo de esa obra imponente, era otra cosa. El amor, la muerte, el poder y la belleza convivían en silencio bajo la cúpula.
Después llegó Rishikesh, considerada la capital mundial del yoga y la meditación. Allí el tiempo se aquietaba. “Estuvimos casi una semana. Es el lugar donde se sistematizó el yoga tal como lo conocemos en Occidente. Es una ciudad muy vinculada a la cultura del yoga y al ayurveda, con una fuerte identidad espiritual y también comercial en torno a esa tradición”, explica.
Se metieron en el Ganges, que a esa altura tiene el agua limpia, y el gesto fue más que simbólico. “El yoga va más allá de las posturas físicas, tiene que ver con la religión, con la espiritualidad. Conocimos maestros indios, estuvimos en templos. Creo que para la mayoría Rishikesh fue el lugar más significativo y transformador del recorrido”.
También visitaron el ashram donde estuvieron The Beatles durante la composición del llamado “Álbum Blanco”. Recorrieron las ruinas cubiertas de vegetación y grafitis, vestigios de aquel retiro espiritual que marcó una etapa en la historia del rock.
Desde esa calma viajaron a Varanasi, una de las ciudades más antiguas del mundo, conocida también como Kashi. Allí la intensidad volvía a subir como una marea. A orillas del Ganges presenciaron, a la distancia y con respeto, las ceremonias de cremación. El humo ascendía lento, los cantos sostenían la escena, la muerte no se escondía.
“En la tradición hindú los cuerpos no se entierran, se los crema. Se cree que quienes mueren allí se liberan del ciclo de la reencarnación”, explicaba. Estar presentes no era turismo; era confrontación con la finitud, con las propias creencias, con el misterio.
El viaje cerró en Goa, sobre la costa del mar Arábigo. Después de tanta sacudida, el mar fue una pausa necesaria. Arena tibia, otro ritmo, conversaciones largas para procesar lo vivido. “India es un viaje muy movilizador, te sacude profundamente todo lo que ves y experimentás”, dice hoy, y recuerda cómo el descanso se volvía parte del aprendizaje.
Experiencia que transforma
No hacía falta practicar yoga para viajar a la India. Es, ante todo, un destino cultural e histórico, una de las civilizaciones más antiguas del mundo. Pero algo sucede allí, incluso para quien ya estuvo antes.
“La magia de India te estalla en la cara. No es un destino que se deje mirar desde lejos: te atraviesa. Te saca de la zona de confort y te obliga a replantearte un montón de cosas. Empezás a valorar lo que tenés en tu casa, en tu vida cotidiana. La comparación es inevitable, aunque siempre decimos: ‘Traten de no comparar, traten de no apegarse a lo que ya conocen’. Pero aun así, en ese contraste aprendés muchísimo. Aprendés sobre India y también sobre tu propio lugar en el mundo. Te sacude, te incomoda a veces, pero justamente por eso te cambia”.
Cuando el avión despegó para volver a Neuquén y el ruido quedó atrás, lo que quedó y permanece no es solo el recuerdo del Taj Mahal, las historias de independencia o del Ganges al amanecer, sino la certeza íntima de haber sido, por unas semanas, otra versión de una misma.
Más viajes con sentido
La idea es seguir viajando, pero no de cualquier manera: continuar con los viajes de bienestar, esos que mezclan ruta, retiro y paisaje. Los organizan desde Casa India Yoga, que lleva seis años de vida en Neuquén, junto con la agencia local, Scarlata Turismo, que aporta la estructura para que el sueño tome forma: pasajes, hoteles, logística.
“En septiembre volvemos a la India. También pensamos en Bali, Costa Rica y otros destinos para el 2027, combinando el turismo con el yoga, la espiritualidad con el descanso, el movimiento con la pausa. ‘Retiros para el alma’, como nos gusta decir”.
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