Un gol de ballenas: la historia del fotógrafo que volvió a Puerto Pirámides para atrapar instantes
Simón Lazarte dejó su vida en Córdoba para regresar a Puerto Pirámides. Hoy vive detrás de la cámara, conoce los secretos del comportamiento de las ballenas y revela por qué Península Valdés ofrece algunos de los avistajes más extraordinarios del planeta.

El viento había obligado a cerrar el puerto de Puerto Pirámides y las embarcaciones permanecían amarradas. Los turistas esperaban que mejoraran las condiciones para volver al mar, mientras las ballenas hacían lo que mejor saben hacer: aparecer cuando quieren. Desde una ventana, Simón Lazarte observaba el agua hasta que una silueta inmensa rompió la superficie. Saltó una vez, después otra. Entonces, corrió a buscar una imagen que ya existía en su cabeza.
Con los años había aprendido que las ballenas tienen sus propios tiempos. Las observa desde chico y las fotografía desde hace décadas. “Las ballenas suelen repetir ciertos comportamientos. Sacan la cola una vez, dos veces o, si saltan, suelen hacerlo varias veces. Cuando vi que saltó una vez pensé: ‘Si salta una vez más, salgo a buscar la foto’. Corrí, el arco ya estaba ahí, lo tenía visto, me lo había imaginado así y salió esa imagen”, recuerda.
La fotografía quedó suspendida en el tiempo. La ballena parece atravesar un arco frente al mar. La tomó pocos días antes del comienzo del Mundial de futbol y, mientras el país vivía entre goles y festejos, la imagen comenzó a circular por las redes. También le enseñó algo sobre ese lugar. “A raíz de la foto apareció alguien que había trabajado en la producción de una película y me contó que esa estructura la habían instalado para un rodaje”.

La historia de ese arco, que en realidad nunca fue un arco, se remonta a La Nueva Francia, una película francesa que nunca llegó a terminarse y que relataba la historia de Orélie Antoine de Tounens, el francés que en el siglo XIX se proclamó rey de la Patagonia. Años más tarde, aquel rodaje inspiró La película del Rey (1986), de Carlos Sorín, y la estructura quedó en la segunda bajada de Pirámides como testigo de aquella filmación.
El propio arco
Como esos caños que permanecen frente al mar, Simón también tiene una historia anclada a estas playas. Vive de la fotografía desde hace más de diez años, aunque la cámara lo acompaña desde siempre. Estudió Periodismo y Letras en Córdoba, trabajó en radios, hizo fotografía institucional y durante años retrató al gobernador de esa provincia. Tenía una carrera consolidada, pero había algo que seguía llamándolo desde el otro extremo del país.
“Mi papá es fotógrafo de naturaleza, así que desde chico mamé eso. Siempre venía de vacaciones y aprovechaba todo el tiempo para ir a la playa y sacar fotos. Acumulé durante años las ganas de venir y quedarme más tiempo para hacer fotos de ballenas. Hace dos años renuncié al trabajo que tenía en Córdoba y me vine a vivir acá”, relata.
Volver a Puerto Pirámides no significó solamente cambiar de domicilio. Fue una forma de volver a una vida que, en realidad, nunca había dejado de imaginar. Después de tantos años fotografiando escenarios completamente distintos, el mar volvió a convertirse en la primera imagen de cada mañana. La política quedó lejos. En su lugar aparecieron las mareas, el viento, las nubes, las luces cambiantes de la costa y una rutina completamente distinta, donde ninguna jornada se parece a la anterior.

La decisión también implicó reinventarse. La fotografía seguía siendo el eje de su trabajo, pero el lenguaje había empezado a cambiar. Las redes sociales modificaron la forma de contar las historias y Simón entendió rápidamente que la naturaleza también podía narrarse en movimiento. «La idea era dedicarme a hacer fotos. Pero también descubrí el mundo del video. Empecé a hacer muchos videos y me encontré con que también funcionaban muy bien».
Puerto Pirámides le ofrece el escenario todos los días. «No solo es un lugar increíble para la fotografía de naturaleza, sino además es mi casa. Soy nacido y criado en la zona. Las ballenas vienen acá, nacen acá, vuelven todos los años, se reproducen en este golfo. Tienen este lugar como hogar».
Habla del hogar sin solemnidad, como si fuera una evidencia. Mientras conversa, resulta inevitable pensar que la historia de las ballenas también tiene algo de regreso. Cada invierno vuelven al mismo golfo para parir y criar a sus ballenatos antes de emprender nuevamente el largo viaje hacia las aguas australes. Simón, de algún modo, hizo lo mismo.
Ballenas y humanos
Hay un vínculo que los fotógrafos generan con los animales a través de los años. Ese vínculo, sin embargo, no nació cuando decidió mudarse definitivamente a la Patagonia. Venía creciendo desde mucho antes. «Desde que estaba en Córdoba empecé a soñar mucho con las ballenas. Soñar realmente, no solo imaginar despierto. Después venía acá y cuando veía las ballenas lloraba, y todavía me pasa. Hay momentos tan increíbles que a veces bajo la cámara un rato y simplemente lloro de la emoción».
Hace una pausa. Sí… tiene algo de magia.
La frase queda suspendida unos segundos, pero enseguida él mismo intenta ponerle un límite a esa idea. No quiere una mirada excesivamente romántica sobre la naturaleza. «A mí no me gusta romantizarlo tanto, porque en definitiva eso es algo que proyectamos nosotros. El animal tiene curiosidad, por ahí se acerca, te mira, pero no sé si es exactamente ese vínculo que nosotros imaginamos».
Hace pocos días recorrió la costa junto a una turista extranjera que visitaba Península Valdés por primera vez. Mientras observaban las ballenas desde la playa, ella le hizo una pregunta que escucha con frecuencia. «Me preguntaba si yo creía que las ballenas que estaban ahí nos reconocían, que se acercaban porque nos veían siempre».

La escena ocurría en El Doradillo, uno de los pocos lugares del mundo donde estos gigantes marinos pueden observarse desde la costa a muy pocos metros de distancia. Allí el fondo marino cae abruptamente y permite que las ballenas naden casi pegadas a la playa, mientras cientos de personas las contemplan. «Yo le decía que, para mí, nosotros somos como mosquitos para ellas, somos parte del paisaje. Este lugar existe desde hace millones de años, y las ballenas vienen acá desde muchísimo antes que nosotros. Ellas no vienen a vernos: simplemente estamos ahí».
Si alguien le pide que elija un lugar para descubrir ese universo, no duda, es ese, El Doradillo. Y tampoco duda con el horario: el amanecer. “Cuando sale el sol todo se vuelve naranja. El reflejo sobre el mar, las respiraciones de las ballenas, las gotas que quedan suspendidas después de un movimiento. Y cuanto más frío hace, más especial se vuelve. Así como una persona respira y se ve el vapor en el aire, con las ballenas pasa exactamente lo mismo”.
Por eso celebra cada visitante que llega a Península Valdés. “Me gusta mucho que venga la gente. Creo que cuando uno conoce un lugar como este y se enamora de la naturaleza, empieza a cuidarla más. Acá el turismo no es solamente una actividad económica. Hay mucho respeto por los animales y eso también se transmite”.
Mientras la temporada alta empieza a tomar impulso y las embarcaciones vuelven a salir completas, Simón hace lo mismo que aquella mañana en Puerto Pirámides: esperar. Porque en el mundo de las ballenas no hay horarios ni garantías. Solo paciencia y la certeza de que, cuando el mar decide regalar un instante único, hay que correr antes de que desaparezca para siempre.
Para seguir a Simón en redes:
Información para ir a ver las ballenas
Durante julio y agosto, el valor del avistaje embarcado es de 150.000 pesos para adultos y 75.000 pesos para niños de entre 4 y 12 años. Desde septiembre, cuando aumenta la presencia de madres con crías y crece la demanda turística, las tarifas pasan a 195.000 pesos para adultos y 97.500 pesos para menores.
A estos valores se debe sumar el ingreso al Área Natural Protegida Península Valdés. La entrada para residentes nacionales tiene un costo de 15.000 pesos, mientras que los niños de 6 a 11 años, jubilados y pensionados abonan 7.500 pesos.
Recomendaciones para el avistaje
- Quienes planeen realizar una excursión embarcada deberían evitar dejarla para el último día de su viaje, ya que las condiciones climáticas pueden obligar a suspender algunas salidas por viento fuerte o mal estado del mar.
- También se aconseja llegar con anticipación al horario de embarque, llevar protector solar, lentes de sol y ropa de abrigo o cortaviento.
- Una vez en la embarcación, es importante mantener el silencio si los animales se acercan y respetar siempre las indicaciones de los guías.
- Los aeropuertos más cercanos son el de Puerto Madryn y Trelew a 160km.
- $ 79.838 sale una noche con desayuno en Hotel Gran Madryn.

El viento había obligado a cerrar el puerto de Puerto Pirámides y las embarcaciones permanecían amarradas. Los turistas esperaban que mejoraran las condiciones para volver al mar, mientras las ballenas hacían lo que mejor saben hacer: aparecer cuando quieren. Desde una ventana, Simón Lazarte observaba el agua hasta que una silueta inmensa rompió la superficie. Saltó una vez, después otra. Entonces, corrió a buscar una imagen que ya existía en su cabeza.
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