Epocas en conflicto
No debería permitirse que los aportes de los contribuyentes se vean apropiados por propagandistas de cualquier confesión religiosa.
Para incomodidad, para no decir indignación, de aquellos católicos posconciliares que suponen que su Iglesia ha dejado atrás la intolerancia inquisitoria de siglos para convertirse en una institución tan moderna, tolerante y pluralista como cualquier otra, en Catamarca el obispo Elmer Omar Miani ha emprendido una cruzada destinada a que los alumnos de todas -no meramente algunas- las escuelas públicas de la provincia sean obligados a «estudiar religión», o sea, someterse al adoctrinamiento católico les guste o no. La campaña encabezada por el obispo fue desatada por la decisión del gobierno local de revocar una resolución anterior a raíz de una denuncia formulada por la DAIA que, con razón, calificó de discriminatorio el adoctrinamiento compulsivo, detalle que, huelga decirlo, no preocupa en absoluto a los muchos catamarqueños que aprueban plenamente la actitud de Miani.
Por ser la Argentina una democracia en la que conviven sin demasiados problemas los comprometidos con una gran variedad de cultos religiosos, además de una cantidad acaso mayor de indiferentes, agnósticos y ateos, no debería permitirse que los aportes de los contribuyentes se vean en efecto apropiados por los propagandistas de cualquier confesión religiosa por muchos que sean sus adherentes. Se trata de un principio generalmente reconocido en el mundo democrático, aunque en todas partes existen movimientos que se le oponen, de ahí las frecuentes embestidas de «la derecha religiosa» en los Estados Unidos, las presiones constantes de grupos musulmanes en países como Francia y el Reino Unido y, claro está, la intolerancia extrema de la cual suelen hacer gala sus equivalentes del ala tradicionalista del judaísmo en Israel. Aunque no es nada probable que los protestantes norteamericanos -de los cuales algunos se destacan por su hostilidad hacia el catolicismo- o los musulmanes europeos logren hacer mella en el laicismo institucionalizado, que es una de las características más preciadas del mundo de nuestros días, esto no quiere decir que será posible convencerlos de que la tolerancia es mejor que la defensa a ultranza de lo que creen sagrado.
Los católicos que se sienten irritados por el «fanatismo» un tanto desactualizado del obispo Miani han señalado que el papa Juan Pablo II se ha erigido en un paladín notable de la libertad de conciencia y que incluso ha pedido perdón en nombre de la organización que encabeza por la metodología proselitista violenta utilizada en otras épocas, pero ocurre que mientras que el sumo pontífice entiende muy bien que en el escenario internacional le conviene a la Iglesia combatir la intolerancia, el obispo Miani prevé que en Catamarca resignarse al pluralismo no puede sino reducir su influencia. Se trata de circunstancias muy distintas. De estar en condiciones la Iglesia de recuperar en Europa la hegemonía espiritual de tiempos pasados y de extenderla al resto del planeta, Karol Wojtyla no vacilaría en actuar como sus antecesores autoritarios, lo cual sería lógico porque, al fin y al cabo, se sabe el jefe infalible de la única verdadera fe y por lo tanto no tendría derecho a permitir que otros pongan en riesgo su alma inmortal. Si hoy en día esta forma de pensar parece bastante arcaica, para no decir exótica, a la mayoría, es porque relativamente pocos se dejan guiar por los valores religiosos que antes eran apenas discutidos.
Pero, desgraciadamente para aquellos clérigos que sienten que en sus jurisdicciones por lo menos debería serles dado mantener a raya la tolerancia propia de los escépticos, pequeños episodios hasta en lugares tan apartados del mundanal ruido como Catamarca pueden atraer la atención de los medios internacionales, convirtiéndose en causas célebres que, tarde o temprano, sirvan para obligar a las autoridades locales a respetar los principios que actualmente imperan en el Occidente. Es lo que ocurrió cuando el asesinato de la joven María Soledad Morales, en buena medida a causa del interés mostrado por los medios porteños, desencadenó una rebelión contra el poder de la familia Saadi y, si bien en esta ocasión el obispo parece contar con el apoyo del grueso de la sociedad catamarqueña, los líderes del catolicismo mundial no podrán permitirse la anomalía de reivindicar una dictadura religiosa en los colegios públicos.
Para incomodidad, para no decir indignación, de aquellos católicos posconciliares que suponen que su Iglesia ha dejado atrás la intolerancia inquisitoria de siglos para convertirse en una institución tan moderna, tolerante y pluralista como cualquier otra, en Catamarca el obispo Elmer Omar Miani ha emprendido una cruzada destinada a que los alumnos de todas -no meramente algunas- las escuelas públicas de la provincia sean obligados a "estudiar religión", o sea, someterse al adoctrinamiento católico les guste o no. La campaña encabezada por el obispo fue desatada por la decisión del gobierno local de revocar una resolución anterior a raíz de una denuncia formulada por la DAIA que, con razón, calificó de discriminatorio el adoctrinamiento compulsivo, detalle que, huelga decirlo, no preocupa en absoluto a los muchos catamarqueños que aprueban plenamente la actitud de Miani.
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