Luis Eduardo Aute, un artista de mil caras que canta en Neuquén
Un hombre a varias puntas en el amor y el arte.Un rebelde que desde chico buscó expresar su sentir.Infiel por adicción, fiel por consumación.
«Y total si le saco el bañador, puedo atraparla desnuda».
El arte todo lo puede y un retratista «copista», saca donde sobra y pone donde falta. Así fue que Luis Eduardo Aute, cuando «adolescía» en su Manila natal, se las tomó nada menos que con Marilyn Monroe y recreando una foto de la bella, en la película «Niágara», le quitó los calzones y se llevó la pintura al colegio de curas donde estudiaba.
Fue sin querer, parece que el retratito en cuestión quedó atrapado entre las hojas de un libro de Geografía. Por casualidad también les llegó a todos los muchachones del curso. Jaleo. Revuelo. Escándalo al fin. Y la tacha: «Inmoral».
Descubierto que fuera el autor Aute, los curas pusieron el grito en el cielo. Y por escasos centímetros se salvó de un patadón en el turgente trasero púber. No hubo forma de explicarles que el candoroso Luis (10 añitos), había descubierto sin traumatismo y al mismo tiempo, las formas de mujer y a la vez ingresado al cine -dos de sus grandes pasiones- por la puerta grande: el mito mayor, la blonda Marilyn.
¿Ocurrieron así las cosas? Más o menos, sí.
Pero antes de adolescente, nació -elemental- efectivamente en Manila, capital de Filipinas, en setiembre de 1943 y le pusieron por nombre Luis. Esa anécdota entre festiva y dramática con los curas, lo encontró con no menos de cinco años de actividad en la pintura. El chico era prematuro.
Es que ya «a los cinco años comienza a hacer retratos bastante rigurosos y con cierto ingenio» entre sus más allegados, sus familiares. A partir de entonces decide que va a ser pintor, vocación que no lo abandonaría nunca. Entonces sus padres en Filipinas lo mandan a una escuela «respetable, que como es de suponer se trata del de la Salle Collage, con dedicación excluyente en un idioma, el inglés». De allí que desde crío se le armó un lío, pero se defendió a tres uñas: hablaba inglés en la escuela, castellano en su casa y tágalo -un dialecto filipino- con los chicos del barrio.
Manzana podrida
Prodigio tal vez, inquieto y creativo con seguridad, se animó a casi todo y ya no desertó de sus elecciones. Primero la pintura, años más el cine, luego la literatura, un poco después la música.
El arte y Dios, en esta primera etapa, lo rondan. Más el flaco sale disparado con cualquier atorranteada.
«Una de mis alegrías fue la filmadora que me regalaron mis padres». A los 9 años descubre «La ley del silencio», una película que lo dejó marcado en sus gustos. Al mismo tiempo comienza a escribir sus primeros poemas en inglés. Pero llega el tiempo del desgaje. A los 11 años, se va a España y es tan fuerte ese acontecimiento que no lo olvida. Fue «el mismo día que estrenaban en Manila «Al este del Edén».
En España ingresa al colegio Nuestra Señora de las Maravillas, un centro, según dice muy represivo. No pudieron hacer maravillas con él. «No era un chico tímido, por el contrario en el comedor contaba chistes verdes y se me calificó de «manzana podrida». Allí se siente desplazado por sus compañeros, «no sólo por mi altura, sino porque a los demás les gustaba el fútbol y a mí la pintura. Me llevaba mejor con la gente mayor y los que cursaban los estudios superiores».
En esa época la música no ocupa un lugar importante, ni tampoco muestra demasiado interés por ella. Lo habitual era que en su casa se oyera música clásica todo el día. El rock, cuando se le aparece, será fulminante.
Como hecho más lejano de este costado dulce de su existencia ¿qué recordará? En 1954, ni bien pusieron pie en nueva tierra, «en el hotel Avenida de Madrid había una orquestita que actuaba por las noches». El pequeño bajaba a escucharla, se mezclaba con los músicos y les cantaba alguna canción en inglés. ¿O fue aún más remoto, aquella otra vez, cuando en su primera comunión alguien tocaba en una orquesta «Las hojas muertas»?. Quizás, lo cierto fue que a esa canción se la sabía muy bien y le pidieron que la cantase. «Aquella fue mi primera actuación en público».
Amante infiel
Pero amante infiel, va y viene de unos brazos a otros abrazos.
Entre los 15 y 16, etapa importante en su vida, se vuelca con fruición al cine y la televisión. Pero no contaba con una argucia del destino.
Elvis Presley fulgura en su horizonte. Luisito se da vuelta, mira al padre y a la madre y le pide una guitarra. Ahí nomás, con dos compañeros forman un trío.
Veletea Luis. A la par se encuentra influido por el impresionismo alemán de Oskar Kokoschka especialmente. Se presenta en el II Certamen Juvenil de Arte donde obtiene la medalla de plata y a los 16 años realiza su primera muestra en la galería Alcón, de Madrid.
Otra vuelta. Va a ver seis veces el filme «Al este del Edén». Se apasiona y gira. Hace música con placer en «Los Tigres» y «Los Sonor». «Tan para divertirnos lo hacíamos que duramos dos meses».
Un giro de rosca. Entre 1958 al «61, escribe primero un cuento policial en cinco folios y poemas. Junta tanto que manda a encuadernar un grueso libro: «Los estertores».
Y un parate fuerte. Sus padres se separan y el muchacho se encierra a pintar hasta 1962, año de su segunda expo en Madrid. En la universidad quiere estudiar Arquitectura, pero abandona y se va a París con el dinero de unas pocas pinturas vendidas. Realizando cuadros se las arregla y además del cine francés hace dos descubrimientos. 1): al Nietzsche, cuya obra «Más allá del bien y del mal» lo impacta. 2): al poeta surrealista y primer marido de Gala Dalí, Paul Eduard, «autor que será importante en mi vida», (como en la música será Jacques Brel que me «sorprende de un modo especial»).
Siempre en el mundo de las influencias, y de los amores rotundos como Bob Dylan, también el filipino se inclina a dos puntas. Esto le sucederá cuando se siente atraído por la producción de Peter Gabriel, a quien le dedicará el ya conocido «Dear Peter» y al inconmensurable escritor Ernest Hemingway, para éste será un regalo gustoso en el tema «Hemingway delira».
Decíamos que Aute es infiel. O fiel en demasía. Hacia los 20 años, un tío que trabajaba como director de cásting en una película, le ofrece el trabajo de ayudante de dirección e intérprete de inglés, francés, español.
Así como le sucedió con Marilyn y el cine, su primer metejón amoroso, tuvo igual dupla. El filme «Une femme est une femme» de Godart lo enamora de Ana Karina. Cuando se entera que ella rodaría dirigida por Maurice Ronet en Barcelona, se ofrece a la productora como «Meritorio de producción». Se conocen y «nos hicimos amigos». ¿Amor? No amor. No.
Le llega después con Maritchu, la chica que conoció la Nochevieja del «62 y se casó dos años más tarde y con quien concibió en el 70 a Pablo, aquel que escribió «las alas del agua vuelan por los ríos de Albanta». ¿Amor eterno? No. Como el arte: muchas caras.
Beatriz Sciutto
(Recreación inspirada en el libro «Luis Eduardo Aute», de J.M.Plaza
"Y total si le saco el bañador, puedo atraparla desnuda".
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