Yendo de la cama al living: Yo entrevisté a Charly García

En abril de 2000, Mónica Reynoso entrevistó para RÍO NEGRO al músico en su departamento de la calle Coronel Díaz. En esta nota, la periodista recuerda aquella increíble experiencia desde dentro del universo García





Está amaneciendo en Buenos Aires, tenuemente arropada por una bruma de otoño. Sentada en los bancos inhóspitos del aeropuerto, confusa todavía, espero el vuelo que me regrese a casa. Para entretenerme un poco busco el diario “Clarín”. En la tapa, la noticia es tan impactante que al fin me despabila: Juan Gelman encontró a su nieta. Lagrimeo leyendo los detalles del final feliz y voy recobrando el sentido de realidad perdido. Vengo de una experiencia tan maravillosa que necesito contarla. Aquí, donde me ven, me dan ganas de decirles a las presencias fantasmagóricas que circulan por los pasillos vacíos del aeropuerto, aquí, donde no me ven, acabo de entrevistar a Charly García. Sí, señor. Sí, señora. En su mera casa de Coronel Díaz, sí. En su propia cama, si quieren saber más. Por un tiempo bromeé entre mis amigos con hacerme una tarjeta personal que dijera mi nombre y como única aclaración: “Entrevisté a Charly García”.

Me gustaría jactarme de mi buena fortuna, pero para llegar a esa entrevista no tuve más mérito que contar con una buena amiga, Anita Bonet, que por entonces frecuentaba a Charly diariamente. Desde que me ofreció la posibilidad de entrevistarlo hasta que salió la nota en RÍO NEGRO, la tapa del domingo 2 de abril del 2000, todo fue vértigo, incertidumbre, nervios. Hasta conocerlo. O mejor, hasta tenerlo enfrente, que es cuando el mito se corporiza de pies a cabeza, de cuerpo entero, respirando los dos el mismo aire al mismo tiempo. Se corporiza ante una, que ya no tiene 20 años, que viene de un diario del interior, se sabe todas sus canciones, tiene todos sus discos, anoche no durmió y está a punto de sufrir un acv. Encima el tipo trabaja para ser John Lennon, el summum del rock star system. En cambio ha tenido, para bien o para mal, el karma de vivir al sur y, como escribió Martín Rodríguez, “si pasás el Himno Nacional al revés suena Eiti Leda”.

Habían pasado apenas unos días desde el salto glorioso a la piscina desde el noveno piso de un hotel en Mendoza. Antes de tirarse a la pileta había discutido con la policía y antes de la proeza acuática y de la discusión con la policía había la denuncia de una mujer y así de seguido. Los medios, golosos, le contaban los días de sobrevida. Concertada la entrevista, viajé a Buenos Aires ignorando si se haría y en qué términos. Por las dudas, el diario reservó un hotel donde esperar la cita. Eran épocas en las que Charly frustraba producciones fotográficas de revistas famosas, dormía casi nada una semana y una semana entera después. Pero finalmente la cita no falló, se hizo en día y hora acordados, con el hombre más alto, más hermoso y más relajado que pude tratar. Veintiún años después, me emociona todavía haber mirado a esos profundos ojos marrones, de una belleza animal, inquietante.

En aquel año 2000, Charly García se tiró a una pileta desde el noveno piso del Hotel Aconcagua de Mendoza.

Con casete inserto en grabador listo para grabar, provisión de varios casetes, pilas suficientes para un día entero de conversación, dos atados de cigarrillos, cuaderno y mente en blanco, a la espera más de sorpresas que de susto, pasado el mediodía me encaminé hasta la esquina famosísima de Coronel Díaz y Santa Fe, donde por entonces los pibitos y las pibitas que iban o venían de clases hacían un alto para vivar al maestro y cantar sus canciones. A veces el maestro los invitaba a subir a su departamento, los hacía escuchar algo que estaba componiendo, les convidaba un cacho de paraíso. Me estacioné en el bar de la esquina, siguiendo instrucciones telefónicas de Anita Bonet, que desde el séptimo piso me mantenía informada. Y me tranquilizaba. No puedo recordar si esperé mucho o poco. El tiempo es una dimensión subjetiva y más en esa circunstancia especialísima. De pronto Anita bajó a buscarme al bar, compró un pack de Cocas para Charly y partimos. La suerte estaba echada. Como Charly en el colchón.

Digresión. En estos días enamorados de Charly (se me hace que nadie imaginó que llegaría a los setenta) Ana Bonet recuerda aquellos días, cuando lo conoció, ella estudianta de cine, él dándole su primer trabajo, la producción de una intervención con obras plásticas de Charly llamada “La casa de la pasión”. Recuerda enternecida y agradecida los años sucesivos y los presentes, cuando todos estamos bastante más grandes y hemos aprendido algunas cosas. Como enredarnos en estas serpentinas de fiesta y abrazarnos mucho por el gusto nomás de estar vivos, vivas. Fin de la digresión.

Esquina conocida. Puerta con rejas conocida. Ascensor y puerta de departamento pintadas con garabatos ¡también conocidos! Este piano tuneado en plata ¿dónde lo vi antes? ¿Es que estuve antes aquí? Tan familiar es el entrevistado, nuestra relación es tan de antes, y tan entrañable. Si no hemos hecho más que extender las manos para recibir gozosos el amasijo perdurable de su talento en letra y música, arte exquisito y popular… ¿cómo no intimar? El flaco que nos recibe tendido en un colchón tirado en el piso (la cama se rompió) y tiende graciosamente una mano para saludar, mano que estrecho, aclaro, con la conciencia plena de estar ante algo muy importante en mi vida, este señor despatarrado y lánguido no nos invita a sentarnos. El espacio donde estamos, su dormitorio, carece de muebles, si se descuentan sintetizadores, cables y parlantes, de modo que el fotógrafo se tira al piso como puede y desde ahí no dejará de disparar clics (modernos) tras clics, mientras yo querría haber traído ropa más cómoda y no esta pollera, no obstante la cual me siento sobre el colchón, a la derecha del artista imperturbable. Escucha y toma Coca, responde volviéndose para mirarme, juguetea con los cables que penden sobre la cabecera, es atento y amable. Contra mis temores, no me cuesta charlar con él. Sólo un incidente minúsculo afecta la fluidez del diálogo. Fumo, fumamos, por ahí me pide uno. En la habitación despojada de todo no hay ceniceros y hemos venido tirando la ceniza en la alfombra raída y con marcas de otras colillas. Pero de pronto Charly se pone de pie, interrumpe la charla y anuncia: “Esperá que te voy a buscar un cenicero”. No recuerdo si el gesto, casi una queja, me incomodó o si más bien me pareció gracioso, dado el contexto. Otra de sus bromas quizás.

La primera pregunta que le hice fue si sabía cuánto se lo quería. Él respondió: “Sí, claro, me siento querido y lo agradezco. Pero trabajé para eso. Y sigo”. Pasado el tiempo, la memoria se va estirando hasta esos días finales de marzo de 2000. Tengo presentes cierta luz retaceada en un departamento semivacío, los ruidos de la calle trepando hasta el oído absoluto, un hombre alto y tierno, una conversación cálida, unos ojos redondos y voraces, la gratitud eterna por el encuentro con alguien que ha sido nuestra máquina de hacer feliz, el que desapareció los dinosaurios, el que no eligió este mundo pero aprendió a querer, el que invita a cantar de nuevo una vez más. Ahora que hay tanto revuelo por el número increíble de años que ese cuerpito aguantó pienso que todavía estoy a tiempo de imprimirme esa tarjeta de presentación.

Mónica Reynoso


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