Puede morirse la única orca en cautiverio que hay en la Argentina

Kshamenk es estrella de Mundo Marino, pero sufre estrés.

SAN CLEMENTE DEL TUYU (Enviados especiales).- Cuatro delfines y una orca se mueven inquietos en un estanque breve. Parecen a punto de chocar, pero no se tocan. Sus movimientos son precisos, a pesar del desorden que provoca la estrechez.

La orca muestra su cabeza, abre la boca y captura un trozo de pescado que le lanza el entrenador. Cuando asoma, el animal descubre sus manchones blancos y una esculpida hilera de dientes triangulares. Impacta. La dentadura explica muchas cosas sobre esta especie, dueña y señora de todos los mares. Los ¡oh! de los grandes y el ¡mirá! de los pibes estallan en el estadio que hace de mar. Entonces, el cetáceo de ojos ausentes expulsa el agua, exhibe sus formas de perfecto inflable e intenta desaparecer. No lo logra: su negra aleta dorsal asoma a la superficie, doblada como un arco.

La curva extremidad es un grito de auxilio, una clara advertencia del riesgo de muerte que gira sobre este animal, el único ejemplar de orca en cautiverio que hay en la Argentina.

Kshamenk, una orca macho de 16 años, es la estrella del oceanario Mundo Marino y sobre su lomo, oscuro y brillante, crece y se expande una polémica que largamente excede a nuestro país. Se habla de miles de dólares, de negocios, de ciencia… Mientras el debate sube de tono y las presiones aumentan, hay una coincidencia unánime: Kshamenk puede morir. En estado natural, la orca tendría una expectativa de vida de entre 50 y 60 años. En cautiverio, las posibilidades están por debajo de la mitad de esa cifra.

«La aleta caída es un signo inequívoco de la depresión y estrés que la afectan. Además, hace tiempo que no abre los ojos, puede ser por el exceso de cloro de la piscina o la abundante luz o por ambas cosas a la vez. Todavía hay posibilidades de que viva. Kshamenk (orca, en lengua ona) tiene que ser liberada o por lo menos 'jubilarla', evitar que actúe», reclama Gabriela Bellazzi, la presidenta de la Fundación Tierra Salvaje (WEF). Desde hace cinco años, la organización que preside está peleando para lograr la liberación de la orca, que en 2000 a punto estuvo de ser trasladada a un oceanario de Estados Unidos, por decisión de José «Pepe» Méndez, uno de los dueños de Mundo Marino. La movida, frenada por la Justicia, desató una tormenta y hasta se pone en duda cuál es el origen del cautiverio de Kshamenk.

La historia oficial dice que el 19 de noviembre de 1992 e animal y su manada ingresaron a la bahía Samborombón con la marea alta. Allí, en bajamar, quedó atrapada en el sedimento barroso. En San Clemente del Tuyú, el Río de la Plata se hermana con el mar y ambos se las ingenian para confundir y atrapar a la fauna marina, desde pingüinos hasta orcas, aseguran. Tuyú significa barro, precisamente, y así se explica en parte el origen de Mundo Marino, una enorme obra parida a puro esfuerzo por don David Méndez, el padre de Pepe.

El ejemplar juvenil -sigue esa historia- fue detectado por el equipo de rescate de Mundo Marino, que sólo pudo llegar al lugar caminando. Kshamenk había quedado atrapado en una explanada de sólo 20 centímetros de agua, aunque no hay documentos de semejante maniobra. La orca fue entonces atendida y trasladada a las piscinas del parque oceánico, donde se logró su recuperación. Pero cuando se esperaba la devolución a su hábitat, se la sometió a un proceso de entrenamiento y se la incorporó a los muy logrados shows de Mundo Marino, una las ofertas fuertes para el turismo de la costa.

La otra historia dice que la orca fue obligada a varar, arreada por un par de barcos dotados de una red. Quizás nunca se sepa la verdad.

En el oceanario, durante ocho años, Kshamenk tuvo como compañera a Belén, la hasta entonces «orca estrella» de Mundo Marino. Cuando alcanzó la madurez sexual, Kshamenk preñó a Belén, en 1997. La convivencia terminó con una doble tragedia. Tras 16 meses de embarazo, Belén dio a luz un cachorro muerto y -probablemente- las complicaciones del parto interrumpido arrastraron a la madre. En febrero de 2000, una severa infección renal terminó con la vida de la estrella. Mucho antes, Belén ya no participaba de los espectáculos. De su estado poco se sabía, y menos se informaba.

La especialista del Conicet Marcela Junín cree que la infección renal que provocó el deceso «pudo haber derivado del parto fallido, probablemente un resto de placenta», especuló. Para la fundación Tierra Salvaje, la clave estaría en la deficiencia del equipo que enfría el agua que habría provocado que la pileta de las orcas levantara demasiada temperatura. Con ello, el agua caliente «transformó el tanque en una trampa mortal, un caldo de cultivo de enfermedades que posiblemente causaron la muerte de Belén».

Legalmente, Kshamenk es un bien público y para los ambientalistas debe ser liberada o ubicada en semicautiverio, pero en Argentina. Por ahora, el reconocimiento de bien público es avalado por la Justicia, que frenó el traslado del animal.

Tierra Salvaje y la fundación Fauna Argentina sospechan que el préstamo por 15 años es, en realidad, una venta por algo más de un millón y medio de dólares. De hecho, es poco probable que la orca llegue a los 31 años. Méndez enfurece cuando se le pregunta si ha plata de por medio.

«Usted me ofende cuando habla de dinero», le marcó a uno de los enviados de este diario cuando se le consultó sobre el tema. El ejecutivo -que maneja un complejo valuado en más de diez millones de dólares- explica que sólo quiere salvarle la vida Kshamenk, «que no puede volver a su hábitat natural porque moriría en el intento».

– ¿Qué pasa si se queda?

– Se va a morir acá -respondió.

Méndez tiene un aval. La liberación de Keiko (la orca que se hizo famosa con la película «Liberen a Willy») demandó más de veinte millones de dólares. Y el animal falleció. «De hambre se murió, porque no sabía cazar ¿cuántas especies en riesgo de extinción se podrían haber salvado?», denuncia y dispara.

El hombre fuerte de San Clemente del Tuyú, quien no se aparta de la corrección aun cuando ataca, explica que el gran problema de Kshamenk es en la necesidad de estar con una hembra de su especie y con crudeza describe los fallidos intentos sexuales del animal con una hembra delfín, a la que triplica en tamaño. Añade que el freno a la exportación de Kshamenk es otra muestra del retraso argentino. En un reputado oceanario de Ohio -remarca en alusión a Six Flags- desde hace dos años, una orca hembra espera al macho argentino. Se llama Shouka y es francesa.

Por estos días, la fabulosa criatura, de seis metros de largo y algo más de tres toneladas de peso, se niega a actuar en los shows del fantástico complejo, como si estuviera en espera.

 

Sigue el show

 

Brillan los delfines en el oceanario bonaerense. Se elevan, se mueven con la velocidad de un bólido, reciben su premio de mano de los entrenadores y van por más. El show es impactante y ellos, los delfines, hasta parecen sonreír. Se corre la reja, ingresa Kshamenk a la piscina central. La presentan y se pone cara al público, que delira. Le faltan los dientes incisivos, gastados. Su cuerpo perfectamente aerodinámico parece sintético. Dan ganas de tocarla. Hay otros movimientos mínimos, sin saltos ni piruetas.

Después, Kshamenk mueve la cabeza en negativa y afirmativa. Al fin, anuncian que la orca va a cantar con los delfines. Lo hace. No es un canto, más bien parece un lamento agudo, inquietante. El sonido es, en realidad, un silbido: las orcas tienen pulmones aunque carecen de cuerdas vocales. Retumba el clap clap de los aplausos pero Kshamenk se empaca, no quiere hacer más. El entrenador intenta dar órdenes. No hay caso. El espectáculo tiene un freno, pero sigue, siempre sigue. Kshamenk se va. Por las aguas agitadas, su aleta doblada se aleja en derrota.

«Si tiene que morir que sea con las botas puestas, hay que liberarla», sostiene Julio Lorenzani, de la fundación Fauna Argentina de Mar del Plata. El y su hermano Juan están reclamando la liberación de la orca y creen que el sur argentino es un buen destino. Hay una propuesta del gobierno de Chubut, ahora en duda, y otra de Río Negro, que parece avanzar.

– ¿La liberación de Keiko fue un fracaso?

-Según cómo se lo mire, se gastó mucho dinero ¿pero cuánto más sabemos a partir de esa experiencia? ¿cuántos errores no se van a repetir?», responden y preguntan los hermanos, sintonizados. Los Lorenzani están convencidos de que la orca no se va a marchar gratis, que hay un acuerdo económico, y se preguntan por qué en Argentina «el tema no está instalado». Curiosa paradoja para Juan y Julio: son los representantes de una fábrica de cadenas. Kshamenk está cada vez peor, coinciden.

Río Negro tiene una propuesta que, tal vez por novedosa, resulta difícil de catalogar. Consiste, básicamente, en darle a la orca una semilibertad hasta tanto recupere su instinto cazador. El tránsito a la libertad tendría como escenario a Caleta de los Loros, a unos 80 kilómetros de San Antonio. La caleta es un como una cabeza de hongo de unos cinco kilómetros de diámetro que se hunde en el mapa de la provincia de Río Negro. Allí, Kshamenk estaría dentro de un enrejado de 200 por 800 metros que bajaría y subiría al ritmo de la mareas. El legislador radical José Luis Rodríguez le dio forma al proyecto, que tiene un aval de Paul Stong, uno de los mayores especialistas en orcas. Stong reclama la liberación de las 48 orcas en cautiverio que hay en el mundo y cree que Kshamenk es la candidata ideal para el proyecto.

¿El dinero? Dos millones de dólares que aportaría la fundación Free Willy Keiko, que iría por la revancha. La obra, está claro, significaría un fenomenal impulso turístico para Río Negro.

Los días siguen corriendo y Kshamenk sigue anclada en un hábitat que le queda chico. Para darle contención mediana habría que duplicar el tamaño del estanque y para ello invertir una suma varias veces millonaria. Aún así no se puede asegurar que sobreviva. Hay muchos síntomas de que Kshamenk ya no soporta el cloro de la piscina y no hay forma de eliminar el químico. La orca come entre 90 y 100 kilos de pescado por día y defeca en proporción. De no haber cloro, el agua del sitio que comparte con los delfines se volvería en una trampa de bacterias.

Si fuera a Estados Unidos, es posible que se cierre el círculo y que procree con Shouka, pero también pueden llegar a ignorarse: las orcas son animales comunitarios y viven en manadas que se manejan con un mismo dialecto. El líder es siempre la orca más vieja. En el mar, frente a frente, dos manadas pueden desentenderse.

En semicautiverio, en Península Valdés o Caleta de los Loros, quizá nunca se acostumbre a cazar. Tal vez tampoco detecte a su manada y, si la encuentra, es posible que las demás orcas no la acepten.

En contra tiene los 13 años que lleva encerrada. A favor, su grandísima inteligencia, contenida en un cerebro cuatro veces más grande que el humano.

Cierra el show en el Estadio del Mar, el plantel de delfines gira y saluda, incluso con sus entrenadores encima. La orca de la aleta curva -que en su estado natural podría merendarse a un tiburón- se hunde en la pileta del fondo, escapando a la luz plena de la mediatarde.

 

Rodolfo Chávez

y Adolfo Ruiz

Mucho más que un complejo

SAN CLEMENTE DEL TUYU.- Para esta localidad balnearia, el complejo Mundo Marino es tan importante como el propio océano. Y son los Méndez los vecinos más respetados del pueblo que todos los veranos estalla con el ir y venir de turistas de la costa bonaerense. Desde Mar del Plata -ubicada a 210 kilómetros- hasta las selectas Pinamar y Cariló, todas las ciudades ofrecen entre sus atractivos una visita al oceanario que se ubica junto al puerto, donde anclan los barcos pesqueros de Mundo Marino.

San Clemente hizo de su defecto una virtud. ¿Cómo es esto? Al estar hermanada a la desembocadura del Río de la Plata, sus aguas son oscuras y el oleaje atenuado. Así, hasta la arena es diferente en sus playas. Es por eso que las aves y los mamíferos marinos, sobre todos los lobos, más de una vez cayeron en las trampas del embrollo de un mar que no es tal y de un río indefinible. Así, desde el camping que don David Méndez y su familia tenían en cercanías del puerto comenzó a perfilarse el oceanario, el más importante de Sudamérica y el único que tiene un orca. Los Méndez domaron una zona pantanosa, frenaron el avance de las dunas y -desde muy abajo- construyeron un pequeño imperio que es el orgullo y la marca registrada de la localidad. David es casi un prócer, tiene 95 años y vive frente a Mundo Marino, un complejo que es mucho más que el show de los cetáceos. Hay musicales, excursiones por los pantanos, visitas a un zoológico, charlas educativas, exposiciones, restoranes, laberintos, castillos, y hasta un cine. Las puertas se abren a las 10 y se cierran a las 6. En verano todos los días y en invierno los fines de semana. Si bien sus empleados son 360, el efecto derrame beneficia a todo el pueblo; está bien claro.

Nota asociada: ¿Mucho dinero en juego por Kshamenk?  

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