¿Será fácil?

En estos momentos, no tiene mayor sentido el pesimismo, a veces apocalíptico, de los políticos.

Redacción

Por Redacción

Siempre optimista -por razones evidentes, le corresponde estarlo en todo momento-, el ministro de Economía, Domingo Cavallo, no ha vacilado en afirmar que de respetarse el principio del déficit cero salir de la crisis «será fácil», lo cual es sin duda cierto. Si el gobierno no hubiera tenido que depender del crédito, el «riesgo país» apenas existiría porque es precisamente el déficit abultado, tendiente a crecer como una bola de nieve, lo que está en la raíz del desbarajuste de los meses últimos. El problema es que eliminar el drenaje de recursos así supuesto no será fácil en absoluto: de lo contrario, en tiempos normales ni nuestro país ni ningún otro se vería frente a dificultades fiscales. Con todo, a juzgar por las actitudes asumidas por la mayoría de los políticos serios al difundirse la conciencia de que en esta ocasión la virtual quiebra del Estado no podría minimizarse como si sólo fuera cuestión de una amenaza teórica más, porque se trata de una realidad auténtica que no ahuyentarían los insultos, eslóganes y declaraciones principistas habituales, es factible que los funcionarios con responsabilidades ejecutivas decidan colaborar para que el déficit cero sea algo más que un lema publicitario astuto. En tal caso, las perspectivas frente al país sí se modificarían de forma sustancial.

Como es natural, casi todos los dirigentes políticos han reaccionado frente a la desaparición del crédito, dando a entender que ellos personalmente no estaban en favor de las medidas propuestas pero que las consentirían provisoriamente a fin de ahorrarle al país males mayores. Lo mismo que en tantas otras oportunidades, han actuado con resignación con la esperanza de que «la gente» sepa apreciar la solidaridad así insinuada. Sin embargo, de persistir en dicha actitud, los frutos de su colaboración serán con toda seguridad magros: contribuirían a evitar una catástrofe, eso sí, pero el futuro que ofrecerían a quienes representan sería a lo mejor mediocre, lo cual, claro está, no serviría para que la ciudadanía recupere la fe en su liderazgo.

Así las cosas, convendría que más políticos comenzaran a hablar de los beneficios que en buena lógica significaría la reconquista de la normalidad financiera, subrayando que su propio aporte a alcanzarla incidiría de forma muy positiva en el porvenir de todos, incluyendo a los más pobres y marginados. El pesimismo a veces apocalíptico de muchos políticos habrá tenido algún sentido cuando aún creían que llamar la atención a las deficiencias del «modelo» y a las lacras de su propia jurisdicción les permitiría conseguir más fondos hasta que un gobierno nacional finalmente aceptara abandonar el intento de hacer de la Argentina un país capitalista, pero a esta altura los más comprenderán que quejarse no les supondrá paquetes repletos de créditos y que, de todos modos, el país seguirá siendo capitalista durante muchos años más. Ya que les ha tocado actuar en el marco del único «modelo» que tendrá la Argentina, les sería perverso insistir en «luchar» contra él buscando formas de impedirle funcionar, una de las cuales consiste en entregarse con entusiasmo al derrotismo sistemático.

El mundo es un lugar muy imperfecto y en casi todos los países, sin excluir a los más ricos, abundan los problemas sociales y económicos, pero ello no obstante los dirigentes políticos, trátense de oficialistas u opositores, propenden a prever que el futuro será mejor que el pasado. En este sentido como en tantos otros, la Argentina es diferente. Aquí, radicales, frepasistas, peronistas e independientes rivalizan pronunciando mensajes deprimentes, acaso por temor a ofender a los portaestandartes de una izquierda carente de propuestas y a los igualmente locuaces voceros episcopales. No es que las críticas formuladas por los enemigos jurados del capitalismo sean necesariamente arbitrarias, es que el papel del político, en especial si tiene responsabilidades administrativas o milita en un partido que las ha aceptado, debería suponer cierto compromiso con el orden existente, detalle que demasiados dirigentes antes comprometidos con ideologías que se verían desactualizadas han preferido pasar por alto.


Siempre optimista -por razones evidentes, le corresponde estarlo en todo momento-, el ministro de Economía, Domingo Cavallo, no ha vacilado en afirmar que de respetarse el principio del déficit cero salir de la crisis "será fácil", lo cual es sin duda cierto. Si el gobierno no hubiera tenido que depender del crédito, el "riesgo país" apenas existiría porque es precisamente el déficit abultado, tendiente a crecer como una bola de nieve, lo que está en la raíz del desbarajuste de los meses últimos. El problema es que eliminar el drenaje de recursos así supuesto no será fácil en absoluto: de lo contrario, en tiempos normales ni nuestro país ni ningún otro se vería frente a dificultades fiscales. Con todo, a juzgar por las actitudes asumidas por la mayoría de los políticos serios al difundirse la conciencia de que en esta ocasión la virtual quiebra del Estado no podría minimizarse como si sólo fuera cuestión de una amenaza teórica más, porque se trata de una realidad auténtica que no ahuyentarían los insultos, eslóganes y declaraciones principistas habituales, es factible que los funcionarios con responsabilidades ejecutivas decidan colaborar para que el déficit cero sea algo más que un lema publicitario astuto. En tal caso, las perspectivas frente al país sí se modificarían de forma sustancial.

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