¿Al Santoral o a los obituarios?
Por Susana Mazza Ramos
Hace pocos días se recordó a los santos y a los muertos. Al respecto, cabe preguntarse si no es hora de ingresar al Santoral nuevos «santos», esos que a veces pasan inadvertidos, porque son mujeres y hombres de la calle, sin títulos académicos ni prestigiosos pergaminos, pero con el sufrimiento, la solidaridad y el coraje siempre a cuestas.
Aceptamos hacerlo, y entonces aparece claramente Juan F., padre de cuatro hijos, trabajador en una fábrica metalúrgica hasta hace 5 años atrás, que con diecinueve años de servicios fue despedido por la temida «racionalización de recursos» que implementó la multinacional que compró la empresa y que deambula diariamente en busca de trabajo, pero sin suerte.
Surge también la imagen de Silvana M., abnegada docente de escuela primaria, madre postiza de cientos de hábiles futbolistas de potrero, ávidos de cuentos y fantasías, golosos ante la única taza de leche que probarán en el día, pollitos temerosos de la dura vida que les ha tocado en suerte (o en desgracia) vivir.
Recordamos a Guillermo R., estudiante de tercer año de Arquitectura, que abandonó sus planos y diseños, marginando los puentes colgantes que soñó con Marcelo T. -compañero de cuarto y correrías- porque deben volver a Coronel Pringles y El Bolsón, ya que es imposible para sus padres seguir sosteniéndolos, y las changuitas que consiguieron se terminaron.
Después brota la figura de don Roberto Q., ferroviario jubilado a la fuerza, que con apenas $245 debe subsistir junto con doña Laura, la «patrona» que le dio dos hijos maravillosos, los que ayudan cuando pueden pagando la cuenta de la farmacia o la luz y el gas, y a los que don Roberto quisiera ayudar, pero su precario estado de salud se lo impide.
Uno tras otro desfilan anónimos rostros curtidos y manos callosas por el trabajo de la tierra, que aunque los necesita, ahora no puede contar con ellos porque las «tranqueras» cerraron.
Junto a esos rostros recordamos muchos más, como el de José S., el generoso almacenero del barrio, que casi llorando debió bajar la vieja cortina de metal porque, aunque resistió, no pudo con la competencia feroz generada por el centro comercial que ocupa dos manzanas vecinas a su negocio.
O el de Raúl Z., quien nació entre «tuercas», reparó cientos de motores, siguió con pasión las proezas del «Chango» Fernandino mientras ajustaba bujías bajo la foto de «Carlitos» y que ahora sólo ceba tristemente mate mientras se mira las manos, manos que están demasiado limpias, porque «laburo» no hay.
Insolentemente quizá, la rabia que sube por nuestra garganta nos hace gritar con verdadera bronca por qué no están en el Santoral todas estas personas, que a pesar de la indignidad con que son tratadas, pisoteadas en sus derechos, rapiñadas en su orgullo de trabajadores, esforzadas en la enseñanza con sueldos vergonzosos, destruidas en sus sueños y utopías de estudiantes, laceradas con limosna previsional tras una vida de trabajo y honradez, sin embargo siguen creyendo que algo va a cambiar, que podrán vivir mejor, que el gobierno «gobernará», que volverán a sonreír.
Ante la denigrante realidad argentina, uno también puede preguntarse si es el Santoral el lugar al que deben ingresar, o serán los obituarios el espacio al que lamentablemente llegarán aunque permanezcan con vida, porque vida significa mucho más que «no estar muerto».
Vida es vibrar ante el estallido vaginal que merece admiración y respeto, y no pensar que ese niño engrosará los índices de mortalidad infantil. Vida es gozar con los sueños del mañana (los que Guillermo y Marcelo no tendrán); con la alegría de crear algo nuevo cada día (lo que Silvana intenta); con la satisfacción de hacer lo que nos gusta (lo que Raúl ya no puede sentir). Vida es estar en compañía para compartir (eso que don Roberto y su esposa a duras penas pueden hacer). Vida es trabajar y ayudar al que nos necesita (lo que José hacía cuando fiaba sin preguntas, acallando generosamente los ruidos de un estómago vacío).
No sabemos si ellos son «santos» o «muertos» por una sociedad patética y cruel. Sí sabemos que merecen ser respetados, en el Santoral o… en los obituarios.
Hace pocos días se recordó a los santos y a los muertos. Al respecto, cabe preguntarse si no es hora de ingresar al Santoral nuevos "santos", esos que a veces pasan inadvertidos, porque son mujeres y hombres de la calle, sin títulos académicos ni prestigiosos pergaminos, pero con el sufrimiento, la solidaridad y el coraje siempre a cuestas.
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