La causa equivocada

A Menem lo detienen por una causa equivocada. Pero el arresto sirve para difundir un mensaje nada ambiguo a los poderosos de turno.

Redacción

Por Redacción

Desde hace más de diez años es indiscutible que si la Justicia en nuestro país funcionara como es debido, el ahora ex presidente Carlos Menem no hubiera tardado en quedar detenido por su eventual participación en un acto de corrupción. Lo es porque no bien se inició su gestión accidentada comenzaban a proliferar las denuncias, algunas muy convincentes, otras no tanto, motivadas por su presunta participación en los escándalos que se producían en su entorno a un ritmo realmente extraordinario, lo cual creó un clima nocivo que no tardaría en incidir en la conducta de centenares de miles, acaso de millones, de personas a lo ancho y a lo largo del país. Asimismo, los estrechos vínculos de Menem con individuos tan poco recomendables como el traficante sirio Monzer al Kassar y el supuesto «jefe de las mafias en la Argentina», Alberto Yabrán, o la nominación apenas creíble de un coronel sirio que hablaba un castellano defectuoso como una suerte de mandamás de la Aduana, nada menos, planteaban interrogantes indignos de un presidente de la República. Y, como si todos estos embrollos entre farsescos y siniestros no fueran más que suficientes como para hacer aconsejable la intervención de la Justicia, el país entero fue testigo del crecimiento asombroso del patrimonio del propio Menem y de aquel de su hija, Zulema. Así las cosas, la orden de arresto formulada por el juez Jorge Urso -un magistrado que suele ser sindicado como «ex menemista»- no habrá sorprendido a nadie. Sin embargo, el que casi todos lo hayan considerado previsible es de por sí una señal de la confusión imperante, porque sucede que el caso de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador dista de ser más grave que otros que, en buena lógica, deberían estar movilizando tanto a la Justicia como a aquellos integrantes de la «clase política» que quisieran luchar en serio contra la pandemia de corrupción que tanto está perjudicando al país. Por razones poco claras, hasta vísperas de su cita con Urso, ni Menem ni sus abogados se preocuparon por elaborar una defensa política de la venta de armas a dos países en guerra con el propósito de obligar al gobierno del presidente Fernando de la Rúa a declararla una cuestión de Estado.  Es que, resultaran buenos o malos los motivos aducidos por un gobierno para suministrar de armas a Croacia y Ecuador, sería difícil descartarlos por completo. Al fin y al cabo, Estados Unidos, Francia y muchos otros países no han vacilado en enviar armas a países o a grupos en guerra a pesar de la supuesta voluntad de impedirlo de «la comunidad internacional». El que según el Departamento de Estado norteamericano, Washington nunca pidiera a Menem ayudar a los croatas o a los ecuatorianos no significa mucho: cuando de operativos de esta clase se trata, ningún gobierno confesaría nada. ¿Por qué, pues, se demoró tanto Menem para «politizar» una causa judicial que lo amenazaba?  Es de suponer que fue porque le resultaba casi imposible creer que ya no era intocable. En el curso de su larga gestión, Menem siempre actuó como si estuviera seguro de que continuaría disfrutando de la impunidad más absoluta, de ahí la cantidad alucinante de episodios en los que hacía gala de su condición presuntamente privilegiada codeándose con Al Kassar, Yabrán y una hueste de otros «transgresores» menores y su desparpajo notable al proclamar su fe en la Justicia, es decir, en aquella «de la servilleta» que según Domingo Cavallo fue utilizada por el entonces ministro del Interior, Carlos Corach, para garabatear los nombres de jueces «leales» al menemismo. Pero, desgraciadamente para el ex presidente pero afortunadamente para los demás, en este ámbito por lo menos los tiempos han cambiado. Puede que la detención de Menem se haya visto posibilitada por el desprestigio de la «clase política» combinado con el anhelo de ciertos jueces de hacer buena letra, fenómenos que en términos generales no son exactamente positivos, pero que en esta ocasión por lo menos han servido para difundir un mensaje nada ambiguo a todos los poderosos de turno.

Mal que les pese, nada, ni siquiera la impunidad, es para siempre, de modo que les convendría respetar la ley a rajatablas, porque de lo contrario un buen día, cuando ya no estén en condiciones de manipular a ningún tribunal, podrían verse frente a un émulo del juez Urso.


Desde hace más de diez años es indiscutible que si la Justicia en nuestro país funcionara como es debido, el ahora ex presidente Carlos Menem no hubiera tardado en quedar detenido por su eventual participación en un acto de corrupción. Lo es porque no bien se inició su gestión accidentada comenzaban a proliferar las denuncias, algunas muy convincentes, otras no tanto, motivadas por su presunta participación en los escándalos que se producían en su entorno a un ritmo realmente extraordinario, lo cual creó un clima nocivo que no tardaría en incidir en la conducta de centenares de miles, acaso de millones, de personas a lo ancho y a lo largo del país. Asimismo, los estrechos vínculos de Menem con individuos tan poco recomendables como el traficante sirio Monzer al Kassar y el supuesto "jefe de las mafias en la Argentina", Alberto Yabrán, o la nominación apenas creíble de un coronel sirio que hablaba un castellano defectuoso como una suerte de mandamás de la Aduana, nada menos, planteaban interrogantes indignos de un presidente de la República. Y, como si todos estos embrollos entre farsescos y siniestros no fueran más que suficientes como para hacer aconsejable la intervención de la Justicia, el país entero fue testigo del crecimiento asombroso del patrimonio del propio Menem y de aquel de su hija, Zulema. Así las cosas, la orden de arresto formulada por el juez Jorge Urso -un magistrado que suele ser sindicado como "ex menemista"- no habrá sorprendido a nadie. Sin embargo, el que casi todos lo hayan considerado previsible es de por sí una señal de la confusión imperante, porque sucede que el caso de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador dista de ser más grave que otros que, en buena lógica, deberían estar movilizando tanto a la Justicia como a aquellos integrantes de la "clase política" que quisieran luchar en serio contra la pandemia de corrupción que tanto está perjudicando al país. Por razones poco claras, hasta vísperas de su cita con Urso, ni Menem ni sus abogados se preocuparon por elaborar una defensa política de la venta de armas a dos países en guerra con el propósito de obligar al gobierno del presidente Fernando de la Rúa a declararla una cuestión de Estado.  Es que, resultaran buenos o malos los motivos aducidos por un gobierno para suministrar de armas a Croacia y Ecuador, sería difícil descartarlos por completo. Al fin y al cabo, Estados Unidos, Francia y muchos otros países no han vacilado en enviar armas a países o a grupos en guerra a pesar de la supuesta voluntad de impedirlo de "la comunidad internacional". El que según el Departamento de Estado norteamericano, Washington nunca pidiera a Menem ayudar a los croatas o a los ecuatorianos no significa mucho: cuando de operativos de esta clase se trata, ningún gobierno confesaría nada. ¿Por qué, pues, se demoró tanto Menem para "politizar" una causa judicial que lo amenazaba?  Es de suponer que fue porque le resultaba casi imposible creer que ya no era intocable. En el curso de su larga gestión, Menem siempre actuó como si estuviera seguro de que continuaría disfrutando de la impunidad más absoluta, de ahí la cantidad alucinante de episodios en los que hacía gala de su condición presuntamente privilegiada codeándose con Al Kassar, Yabrán y una hueste de otros "transgresores" menores y su desparpajo notable al proclamar su fe en la Justicia, es decir, en aquella "de la servilleta" que según Domingo Cavallo fue utilizada por el entonces ministro del Interior, Carlos Corach, para garabatear los nombres de jueces "leales" al menemismo. Pero, desgraciadamente para el ex presidente pero afortunadamente para los demás, en este ámbito por lo menos los tiempos han cambiado. Puede que la detención de Menem se haya visto posibilitada por el desprestigio de la "clase política" combinado con el anhelo de ciertos jueces de hacer buena letra, fenómenos que en términos generales no son exactamente positivos, pero que en esta ocasión por lo menos han servido para difundir un mensaje nada ambiguo a todos los poderosos de turno.

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