Demasiado rencor

editorial

Redacción

Por Redacción

Hace dos años Eduardo Duhalde, a la sazón el candidato presidencial del PJ, perdió las elecciones porque a juicio de la mayoría no reunía las condiciones intelectuales necesarias para un jefe de Estado. A partir de entonces, Duhalde no ha hecho o dicho nada que podría inducir a «la gente» a modificar su opinión. Por el contrario, puesto que la virtual bancarrota de la provincia de Buenos Aires se ha debido en buena medida a su gestión desafortunada, hubiera sido lógico que su «poder de convocatoria» se esfumara. ¿Qué, pues, ha cambiado para que el candidato rechazado en 1999 haya podido regresar en triunfo en el 2001? En el país, el fracaso de la Alianza, la personalidad nada carismática del presidente Fernando de la Rúa y la prolongación de una crisis económica atribuible más a la resistencia implacable del «modelo» a dejarse reemplazar por un orden capitalista menos arcaico que al capitalismo liberal como tal, se han combinado para crear un clima muy propicio para los demagogos, sobre todo para aquellos que, como Duhalde, se las han arreglado para dotarse de un gran aparato clientelista.

No bien se confirmaron las dimensiones de su triunfo sobre su equivalente radical, el ex presidente Raúl Alfonsín, Duhalde se puso a exigir en tono amenazador «un cambio de rumbo» drástico porque, vaticinó, de lo contrario el país iría derecho al caos. Por desgracia, no nos dijo nada sobre lo que tiene en mente. Tampoco ha hablado mucho sobre este tema su compañero, el economista que encabezó la lista de diputados nacionales peronistas en Buenos Aires, Jorge Remes Lenicov, lo cual no constituye una sorpresa porque se trata de un hombre sensato cuyas recetas se asemejan bastante a las aplicadas por el gobierno actual. En otras palabras, todo hace pensar que Duhalde, lo mismo que los aliancistas un par de años antes, cree que su mera presencia en la cúspide del poder sería más que suficiente como para concretar el «cambio» que tantos quisieran ver. Sin embargo, consciente de que pocos comparten su fe en sus propiedades mágicas, Duhalde se siente constreñido a aludir, si bien de forma vaga, a iniciativas drásticas -¿repudiar la deuda pública?, ¿una devaluación masiva?- que con toda seguridad producirían un «cambio» realmente espectacular pero que, huelga decirlo, no servirían en absoluto para mejorar la condición del país. Antes bien, provocarían un colapso catastrófico inmediato seguido por años de miseria extrema porque, por motivos comprensibles, a ninguna persona cuerda argentina o extranjera se le ocurriría invertir un centavo en un país tan poco confiable.

Aunque los más concuerdan en que la calidad de la «clase política» local deja mucho que desear -en diversas ocasiones Duhalde ha empleado epítetos escatológicos para calificar a sus integrantes-, sus representantes más eminentes gozan del privilegio de poder sobrevivir a los contratiempos más inverosímiles. Mientras que en otros países los juzgados responsables de deslices relativamente menores, o de ser víctimas de la mala suerte, suelen verse obligados a buscarse otro oficio, aquí es habitual que conserven sus puestos hasta el día de su muerte o, en el caso de Juan Domingo Perón, más allá de él. Esta realidad, fruto de una cultura política que muchos llamarían mafiosa, ha tenido consecuencias nefastas. No sólo ha frenado la evolución ideológica de «los políticos» que, a diferencia de sus homólogos europeos, siguen atascados en un pasado cada vez más remoto, sino que también significa que una proporción muy grande es propensa a subordinar casi todo a sus rencores personales. No es un secreto que Alfonsín, Rodolfo Terragno, Leopoldo Moreau, Duhalde, Carlos Menem y una larga lista de etcéteras se hayan sentido obsesionados por su voluntad de desquitarse o de reivindicarse por presuntos agravios sufridos a manos de un rival o del electorado. Tales sentimientos pueden ser «humanos» y es innegable que inciden en la vida pública en todas partes, pero en pocos países han cobrado tanta importancia como en la Argentina, donde plantean una amenaza muy seria a una economía que ya tambalea al borde de un abismo y al sistema democrático que, como el «voto bronca» del domingo subrayó, está manifestando algunos síntomas alarmantes.


Hace dos años Eduardo Duhalde, a la sazón el candidato presidencial del PJ, perdió las elecciones porque a juicio de la mayoría no reunía las condiciones intelectuales necesarias para un jefe de Estado. A partir de entonces, Duhalde no ha hecho o dicho nada que podría inducir a "la gente" a modificar su opinión. Por el contrario, puesto que la virtual bancarrota de la provincia de Buenos Aires se ha debido en buena medida a su gestión desafortunada, hubiera sido lógico que su "poder de convocatoria" se esfumara. ¿Qué, pues, ha cambiado para que el candidato rechazado en 1999 haya podido regresar en triunfo en el 2001? En el país, el fracaso de la Alianza, la personalidad nada carismática del presidente Fernando de la Rúa y la prolongación de una crisis económica atribuible más a la resistencia implacable del "modelo" a dejarse reemplazar por un orden capitalista menos arcaico que al capitalismo liberal como tal, se han combinado para crear un clima muy propicio para los demagogos, sobre todo para aquellos que, como Duhalde, se las han arreglado para dotarse de un gran aparato clientelista.

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