El peor momento para el peor momento
El Gobierno resolvió anticipar un default diplomático en medio de las negociaciones en la que dice buscar una salida al default con el principal organismo de créditos.
La invasión violenta de Rusia a Ucrania clausuró, de la peor manera, las dudas sobre el mundo que alumbraría tras el par de años distópicos de la pandemia. Los problemas de gobernanza que quedaron en evidencia durante el desmanejo global de la peste presagiaban nubes negras para aquello que se anunciaba como la nueva normalidad.
Un autócrata implacable, Vladimir Putin, notificó al mundo la novedad: la nueva normalidad habrá de parecerse al mundo de los antiguos miedos. Avanzó con tanques y misiles sobre las promesas fallidas del mundo multipolar. A golpes de metralla reinstaló dos polos: el de la sociedad abierta y sus enemigos.
Argentina quedó envuelta en ese torbellino en su peor momento. En medio de una crisis que le es propia y que su sistema político no ha podido procesar aún, pese a los crujidos indetenibles de su tejido social. El mundo nunca se detuvo a esperar. Ahora le entrega al país su peor momento, para el peor momento.
Todas las advertencias hechas a los gobernantes, las leales certeras -y las desleales, pero certeras también- ya son profecía cumplida. No convenía dilatar en el tiempo la construcción consensual de las soluciones.
La responsabilidad del gobierno de Alberto y Cristina Fernández en ese entuerto es insoslayable. El listado de torpezas y caprichos compartidos para poner al país en situación desesperante es interminable y está lejos de justificarse -como-intentan simular- en convicciones ideológicas.
La más inmediata evidencia de esa disfunción es la política exterior en la que ambos embarcaron al país. Argentina quedó alineada junto a un grupo de marginales violentos y enfrentada a quienes en el mundo reclaman la mínima racionalidad de una convivencia pacífica.
La conducción del FMI está admitiendo un acuerdo sin demandar reformas estructurales porque sabe que el actual Gobierno lo incumpliría desde el día cero.
Allí está el país atrincherado junto a Rusia, Cuba, Venezuela y Nicaragua, justificando entre eufemismos y omisiones la invasión y la muerte. Ni China se animó a explicitar sus solidaridades tan lejos. No lo necesita: es el valedor global de la nueva bipolaridad que Putin ejecuta.
Si se pone este grave extravío en la perspectiva de la urgencia de la coyuntura argentina, que es la necesidad de acordar con el Fondo Monetario una salida al estrangulamiento de las cuentas externas, lo que se obtiene es una imagen que aflige: el Gobierno resolvió anticipar un default diplomático en medio de las negociaciones en la que dice buscar una salida al default con el principal organismo de créditos.
El Gobierno llegará a la apertura de sesiones con los papeles del acuerdo que anunció con entusiasmo aún en borrador. Pide el acompañamiento del Parlamento para legitimar la toma de un nuevo empréstito que reconfigure al anterior. No hay señales claras de las condiciones que se compromete a adoptar, porque no tiene ni siquiera el consenso interno para definirlas.
En el núcleo de esta improvisación hay un conflicto que excede las diferencias explícitas entre Cristina Kirchner y la Casa Rosada. La conducción del FMI está admitiendo un acuerdo sin demandar reformas estructurales porque sabe que el actual Gobierno lo incumpliría desde el día cero. Más bien propone, no sin críticas internas, un acuerdo que impida el derrumbe completo de la economía argentina.
Cristina no quiere esa propuesta, sino una que le garantice condiciones económicas competitivas para la extensión de su proyecto político más allá de ese horizonte. En esa contradicción dramática entre la supervivencia del país y su propia perpetuación, yace la extorsión a la que tiene sometida no sólo a su coalición, sino al sistema partidario.
Alberto Fernández nunca tuvo la intención -tampoco la altura- para sacarse esa soga del cuello. La oposición tampoco alcanza a señalarla con claridad. Desde su triunfo tuvo más experiencias significativas de fragmentación que de acumulación consistente. Como si el tamaño de la crisis fuese a aminorar con el anuncio cotidiano de flamantes interbloques y mesas asamblearias para la toma de decisión.
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La invasión violenta de Rusia a Ucrania clausuró, de la peor manera, las dudas sobre el mundo que alumbraría tras el par de años distópicos de la pandemia. Los problemas de gobernanza que quedaron en evidencia durante el desmanejo global de la peste presagiaban nubes negras para aquello que se anunciaba como la nueva normalidad.
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