Una paradoja llamada Argentina
TOMáS BUCH (*)
Vaya novedad! Mencionar que el nuestro es un país lleno de contradicciones es trivial. Pero algunas de estas contradicciones nos impiden una vida normal y otras son inherentes al sistema pendular que ha sido una constante de toda nuestra historia. Del Bicentenario contrafáctico ya hablamos hace poco. Ya que pasó el 9 de Julio, hablemos de la actualidad, que es la continuación de nuestra historia. Siempre nos comparamos con Canadá y con Australia, que hace 100 años aparentemente estaban igual que nosotros (aunque esto es falso: su estructura económica era totalmente distinta de la nuestra y lo único bueno que teníamos era el PBI per cápita, con una distribución peor que la actual), pero nos cuesta compararnos con Brasil, que es ahora una potencia y hace 30 años era un bosque lleno de despreciados monos. Hace años se decía que había cuatro clases de países: los desarrollados, los subdesarrollados, el Japón, que carece de recursos naturales, y la Argentina, que no tiene otra cosa. Odiamos a los “yanquis” pero quisiéramos ser como ellos. Somos un país capaz de desarrollar satélites, productos biotecnológicos, software, nanotecnología, radares, centrales nucleares… y seguimos viviendo del campo y de la venta de nuestros recursos naturales no renovables y de nuestro país mismo –aun corriendo el peligro de destruir el paisaje–. La mayoría de “nuestra” industria está en manos extranjeras y tenemos que vivir del IVA y de las retenciones porque no somos capaces de cobrar un honesto Impuesto a las Ganancias. Las ganancias financieras, por ejemplo. Cruz diablo, Dios no lo permita. Oscilamos constantemente entre los extremos del neoliberalismo y el proteccionismo y no parecemos poder encontrar un equilibrio entre explotar racionalmente nuestros recursos y tratarlos de tal modo que hacemos perecederos nuestros recursos renovables a través de un uso dirigido al lucro inmediato; arruinamos o vendemos nuestro suelo y nuestras montañas para que las vuelen con explosivos –ahora, que el oro está a 1.200 dólares la onza–. No parecemos advertir que el precio del oro se cuadruplicó en pocos años: de ahí el interés en volar nuestros glaciares. Y a eso lo llamamos “política minera”. El estratégico litio ya lo regalamos hace más de veinte años, sin que nadie se diera cuenta. El que lo regaló fue el mismo que después regaló el resto del país y fue reelegido dos veces… Esa oscilación fue la constante que recorrió toda nuestra historia, incluso desde épocas coloniales. La Revolución de Mayo no cambió ni la estructura económica del país ni su alineamiento con los poderosos de cada época, y hablar del surgimiento de una nueva realidad latinoamericana aún despierta fantasmas que no nos atrevemos a debatir abiertamente –al margen de las características personales y personalistas de los líderes de esta nueva realidad–. Cada vez que se intenta un cambio resurgen las fuerzas del pasado y movilizan sus intereses que nunca fueron tocados. Aún somos contemporáneos de Mitre, de Rosas y de Roca y seguimos despreciando a un Inacayal que empieza a levantar la cabeza. Antes eran cueros salados, ahora es soja transgénica –y el oro en que transforman nuestras montañas, para regalar el cual estamos dispuestos a destruir nuestro suelo a través de una legislación perversa que nadie piensa en modificar, ni el gobierno ni la oposición–. La filosofía es la misma. Somos un poco más humildes que cuando Dios era argentino y recibimos con cariño y no con desprecio a nuestros héroes derrotados en una justa deportiva. Pero seguimos despreciando y maltratando a las víctimas de una guerra absurda, mientras reivindicamos con justicia territorios que nunca nos devolverán: especialmente ahora, que allí han encontrado petróleo. Palabra que recuerda a otro disparate: la empresa estatal YPF era la única petrolera deficitaria porque era usada como caja por todos los gobiernos –desde la primera década infame hasta la segunda–. Pero ahora todo nuestro petróleo es extranjero aun dentro del suelo, y lo están agotando sin que hagamos nada. Sabemos hacer muchas cosas, pero a la hora de la verdad la embarramos siempre. Perdemos todos los trenes. Los vemos venir y cuando entran en el andén nos damos vuelta para hablar de fútbol o de los partidos políticos rivales –que más que rivales son enemigos a derrotar, caiga quien caiga, aunque sea el país mismo–. Hemos comenzado a tomar en serio un nuevo tipo de central nuclear que era una gran novedad hace 20 años y por la que todo el mundo se interesa ahora, pero nuestra patente está vencida. Podríamos haber vendido una docena de reactores Carem en todo el mundo y recién ahora estamos por construir uno real y no sólo dibujar planos. Llevamos diez años de atraso en energía eólica, área en que podríamos estar instalados como líderes de un mercado que crece vertiginosamente –pero nos vanagloriamos de tener los mejores vientos del mundo en la Patagonia–. Nos peleamos con nuestros hermanos uruguayos pero contaminamos nuestros propios ríos sin que nadie levante el guante en serio, aunque todos hablan de descontaminar el Riachuelo, tema que tampoco se encara con seriedad. Hasta que los especuladores inmobiliarios se den cuenta de lo que pueden ganar si venden las orillas de un río limpio… siempre que sea otro el que lo limpie. Hablamos constantemente de la importancia de la educación pero nuestras escuelas son cada vez peores, lo que se refleja hacia arriba y pronto llegará a las universidades. Y entonces habremos recorrido el camino inverso al de las colonias británicas: de creernos Australia habremos pasado a ser Nigeria (con todo respeto por los nigerianos, ya que les ganamos en el Mundial y queda feo hacer leña del árbol caído…). (*) Físisco y químico
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora