Historia de locura y muerte
En su cuarta temporada, "Mujeres asesinas" mostró que ya es un clásico de la pantalla.
La cuarta temporada del ciclo de unitarios «Mujeres asesinas» comenzó con un capítulo de alto impacto inspirado en un caso real de parricidio, donde el sangriento crimen se mezcló con ritos satánicos, espiritismo y altas dosis de demencia y promiscuidad sexual.
Aunque la calidad del capítulo quedó intacta, los programadores de Canal 13 volvieron a mostrar su ya mala costumbre de interesarse más por la pauta publicitaria y el rating que por los televidentes, que debieron esperar casi media hora para ver esta emisión que estaba anunciada para las 22.
Con destacadas actuaciones de Celeste Cid, Romina Ricci y Patricio Contreras, esta primera entrega del envío -que tuvo 13 puntos de rating y fue el segundo programa más visto del día según Ibope- abordó con tratamiento cinematográfico la historia de una familia consumida por el incesto, la locura y el pánico hacia lo sobrenatural.
Aunque en el final una leyenda aclaraba que todo el horror desplegado en casi una hora de emisión sin cortes era únicamente parte de una ficción, el capítulo «Dolores poseída» está basado claramente en el asesinato de Juan Carlos Vázquez, muerto de más de 100 puñaladas por sus hijas, que creían que estaba poseído por el diablo. El crimen de Vázquez, un ferretero asesinado por sus hijas Silvina, de 21 años, y Gabriela, de 29, ocurrió el 29 de marzo de 2000 en la casa que habitaban en el barrio porteño de Saavedra, donde supuestamente se escuchaban ruidos, se movían objetos y un cura les había dicho que estaba embrujada.
Dirigido por el experimentado Daniel Barone, este primer capítulo de la nueva temporada de «Mujeres asesinas» brilló en lo que hace a actuaciones y puesta en escena -fotografía, cámara y montaje impecables-, pero flaqueó a la hora de desarrollar el complejísimo proceso que condujo a estas jóvenes a la locura y al crimen.
El envío esbozó algunos de los motivos que convirtieron un
supuesto rito esotérico de sanación en un espantoso festín de sangre, pero lo hizo sin profundidad, poniendo énfasis en ruidos extraños, vidrios rotos, objetos que se movían solos y apariciones espectrales, y no en la psiquis enfermiza de los personajes.
En «Dolores poseída» este caso de parricidio -que había sido reconstruido años antes por el programa «Historias del crimen» que emitía Telefé- es narrado con una serie de flashbacks evocados por el policía que descubrió el crimen, el cura que bendijo la casa donde vivía la familia y la compañera de estudios de una de las hermanas.
Barone se vale del relato de esos testigos para construir una historia llena de elementos de espiritismo, terror sobrenatural y erotismo incestuoso, en el que Dolores (Ricci) y Victoria (Cid) caen en un espiral de locura que las conduce al asesinato de Oscar (Contreras), su padre.
El aire viciado, el clima de encierro y opresión, el extraño olor a ácido muriático que les recuerda a su madre, los ruidos inexplicables y los objetos que se mueven por sí solos acrecientan la tensión en la casa enorme y semivacía, donde las hermanas y su padre están atravesados además por los celos, la desconfianza y un secreto vínculo sexual.
Para alejar esa presencia ominosa que los desvela, los tres se entregan a un rito espiritista en el que el miedo se mezcla con rezos, velas, aullidos y aceites en cuerpos desnudos, y que les hace perder la razón al punto que ellas ven en su padre a la encarnación del diablo y deciden acuchillarlo para sacárselo. (Télam)
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