La historia de Orcaman, el hombre que convivió con las orcas de la Patagonia durante medio siglo
Juan Carlos López fue uno de los primeros en estudiar el varamiento intencional de las orcas en Península Valdés y convirtió esa pasión en una vida entera dedicada al mar.

Stan Waterman productor de cine submarino estadounidense, caminaba por Puerto Pirámides, con el sol todavía alto sobre el mar y el viento que corría desde la costa con ese olor a sal que se pega en la piel. Estaban ahí para filmar delfines, ballenas y lobos marinos y Juan Carlos López debía acompañarlos. No era un documentalista más, Juan Carlos seguía su trabajo y era de esa categoría de personas que parecen inalcanzables. “Lo admiraba muchísimo, no podía creer que iba a conocerlo”, dice hoy. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, uno de los argentinos del equipo los presentó.
—Lo miró a él, me miró a mí y dijo: ‘Juan Carlos López, Stan Waterman… Stan Waterman, Orcaman‘”.
Stan soltó una carcajada franca, de esas que se escuchan a varios metros. Después lo abrazó con tanta fuerza que casi lo levantó del piso. Desde ese día, el apodo quedó pegado a él como la sal en la piel y empezó a viajar entre documentalistas, fotógrafos y camarógrafos que llegaban a la Patagonia a ver aquello que él hacía años observaba desde la costa. “Al principio me incomodaba un poco, pero después lo acepté e incluso terminé poniéndolo en mi libro”, dice.
Orcaman, es el hombre que les puso nombre a las orcas de Península Valdés. El que pasó años aislado en Punta Norte mirando el mar con binoculares. El que se metió al agua con ellas para demostrar que no eran asesinas. El Director Proyecto Orca Patagonia-Antártida. El que entendió, antes que muchos científicos, que eran distintas.
En Puerto Madryn, cada 16 de marzo las mareas altas se convierten en una especie de ceremonia silenciosa para las orcas. Alguien vuelve a nombrarla y no hace falta decir mucho más. En Punta Norte Puerto Pirámides, alcanza con pronunciar ese nombre corto, Mel, casi íntimo, para que aparezca enseguida la imagen de una orca avanzar sobre la playa con varias toneladas de peso sobre el cuerpo, rozar la arena mojada para atrapar un cachorro de lobo marino y regresar al agua.
«La Semana de las Orcas comienza cada año a partir del 16 de marzo, porque ese día, en 2011, desapareció fué el último avistaje de esta orca emblemática de la Patagonia. Fue una orca a la que yo mismo le puse nombre”, dice Juan Carlos López, y sonríe apenas, como quien recuerda a alguien de la familia.
Juan Carlos, tiene 51 años de trabajo con orcas, la voz gastada de dar charlas y conferencias y con su memoria extraordinaria recuerda mareas, nombres, animales, documentales y escenas que ocurrieron hace décadas. Habla de Mel como si todavía pudiera verla aparecer entre las olas. “Cuando empecé a trabajar, en 1975, siendo guardafauna en Punta Norte, los primeros varamientos que vi eran los de Mel”, cuenta.
En aquel momento, sin embargo, Mel se llamaba Melanie. Juan Carlos le había puesto así, en honor a Bernardo y Melanie Gursky, dos asesores científicos de Estados Unidos. Estaba convencido de que se trataba de una hembra, porque la veía siempre junto a su hermano Bernardo, una orca mucho más grande, mayor. La aleta dorsal de Melanie era más pequeña, y estaba inclinada hacia atrás, algo que parecía indicar que era una hembra joven.
«Pasaron cinco o seis años y el animal empezó a crecer. La aleta dorsal comenzó a enderezarse y a volverse cada vez más alta. Algo no cerraba. Hasta que un día, frente a Punta Norte, la orca pasó panza arriba y vi la zona genital. Ahí me di cuenta de que era macho. Entonces Melanie quedó reducido a Mel”.
Mel fue una de las orcas más famosas del mundo. Y también fue, para Juan Carlos, una especie de compañero de ruta, un animal al que vio crecer, cazar, aprender y desaparecer. Hace casi seis años, él le pidió al gobierno de Chubut que hiciera algo en homenaje a las orcas. Finalmente se decidió declarar el 16 de marzo como el Día Provincial de la Orca. A partir de ahí se organiza una semana de actividades y se hace la apertura oficial de la temporada.
Pero la temporada real, la que importa de verdad, la que llena de ansiedad las pasarelas de Punta Norte y obliga a cientos de personas a pasar horas mirando el horizonte, sigue durante semanas. «Febrero, marzo y abril son los meses en que ocurre eso que convirtió a las orcas de Península Valdés en un fenómeno único en el mundo: el varamiento intencional», dice el hombre con orgullo.
En enero nacen los lobos marinos y durante varias semanas los cachorros permanecen cerca de la costa, todavía torpes, aprenden a moverse entre las olas, tantean el agua con una mezcla de miedo y curiosidad. Pero hacia marzo y abril empiezan a internarse un poco más, a nadar en grupos, a desplazarse por la orilla y a alejarse demasiado. Y entonces llegan las orcas.
La orca sale entera sobre la playa, con varias toneladas de peso avanza sobre la arena mojada y queda a centímetros del cachorro. A veces lo atrapa. A veces no. “Una vez vi una orca llevarse una hembra de elefante marino de casi 800 kilos, arrancándola de la playa a la fuerza. No ocurre en otras partes del mundo que las orcas se tiren sobre la playa y salgan con una presa. Cuando empecé a trabajar con ellas, creí que era una conducta normal. En 1975 no había celulares, internet ni computadoras, y en Argentina nadie estudiaba orcas, así que iba descubriendo todo solo”.
Cuando el mundo descubre el fenómeno
En 1979, viajó a una bienal internacional en Seattle, Estados Unidoa a presentar un trabajo sobre orcas y con absoluta naturalidad, mostró fotos del varamiento y supuso que todos los especialistas del mundo conocían ese comportamiento. Pero ocurrió lo contrario. “Se armó un revuelo enorme porque ninguno de los especialistas en mamíferos marinos había visto algo así. Me pidieron que publicara un trabajo científico y finalmente apareció en el Journal of Anatomy. Fue la primera vez que el mundo conoció, de manera formal, el comportamiento de varamiento intencional de las orcas de Patagonia. Fue un orgullo”.
Hoy Punta Norte ya no es aquel rincón remoto de hace medio siglo. Hay pasarelas más amplias, estacionamientos más grandes y días en que llegan más de mil personas. Los turistas bajan con cámaras colgadas al cuello, termos, binoculares y la esperanza de ver lo mismo que vieron en un documental.
La pregunta que le hacen se repite siempre: «¿A qué hora llegan las orcas?» Juan Carlos se ríe. «Las orcas no son un micro de excursión, no tienen horario. Hoy, los guardafaunas avisan enseguida cuando las ven, hay observadores distribuidos en distintos puntos de la costa que se comunican por handy. Lo importante es mirar la tabla de mareas y saber cuándo es la pleamar, tanto en Punta Norte como en Caleta Valdés. Hay que estar entre dos y tres horas antes de la marea alta y eso da una ventana de unas cinco horas. Después queda esperar y mirar».
Porque la percepción sobre estos animales cambió por completo. “Cuando yo empecé a trabajar con ellas, muchos me decían: ‘No, orcas no, porque son la famosa ballena asesina. Los turistas no van a venir’. Y hoy pasa exactamente lo contrario”. Ahora la promoción turística dice: “Vengan a ver orcas”.
Las defendió con su vida
“Durante décadas, la orca cargó con un nombre injusto. ‘Ballena asesina’. Pero no es una ballena, es un delfín. El más grande del mundo”. Juan Carlos pasó años explicándolo en escuelas, clubes de ciencia, auditorios, centros culturales y reservas naturales. “Está en la cúspide de la cadena alimentaria del mar, regula otras especies y cumple un rol tan importante como el de los tiburones”.
Y, con la pasión que lo caracteriza y una vida entera dedicada a estudiar cada detalle, Orcaman lo explica: «La mala fama nació por un error de traducción. Los vascos, que cazaban ballenas, veían cómo las orcas se acercaban a alimentarse de ejemplares heridos o moribundos. Entonces las llamaban “asesinas de ballenas”. Cuando esa expresión pasó al inglés quedó “killer whale” y después, en español, se tradujo literalmente como “ballena asesina”.
El daño ya estaba hecho. Por eso, durante años, Juan Carlos tuvo que derribar mitos, uno de los más persistentes era el miedo a que las orcas atacaran personas. “Los humanos no estamos dentro de su cultura de alimentación. Las crías aprenden de sus madres y de sus abuelas qué especies forman parte de la dieta. Pueden comer más de 200 especies diferentes, pero no personas”.
Nunca hubo un caso comprobado de una orca salvaje que se comiera a un ser humano. Y Orcaman vuelve a la historia, a los casos, a lo que estudió: «El único episodio reconocido científicamente ocurrió el 9 de septiembre de 1972, en California. Un surfista de 18 años estaba acostado sobre la tabla cuando sintió un golpe desde atrás. Después contó que vio “una boca enorme llena de dientes blancos”. La orca le mordió el muslo izquierdo, lo soltó y se fue.
Años después, Juan Carlos logró contactarlo por mail. Hans sobrevivió, le dieron cien puntos y siguió surfeando. La explicación es simple: desde abajo, una tabla de surf puede parecerse mucho a una foca. La historia está en su libro.
En 1989 la BBC llegó a Península Valdés para grabar una serie documental conducida por David Attenborough. El capítulo estaba dedicado a la alimentación y surgió una pregunta que parecía una locura. ¿Qué pasaría si un ser humano se metiera al agua cerca de las orcas, en plena zona de caza?
En busca de esa respuesta, Orcaman junto a Paul Atkins, camarógrafo y especialista en tiburones de Hawái decidieron bucear junta a ellas. Los dejaron desde un bote inflable entre dos loberías, en una zona de apenas tres o cuatro metros de profundidad. No había jaulas, ni había armas, ni protección especial.
“Esperamos, las orcas llegaron y pasaron a cuarenta centímetros. Nos miraron, dieron vueltas alrededor y siguieron viaje hacia la otra lobería. Jamás abrieron la boca, nunca intentaron tocarnos y siempre estuvieron muy cerca”. Hicieron esa experiencia cinco veces y siempre ocurrió lo mismo. Después de aquella filmación, muchos documentales dejaron de usar jaulas, armas y sistemas extremos para registrar orcas salvajes.
“Ver que una orca se pone a 40 centímetros de vos y te mira es algo imposible de olvidar”, Juan Carlos hace una pausa y agrega algo que suena más a confesión que a explicación científica. “Yo siempre pensé que, de la misma manera en que yo soñé con ese momento, por qué no pensar que ellas también soñaron conmigo bajo el agua”.
Durante años, Juan Carlos contó historias en escuelas, clubes, talleres y auditorios. Hasta que un día sonó el teléfono. Era Editorial Sudamericana. Querían proponerle que escribiera un libro. Él creyó que era una broma. “Que una editorial tan grande llamara a una persona que jamás había escrito un libro para decirle: ‘Si usted lo escribe, se lo publicamos’, era rarísimo”.
Le dieron nueve meses. Así nació “Orcas, entre el mito y la realidad”. Después llegaría una versión ampliada, revisada y mucho más personal: “Orcas: supremacía en el mar”. Más de 300 páginas, fotos, dibujos, historias, investigación y una vida entera dedicada a entender a un animal que todavía sigue generando asombro. El libro fue declarado de interés parlamentario por la Honorable Cámara de Diputados de la Nación.
Después de varios años, Juan Carlos fue convocado para trabajar en el Ecocentro Pampa Azul, en Puerto Madryn. “Me dijeron: ‘Te necesitamos acá’. Y yo les respondí que no me imaginaba encerrado bajo techo después de haber sido buzo, guardafauna y guardaparque”. Pero después le dijeron algo más: «Acá está Mel». Y entonces aceptó. Una réplica exacta, hecha en California, cuelga del techo como si todavía estuviera cazando. Tiene el tamaño real, la forma real y la aleta torcida. Pesa unos 600 kilos y parece estar suspendida en el aire, persiguiendo a un lobo marino.
Incluso después de jubilarse, Juan Carlos va al auditorio del Ecocentro para dar charlas. Frente a turistas, estudiantes o familias enteras, vuelve a explicar que las orcas no son ballenas, sino delfines; que no son asesinas, sino depredadores extraordinarios.
Con la jubilación los tiempos cambiaron y otra de sus pasiones volvió a ocupar un lugar importante en su vida: el dibujo. Juan Carlos había estudiado cinco años esa disciplina antes de llegar al sur, había trabajado como dibujante humorístico en la revista Hortensia, donde también publicaban figuras como Roberto Fontanarrosa. Hizo ilustraciones para medios locales, trabajos de publicidad y, ya de grande, encontró en el sumi-e una manera distinta de mirar y representar el mundo.
La técnica, nacida en China y llevada a Japón por monjes budistas, se trabaja con pinceles largos sostenidos de forma vertical, tinta china en barra y una piedra sobre la que se frota lentamente con unas gotas de agua hasta lograr la intensidad justa. Esa fascinación por lo oriental no solo aparece en la pintura. También lo acercó al budismo zen, a la meditación y a las artes marciales. Durante años fue maestro de iaidō y tuvo una escuela en Puerto Madryn, donde enseñaba una disciplina basada en la precisión, la concentración y el control del cuerpo.
Ahora, pasa horas dibujando naturaleza, árboles, montañas, paisajes o pájaros. Alguna vez hizo orcas para remeras o trabajos escolares, pero todavía no pintó ninguna en sumi-e. Quizás porque, después de tantos años viéndolas en el mar, todavía siente que no hay pincel capaz de capturar del todo la forma en que aparecen y desaparecen frente a la costa. Y entonces vuelve a hablar de Mel, de Punta Norte, de los lobos marinos, de la paciencia, del mar.
Porque algunas orcas no desaparecen del todo, siguen ahí, en una réplica suspendida del techo, en una fotografía vieja, en una marea alta de abril y en el instante exacto en que una sombra negra y blanca vuelve a salir del agua y toda la gente, por un segundo, deja de hablar.
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