“El dique del futuro”
Todavía con los ecos del 100 aniversario del Dique Ballester, quisiéramos participar por este respetado medio los ecos de otra fiesta, ya que creemos se unen y se “cruzan” en múltiples sentidos. Formamos parte de una familia que comenzó a crecer justamente en aquellos años en que el dique era sólo “la piedra fundamental” de una esperanza. Nuestro abuelo, Benito Croceri, llegó de Ascoli Piceno, Italia, “cuando el viento lo barría todo, cuando Fernández Oro no era un pueblo sino una persona, un pionero, cuyas tierras se desmontaban de día y de noche el médano se volvía a formar”, según su propio relato. Benito, como tantos otros muchachos de su pueblo (los Ginnobili, los Santarelli, los Quadrini), salió a la aventura de la supervivencia como un joven Quijote, cruzando mares, tierras y aventuras para domar aquellos vientos sin molinos… ¡cruzando siete veces los mares! hasta que logró traer a su “Dulcinea” Rosa Berdini. Entonces sí, el “árbol de la vida” empezó a crecer gracias a la savia de su trabajo, de las raíces siempre hundidas en la tierra domada, pero siempre con la cabeza en el cielo y los brazos abiertos para todos, hasta convertirse en un frondoso árbol con ocho grandes “ramas”, un árbol que al mismo tiempo que nos unía nos dejaba crecer, donde todos ¡y tantos! (ya pasamos los 220 familiares) hemos tenido siempre nuestro espacio de crecimiento y de libertad. En 1927 levantaron su propia bodega para la vid que ya cultivaban: La Torresa llegó a producir 1.600.000 litros del famoso vino Croceri. Todo desde el trabajo y la empresa familiar, en aquella casa-chacra-bodega ¡donde ya llegaba por el canal y las acequias el agua del dique!, lugar al que los nonos Rosa y Benito, esa pareja de seres increíbles por su generosidad sin límites, por su sentido del humor, por su amor y alegría de vivir, por su trabajo incansable, convirtieron en el centro de reunión de todos los familiares para las vacaciones de los niños, para las fiestas de Navidad, para la Pascua. Hoy los tiempos han cambiado. Ellos y sus hijos ya no están. Los nietos fueron buscando nuevos caminos, estudios, profesiones. La bodega está cerrada, la despensa de la nona vacía, la tierra sin cultivar ya alcanzada por un “destino” más urbano, más realista. Pero, así como el dique está, conservado, iluminado y ¡festejado!: un proyecto tan utópico como lograr distribuir el agua para transformar aquellas tierras desérticas en uno de los valles más fértiles del planeta… ¡esta familia también está! Los fuegos encendidos, los rituales familiares, los valores aprehendidos a través del tiempo, del afecto comunicante entre las generaciones, han logrado un modelo tan utópico como aquel, que seguro soñaban los nonos en su diario quehacer. Desde aquellas improvisadas fiestas en la bodega hasta hoy, ha pasado mucha agua por el dique… y muchas movidas y mucho crecimiento en la familia: ya hace 25 años que tuvimos que decidir aunar todas las fiestas en “la gran fiesta generacional”, cada cinco años. ¡Los ecos de la última aún se escuchan en nuestros corazones desde el sábado de Pascua 2010! El sentido de hacer públicos los ecos de una fiesta privada lo encontramos en la necesidad de darle “publicidad” a ciertos valores que en definitiva hacen a la sociedad toda, porque tanto la propia identidad como individuo como la de familia, grupo o nación se construyen con vivencias y recuerdos comunes y con una estrecha comunicación. Sin embargo estas palabras, que ojalá lleguen pertinentes y adecuadas, tienen un destinatario especial: los jóvenes de la familia. Este año fueron ellos los que gestaron, organizaron y enriquecieron con sus ganas, sus ideas, su arte ¡y sus computadoras!, una fiesta que resultó única y en la que, sin embargo, todo aquel pasado se hizo presente: en los valores de amor, de respeto, de pertenencia y de libertad, donde la vida de cada uno es importante para la vida de todos. ¡Gracias bisnietos! ¡Gracias jóvenes! ¡Ustedes son el dique del futuro! Por los descendientes: hijas políticas, nietos, bisnietos, tataranietos y choznos Elda Croceri, DNI 3.543.409 Mar del Plata Ana María Ginnobili, DNI 11.208.914 Cipolletti
Por los descendientes: hijas políticas, nietos, bisnietos, tataranietos y choznos Elda Croceri, DNI 3.543.409 Mar del Plata Ana María Ginnobili, DNI 11.208.914 Cipolletti
Todavía con los ecos del 100 aniversario del Dique Ballester, quisiéramos participar por este respetado medio los ecos de otra fiesta, ya que creemos se unen y se “cruzan” en múltiples sentidos. Formamos parte de una familia que comenzó a crecer justamente en aquellos años en que el dique era sólo “la piedra fundamental” de una esperanza. Nuestro abuelo, Benito Croceri, llegó de Ascoli Piceno, Italia, “cuando el viento lo barría todo, cuando Fernández Oro no era un pueblo sino una persona, un pionero, cuyas tierras se desmontaban de día y de noche el médano se volvía a formar”, según su propio relato. Benito, como tantos otros muchachos de su pueblo (los Ginnobili, los Santarelli, los Quadrini), salió a la aventura de la supervivencia como un joven Quijote, cruzando mares, tierras y aventuras para domar aquellos vientos sin molinos... ¡cruzando siete veces los mares! hasta que logró traer a su “Dulcinea” Rosa Berdini. Entonces sí, el “árbol de la vida” empezó a crecer gracias a la savia de su trabajo, de las raíces siempre hundidas en la tierra domada, pero siempre con la cabeza en el cielo y los brazos abiertos para todos, hasta convertirse en un frondoso árbol con ocho grandes “ramas”, un árbol que al mismo tiempo que nos unía nos dejaba crecer, donde todos ¡y tantos! (ya pasamos los 220 familiares) hemos tenido siempre nuestro espacio de crecimiento y de libertad. En 1927 levantaron su propia bodega para la vid que ya cultivaban: La Torresa llegó a producir 1.600.000 litros del famoso vino Croceri. Todo desde el trabajo y la empresa familiar, en aquella casa-chacra-bodega ¡donde ya llegaba por el canal y las acequias el agua del dique!, lugar al que los nonos Rosa y Benito, esa pareja de seres increíbles por su generosidad sin límites, por su sentido del humor, por su amor y alegría de vivir, por su trabajo incansable, convirtieron en el centro de reunión de todos los familiares para las vacaciones de los niños, para las fiestas de Navidad, para la Pascua. Hoy los tiempos han cambiado. Ellos y sus hijos ya no están. Los nietos fueron buscando nuevos caminos, estudios, profesiones. La bodega está cerrada, la despensa de la nona vacía, la tierra sin cultivar ya alcanzada por un “destino” más urbano, más realista. Pero, así como el dique está, conservado, iluminado y ¡festejado!: un proyecto tan utópico como lograr distribuir el agua para transformar aquellas tierras desérticas en uno de los valles más fértiles del planeta... ¡esta familia también está! Los fuegos encendidos, los rituales familiares, los valores aprehendidos a través del tiempo, del afecto comunicante entre las generaciones, han logrado un modelo tan utópico como aquel, que seguro soñaban los nonos en su diario quehacer. Desde aquellas improvisadas fiestas en la bodega hasta hoy, ha pasado mucha agua por el dique... y muchas movidas y mucho crecimiento en la familia: ya hace 25 años que tuvimos que decidir aunar todas las fiestas en “la gran fiesta generacional”, cada cinco años. ¡Los ecos de la última aún se escuchan en nuestros corazones desde el sábado de Pascua 2010! El sentido de hacer públicos los ecos de una fiesta privada lo encontramos en la necesidad de darle “publicidad” a ciertos valores que en definitiva hacen a la sociedad toda, porque tanto la propia identidad como individuo como la de familia, grupo o nación se construyen con vivencias y recuerdos comunes y con una estrecha comunicación. Sin embargo estas palabras, que ojalá lleguen pertinentes y adecuadas, tienen un destinatario especial: los jóvenes de la familia. Este año fueron ellos los que gestaron, organizaron y enriquecieron con sus ganas, sus ideas, su arte ¡y sus computadoras!, una fiesta que resultó única y en la que, sin embargo, todo aquel pasado se hizo presente: en los valores de amor, de respeto, de pertenencia y de libertad, donde la vida de cada uno es importante para la vida de todos. ¡Gracias bisnietos! ¡Gracias jóvenes! ¡Ustedes son el dique del futuro! Por los descendientes: hijas políticas, nietos, bisnietos, tataranietos y choznos Elda Croceri, DNI 3.543.409 Mar del Plata Ana María Ginnobili, DNI 11.208.914 Cipolletti
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