Y dale alegría a mi corazón

mirando al sur

Hace casi un año publiqué esta nota. Ahí contaba, entre otras cosas, por qué me había decidido a cantar. La razón básica, casi excluyente: porque me hace feliz. Este año repetí la experiencia. Casi todos los martes, pasadas las 20, subía las escaleras hasta el living de Alina Gandini, en donde reina el hermoso piano que perteneció al gran Gerardo. Vocalizaciones con Maite Lanza y después, cada clase, una nueva canción. Pétalo de sal, Loco un poco, Sina, La rueda mágica, Grammercy Park; hasta Dancing Queen hicimos.

Otro gran motivo para seguir cantando tiene que ver con que es una actividad compartida con mi hermano Pedro. Él canta mucho mejor que yo, obviamente. Y es más inteligente. Por suerte, ese tema fue elaborado en terapia y sólo me queda disfrutar de su compañía y sus miradas cómplices durante las clases.

En 2016 anduve mucho, por muchos lados. Tuve esa clase de exposición que te convierte por pocos segundos en un conocido outlet, de esos que las personas creen que te cruzaron en el colegio o en la facultad, pero en realidad te vieron en algún medio o en alguna red social. En esos andares me crucé con esas personas y con otras, diferentes, unas que me decían: “Te conozco de Cantaloop”, “Voy a Cantaloop porque te leí”, “Mi hija te sigue en Twitter y me recomendó Cantaloop”. Esos minisegundos de fama me gustan, me sientan bien, me hacen sentir querida.

Este año fue intenso, decía, por diversas razones. Personales, profesionales, emocionales. Me permitió limpiar la agenda, despegar de alguna gente maliciosa y alimentar el alma con las y los que valen la pena. Ahí, entre los que alimentan el alma, quedaron Alina Gandiniy Valeria Lungarini.

A Valeria la conozco desde hace mucho, pero nos hicimos amigas cantando. Descubrimos que nos reímos de las mismas cosas, cualidad fundamental a la hora de sostener una amistad en el tiempo, y que no sufrimos por lo mismo; una herramienta muy útil a la hora de sostener a la otra. Una mirada con Alina o Valeria, y está todo dicho.

Casi con el arranque del año a Valeria le diagnosticaron Linfoma de Hodgkin. Y le indicaron 12 sesiones de quimioterapia. A la medicina tradicional, Valeria le sumó las sesiones de Cantaloop y una vez por mes, una cena con Alina y conmigo. Empezó como un “vamos a comer sushi” y terminó como un ritual en el que nos sentábamos en la misma mesa, pedíamos el mismo vino y los mismos rolls. Inclusive repetíamos el mismo paso de comedia: cuando Alina pedía que la acompañáramos a fumar, las dos respondíamos a coro: “No”. “Cenas terapéuticas”, las llamábamos. Para todas. Porque esa experiencia de catarsis colectiva que es Cantaloop se repetía, en escala, en esas cenas. En las clases de canto Alina hace salir las voces, aun las más tímidas, las desafinadas, las disfónicas. En el ritual posterior, entre las tres, hicimos salir los poderes de cada una.

Valeria terminó sus sesiones de quimio y en la última, el grupo de los martes fue a brindar con ella. Nosotras hicimos nuestro tímido brindis en el restaurante de siempre. Y esperamos los resultados. Mientras tanto, la energía de Cantaloop iba virando al nerviosismo de la muestra de fin de año. Un momento en el que se sube al escenario, se canta frente al público con banda de músicos de verdad. Hay mucho trabajo detrás de la muestra: somos muchos, es larga, todo tiene que funcionar. Once grupos que cantan entre 4 y 6 canciones cada uno, con oportunidad de cada alumno se luzca un ratito. Ahí está, en todo eso junto, de nuevo, la magia de Alina y Maite y la producción de Valeria.

De los once grupos, el mío era el último. El show empezó a las 20. Pasaban los cantantes y la cara era siempre la misma: feliz. A todos y cada uno podrían cambiarle la cara por el emoji de smile. Un poco por azar y otro poco por arbitrariedad, me tocó cantar un par de estrofas de la canción final de la muestra. Con Valeria y con Estefanía. Alina eligió Fue amor. La inmediatamente anterior era La rueda mágica. Las dos de Fito Páez que, además de gran artista, es gran amigo de Alina.

Eran más de las 12. Yo estaba cansada, casi no sentía los pies, me quería ir a mi casa pronto, a sacarme los zapatos y a dormir. Al final, subimos. Tenía tanto miedo de olvidarme la letra que me había anotado con birome en la palma de la mano el primer verso. Pasaron mis compañeros a cantar Dancing Queen, Inconsciente colectivo, Loco un poco, Himno de mi corazón y entonces sonaron los primeros acordes de La rueda mágica.

Entonces hicimos un pasillo imaginario para que pasara él. Se sentó al piano y empezó a tocar. Lo que se veía desde el escenario es difícil de describir: el asombro que se transforma en alegría. El pogo fantástico abajo y arriba.

Terminó La rueda mágica y empezaron los acordes de Fue amor. Cantó Estefanía. Y después me tocó: no me olvidé la letra pero, confieso, me costó mirar al público. Me tentaba mirar al pianista. Las últimas estrofas fueron para Valeria. Mientras ella cantaba y Fito tocaba el piano, Alina y yo derramamos algunas lágrimas. Festejamos que Cantaloop es una experiencia de felicidad, que cantamos con Fito Páez y que Valeria está curada. “Y ya verás, cómo se transforma el aire del lugar. Y ya verás, que no necesitaremos nada más.”

Además es una actividad compartida con mi hermano Pedro. Él canta mucho mejor que yo, obviamente. Y es más inteligente. Por suerte, ese tema fue elaborado en terapia .

Alina y yo derramamos algunas lágrimas. Festejamos que Cantaloop es una experiencia de felicidad, que cantamos con Fito Páez y que Valeria está curada.

Datos

Además es una actividad compartida con mi hermano Pedro. Él canta mucho mejor que yo, obviamente. Y es más inteligente. Por suerte, ese tema fue elaborado en terapia .
Alina y yo derramamos algunas lágrimas. Festejamos que Cantaloop es una experiencia de felicidad, que cantamos con Fito Páez y que Valeria está curada.

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