Grietas en el gobierno

Las grietas y la confusión imperante en el gobierno nacional son a la vez consecuencia y causa del colapso del consenso político tradicional.

Redacción

Por Redacción

Puede que al encargarse del gobierno a fines de 1999 los jefes de la Alianza radical-frepasista realmente se sintieran sorprendidos por la mala condición de la «herencia»que acababan de recibir, pero no cabe duda alguna de que a partir de entonces se las han arreglado para agravarla para transformar una situación que ya era deprimente en una crisis generalizada que está haciéndose cada vez más peligrosa. Asimismo, a pesar de que tanto el presidente Fernando de la Rúa como el recién llegado ministro de Economía, Domingo Cavallo, parecen ser conscientes de la necesidad de que el país cuente con un Poder Ejecutivo fuerte, coherente y eficaz, por razones políticas aún no les ha sido dado hacer adecuadamente homogéneo todo el equipo gobernante, con el resultado de que pocos días transcurren sin que se produzcan conflictos que, huelga decirlo, sólo sirven para desanimar todavía más a la ciudadanía. Por ejemplo, últimamente el país ha asistido a una lucha nada decorosa por el control del PAMI, aquella obra ruinosa que la Alianza quería convertir en un dechado de solidaridad y transparencia, entre alfonsinistas y delarruistas que, encabezados en esta oportunidad por el ministro de Salud, Héctor Lombardo, finalmente lograron imponerse, mientras que otro ministro, el frepasista Juan Pablo Cafiero, decidió dialogar personalmente con piqueteros prófugos de la Justicia aunque el presidente ya había dicho que no permitiría tales contactos oficiales porque sólo servirían para legitimar a quienes violaban la ley. Fuera justificable o no la iniciativa del ministro de Desarrollo Social, el que la haya emprendido no ha contribuido a mejorar la imagen de un gobierno que ya se asemejaba a un aglomerado de feudos rencillosos.

La confusión imperante en el gobierno nacional es a la vez una consecuencia y una causa del colapso del consenso político tradicional que, como se ha hecho dolorosamente claro, no tiene «solución» alguna para los muchos problemas que hizo tanto para crear. La Alianza, una coalición supuestamente progresista que en su versión original se caracterizaba por una fe tan ingenua en el poder de las buenas intenciones que nunca se había dado el trabajo de pensar en medidas concretas destinadas a incidir en la vida real, alcanzó el poder a caballo del repudio a la corrupción del menemismo y de la inoperancia de la cual hacía gala luego de que Carlos Menem se hubiera asegurado la reelección. Sin embargo, protestar es una cosa y gobernar es otra muy distinta, y por justificables que fueran las críticas que formulaban los líderes aliancistas en 1999, no los eximieron del deber de asumir plenamente las responsabilidades que ellos mismos habían reclamado. Desgraciadamente para el país, muchos aliancistas no han logrado entender esta verdad tan sencilla. Por el contrario, personajes como el ex presidente Raúl Alfonsín, el ex vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez y la diputada Elisa Carrió, además de los miles que los apoyan, siguen convencidos de que el papel del político o del «líder» es esencialmente crítico y que gobernar es una actividad denigrante.

La incidencia de la ambigüedad así supuesta en el país ha sido devastadora. Sin el núcleo fuerte que debería brindarle el gobierno, el resto de la sociedad ha perdido coherencia. Puesto que la maquinaria gubernamental apenas funciona, las medidas que se toman resultan inútiles, de ahí la frustración creciente de Cavallo, un hombre no acostumbrado a ver agotarse en pocos días los efectos de reformas presuntamente drásticas. Para colmo, la desmoralización que siente el país a raíz de la debilidad penosa del poder repercute continuamente en el estado de ánimo de los gobernantes mismos, muchos de los cuales dan la impresión de estar aguardando una oportunidad conveniente para tirar la toalla. Revertir este proceso degenerativo no será fácil, pero a menos que el Poder Ejecutivo atine a actuar con más realismo y, lo que no debería plantearle ninguna dificultad insuperable, más disciplina y más sentido común, la posibilidad de que el país llegue a las próximas elecciones presidenciales sin experimentar una convulsión antes seguirá reduciéndose por momentos.


Puede que al encargarse del gobierno a fines de 1999 los jefes de la Alianza radical-frepasista realmente se sintieran sorprendidos por la mala condición de la "herencia"que acababan de recibir, pero no cabe duda alguna de que a partir de entonces se las han arreglado para agravarla para transformar una situación que ya era deprimente en una crisis generalizada que está haciéndose cada vez más peligrosa. Asimismo, a pesar de que tanto el presidente Fernando de la Rúa como el recién llegado ministro de Economía, Domingo Cavallo, parecen ser conscientes de la necesidad de que el país cuente con un Poder Ejecutivo fuerte, coherente y eficaz, por razones políticas aún no les ha sido dado hacer adecuadamente homogéneo todo el equipo gobernante, con el resultado de que pocos días transcurren sin que se produzcan conflictos que, huelga decirlo, sólo sirven para desanimar todavía más a la ciudadanía. Por ejemplo, últimamente el país ha asistido a una lucha nada decorosa por el control del PAMI, aquella obra ruinosa que la Alianza quería convertir en un dechado de solidaridad y transparencia, entre alfonsinistas y delarruistas que, encabezados en esta oportunidad por el ministro de Salud, Héctor Lombardo, finalmente lograron imponerse, mientras que otro ministro, el frepasista Juan Pablo Cafiero, decidió dialogar personalmente con piqueteros prófugos de la Justicia aunque el presidente ya había dicho que no permitiría tales contactos oficiales porque sólo servirían para legitimar a quienes violaban la ley. Fuera justificable o no la iniciativa del ministro de Desarrollo Social, el que la haya emprendido no ha contribuido a mejorar la imagen de un gobierno que ya se asemejaba a un aglomerado de feudos rencillosos.

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