Con muchos cómplices
Es evidente que en períodos de estrechez, Menem supo convertirse en hombre rico pese a dedicarse a pleno a una tarea modestamente remunerada como la política.
Ya que es de dominio público que después de largos períodos signados por la estrechez Carlos Menem supo convertirse en un hombre rico a pesar de haberse dedicado a pleno a «la política», una actividad que, en teoría por lo menos, es modestamente remunerada. Por eso, no debería haber sorprendido a nadie el descubrimiento de cuentas bancarias en Suiza a su nombre y aquellos de familiares y presuntos testaferros. Si bien según las declaraciones juradas del ex presidente, a inicios de su gestión disfrutaba de una fortuna respetable, su estilo de vida posterior habría requerido una que fuera decididamente mayor, de suerte que era de suponer que tenía cantidades importantes de dinero escondidas en aquellos países que suelen lucrar sobre la base del deseo de ciertos personajes del «Tercer Mundo» de mantener oculto su dinero. Sin embargo, hasta hace muy poco a Menem le resultaba bastante fácil burlarse de los que anteponían la realidad concreta evidenciada por sus gastos abultados a la virtual, por decirlo así, conforme a la que la discrepancia entre las dos se debería a la malicia de sus adversarios políticos y a la ambición personal de ciertos jueces y fiscales.
Tal actitud se vio posibilitada no por la astucia de Menem y sus allegados, pocos de los cuales han hecho el menor esfuerzo por engañar a sus compatriotas simulando ser relativamente pobres, sino por la voluntad del grueso de «la gente» de convivir con una mentira flagrante. Incluso cuando son contundentes las pruebas de que distintos individuos recién enriquecidos habrán debido su bienestar a la corrupción, la mayoría, encabezada por políticos acostumbrados a perorar en torno de su propio compromiso con «la ética», siempre ha preferido no darse por enterada, justificando la ambigüedad así supuesta con alusiones a las desventajas de correr riesgos institucionales y a los peligros planteados ya por la politización de la Justicia, ya por la «judicialización» de la política.
Pues bien, los temores así expresados distan de ser ficticios. Es legítimo preguntarnos cuál sería la situación procesal del ex presidente si contara con el pleno apoyo del movimiento peronista. También lo es sospechar que sus desgracias sean consecuencia de algo más que el compromiso con la Justicia despolitizada de ciertas personas. Como es notorio, en nuestro país la opinión pública suele estar más que dispuesta a pasar por alto las transgresiones de figuras populares, pero raramente vacila en hacer leña de un árbol antes imponente caído. La indiferencia mayoritaria frente a evidencia irrefutable de que la diputada Elisa Carrió usaba «pruebas» claramente falsas en su campaña virulenta contra el ministro de Economía, Domingo Cavallo, ha sido más que suficiente como para recordarnos que en este sentido muy poco ha cambiado en las décadas últimas. Puede decirse que la popularidad y no sólo el poder político que supone siguen constituyendo la base de la impunidad. No es que sea imposible denunciar o incluso querellar a los poderosos bajo sospecha, es que casi todos colaborarán para que tales iniciativas queden en la nada.
Habrá algunos políticos que son deshonestos por naturaleza y que en cualquier sociedad procurarían crearse oportunidades para enriquecerse, pero éstos conformarán una minoría reducida. Los más se atienen a las costumbres propias de su época y de su país. Por ser tan grandes las tentaciones y tan fuertes las presiones de los «amigos» y socios en la Argentina actual, es comprensible que un hombre como Menem se haya convencido de que continuaría siendo impune hasta el día de su muerte, porque siempre conservaría el poder político suficiente como para frustrar a los que podrían prestar más atención a los hechos indiscutibles que a la realidad formal. En su caso, se equivocó: ya le será difícil salir de la trampa que él mismo se construyó. Sin embargo, no es muy probable que su experiencia sirva de advertencia para los muchos que, como él, entienden que siempre y cuando sepan tener de su lado a la opinión mayoritaria o al menos la de una fuerza política poderosa les será dado no sólo enriquecerse sino también conservar buena parte de lo que consigan robar.
Ya que es de dominio público que después de largos períodos signados por la estrechez Carlos Menem supo convertirse en un hombre rico a pesar de haberse dedicado a pleno a "la política", una actividad que, en teoría por lo menos, es modestamente remunerada. Por eso, no debería haber sorprendido a nadie el descubrimiento de cuentas bancarias en Suiza a su nombre y aquellos de familiares y presuntos testaferros. Si bien según las declaraciones juradas del ex presidente, a inicios de su gestión disfrutaba de una fortuna respetable, su estilo de vida posterior habría requerido una que fuera decididamente mayor, de suerte que era de suponer que tenía cantidades importantes de dinero escondidas en aquellos países que suelen lucrar sobre la base del deseo de ciertos personajes del "Tercer Mundo" de mantener oculto su dinero. Sin embargo, hasta hace muy poco a Menem le resultaba bastante fácil burlarse de los que anteponían la realidad concreta evidenciada por sus gastos abultados a la virtual, por decirlo así, conforme a la que la discrepancia entre las dos se debería a la malicia de sus adversarios políticos y a la ambición personal de ciertos jueces y fiscales.
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