Palabras prohibidas

Preocupa que Cavallo divida a los demás entre patriotas que aprueban lo que está haciendo y traidores infames.

Redacción

Por Redacción

Que Domingo Cavallo se haya sentido sumamente frustrado por la recepción escéptica que han brindado «los mercados» a sus reformas más recientes, por el obstruccionismo instintivo de muchos aliancistas y por las críticas a veces hirientes de economistas de diversas ubicaciones ideológicas es más que comprensible. También lo es que en ocasiones los haya fustigado con su vehemencia habitual, acusándolos de ser miopes y estúpidos y advirtiéndoles que de seguir así perderán mucho dinero. Así y todo, una cosa es señalar con pasión lo que a su entender son los errores ajenos y otra muy distinta tratar a sus adversarios más molestos como «traidores a la Patria», calificación ésta que el superministro disparó contra un quinteto de economistas del CEMA -Roque Fernández, Pedro Pou, Pablo Guidotti, Carlos Rodríguez y Jorge Avila- porque, dijo, han estado aconsejando a bancos en el exterior a desistir de invertir en la Argentina. Irónicamente, hace poco más de una década el propio Cavallo fue blanco de una campaña muy similar organizada por los allegados al ex presidente Raúl Alfonsín, de suerte que debería saber mejor que nadie que es absurdo presumir que los motivos de los adversarios de turno son forzosamente inconfesables, pero parecería que, lo mismo que tantos otros dirigentes, le resulta difícil distinguir entre disenso y «traición», entre el programa con el cual está personalmente comprometido y el destino de la Nación.

Pues bien, es preocupante que un hombre como Cavallo haya caído en la tentación de dividir a los demás entre buenos patriotas que aprueban lo que está haciendo y traidores infames que insisten en oponerse a sus medidas. Que lo haya hecho es un síntoma nada alentador del estado de ánimo de los responsables de gobernar al país en un período excepcionalmente difícil en el que la capacidad para pensar con frialdad y objetividad es esencial. Hasta ahora cuando menos, los acostumbrados a afirmar o, cuando menos, a insinuar que quienes no comparten sus puntos de vista están al servicio de extranjeros malignos han sido los de siempre: extremistas de derecha o, con mayor frecuencia hoy en día, de alguna que otra variante de la izquierda criolla a los cuales les encanta creerse custodios privilegiados del ser nacional. Por fortuna, Cavallo no pertenece a esta categoría. Es de suponer que a pesar de sus excesos retóricos es en el fondo un moderado, es decir, un político que por lo común y con tal de que no existan pruebas irrefutables de lo contrario atribuye la resistencia de los demás a coincidir con sus planteos al error, no a sus hipotéticas deficiencias morales o a que se hayan entregado por dinero a lo que en tiempos pasados ciertos enemigos de la democracia llamaban «la antipatria», o sea, que integran un conjunto de delincuentes o vendidos que en buena lógica deberían ser detenidos, ejecutados o, por lo menos, expulsados del país.

Pese a todo lo ocurrido en los años últimos, los dirigentes más importantes, entre ellos el propio Cavallo, han respetado las reglas básicas del discurso político democrático, dejando a los extremistas los insultos realmente imperdonables que, claro está, siempre nos dicen más sobre quienes los profieren que sobre las víctimas de sus agravios. Es que a menos que todos aquellos que participan de las polémicas estén dispuestos a dar por descontada la buena fe de sus interlocutores, ningún diálogo será posible y la democracia no será más que una farsa miserable. Si lo que dicen los economistas del CEMA es absurdo, o si existen buenas razones para creer que es perjudicial, tanto Cavallo como sus colaboradores tienen el deber de probarlo con argumentos convincentes, no con ataques ad hóminem que, lejos de resultar persuasivos, sólo sirven para hacer pensar que por falta de respuestas coherentes los defensores del ministro de Economía se han visto reducidos a ensañarse con los mensajeros. Por cierto, es esto lo que pensarán los operadores extranjeros que, lógicamente alarmados por la crudeza con la que Cavallo se ha expresado, tendrán motivos adicionales para sospechar que la Argentina está rodando por la pendiente a una velocidad cada vez mayor.


Que Domingo Cavallo se haya sentido sumamente frustrado por la recepción escéptica que han brindado "los mercados" a sus reformas más recientes, por el obstruccionismo instintivo de muchos aliancistas y por las críticas a veces hirientes de economistas de diversas ubicaciones ideológicas es más que comprensible. También lo es que en ocasiones los haya fustigado con su vehemencia habitual, acusándolos de ser miopes y estúpidos y advirtiéndoles que de seguir así perderán mucho dinero. Así y todo, una cosa es señalar con pasión lo que a su entender son los errores ajenos y otra muy distinta tratar a sus adversarios más molestos como "traidores a la Patria", calificación ésta que el superministro disparó contra un quinteto de economistas del CEMA -Roque Fernández, Pedro Pou, Pablo Guidotti, Carlos Rodríguez y Jorge Avila- porque, dijo, han estado aconsejando a bancos en el exterior a desistir de invertir en la Argentina. Irónicamente, hace poco más de una década el propio Cavallo fue blanco de una campaña muy similar organizada por los allegados al ex presidente Raúl Alfonsín, de suerte que debería saber mejor que nadie que es absurdo presumir que los motivos de los adversarios de turno son forzosamente inconfesables, pero parecería que, lo mismo que tantos otros dirigentes, le resulta difícil distinguir entre disenso y "traición", entre el programa con el cual está personalmente comprometido y el destino de la Nación.

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