“¿Y si los candidatos piensan un poco en la gente?”
Cuando todos los días escucho a los “posibles” candidatos presidenciales hablar de futuro, de perspectivas económicas para los próximos años, de inclusión social, de educación, de salud, de drogodependencia, de alcohol… me gustaría poder preguntarles por qué no hablan de hambre, el flagelo más importante, cultivo de otros que se convierten de amigos en parientes de sangre en un instante una vez que esa maldita peste ingresó en el cuerpo y la mente de un ciudadano sin defensas. Hoy las escuelas de todo el país están al límite y por momentos los docentes no saben si dedicarle más tiempo a la enseñanza que a la comida que se elabora en el comedor. Los canales de tevé de todo el mundo tienen más programas de elaboración de comidas que de educación y quizá el resultado sea evidente pero no lo veo porque se trata de algo más normal que el viento o el agua, se trata de la necesidad de mostrarle a la gente que no hay hambre, de mentirle en la cara con platos que sólo se pueden comer en hoteles seis estrellas o en restaurantes de los lugares más lejanos a los bolsillos del común de la gente. Los comedores comunitarios que han nacido por la voluntad y el amor de gente muy humilde no dan abasto porque cada vez son más las familias enteras que se acercan para buscar aunque sea un plato de comida caliente, con hambre y angustia por haber perdido la dignidad al no contar con la posibilidad de hacerlo o producirlo en su propio hogar, el mismo que al caer en desgracia por la miseria que está golpeando a su puerta a toda hora ya ha dejado entrar por la ventana los vicios que harán irrecuperables las vidas, especialmente de adolescentes que no ven futuro y menos ejemplos a imitar pues basta con mirar a los estamentos superiores de la sociedad para comprender lo difícil que resulta convencerlos de las posibilidades de futuro que les aguardan. Razones obvias sobran para comprender el motivo de este crecimiento de los comedores pero basta con enumerar dos con las cuales tenemos un campo minado de frustraciones: la inflación y la falta de empleo. La primera destruye lo poco que gana un obrero “no calificado”, como lamentablemente son la mayoría de nuestros hermanos que están dentro de la escala de pobres por no haber tenido acceso a una instrucción como la ley manda, y el empleo, generalmente remunerado en negro (reconocido por el propio Indec). Ya no alcanza con un plan de los que entrega el Estado para ayudar a las familias. Sumado a ello, no podemos dejar guardado en el cajón de la desidia el informe que a diario presentan miles de médicos en todo el país sobre el deteriorado estado de salud que presenta la gente más humilde, porque la desnutrición trae consecuencias fatales y es uno de los casos que más se observan, no solamente en el interior del país, donde se está revirtiendo lentamente la situación y ese lugar lo están ocupando las grandes ciudades. Recuerdo como bonaerense nacido en La Plata que a mediados de la década del 90 la provincia de Buenos Aires ya tenía índices de pobreza, no en la cantidad actual, que golpeaban a muchos hogares y se implementó desde el gobierno un plan denominado “Vida” que estaba a cargo de vecinas, señoras cuya tarea era distribuir las raciones alimentarias que cada mañana llegaban a sus casas en cada “manzana” de su barrio y con las dosis que ya venían preparadas por nutricionistas, que aportaban una importante cantidad de nutrientes para disminuir en parte la posibilidad de futuros problemas. Claro está que cuando cambian los gobiernos en mi país los que vienen hacen todo lo contrario para que la gente se olvide del pasado aunque el presente sea borrascoso. Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Capioví – Misiones
Ricardo Bustos, DNI 7.788.556 Capioví – Misiones