La ofensiva de los K
Los vinculados con los medios periodísticos directamente afectados por los esfuerzos por debilitarlos económicamente del gobierno formalmente encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no son los únicos que se sienten preocupados por la embestida contra Papel Prensa. Casi sin excepción, los dirigentes políticos opositores temen que los Kirchner, acompañados por personajes como el camionero Hugo Moyano y el muy belicoso secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, hayan decidido hostigar a todos los medios que han sido reacios a comprometerse con el “relato” oficialista hasta que aprendan a respetarlo, razón por la que en los últimos días se han multiplicado las advertencias de que en nuestro país la libertad de expresión, y por lo tanto la democracia, corre grave peligro. Aunque es muy poco probable que en la Argentina actual pueda prosperar la aventura de características chavistas que algunos prevén, los intentos de los Kirchner de intimidar a sus adversarios amenazan con retraernos a los días oscuros de la dictadura militar más reciente y, si persisten, podrían ocasionar perjuicios irreparables a la prensa nacional. Cuando el régimen castrense pretendía monopolizar la verdad trataba a quienes se resistían a permitirlo de subversivos antiargentinos que, decía, estaban al servicio de intereses foráneos espurios resueltos a destruir el país; por su parte, los Kirchner acusan a sus adversarios de ser contrarios a los derechos humanos, como en efecto hicieron al estallar el conflicto con el campo y como están haciendo en este momento al procurar relacionar los directivos de los matutinos porteños Clarín y La Nación con quienes secuestraron y torturaron a integrantes de la familia Graiver. En base a la misma lógica, los Kirchner mismos podrían ser acusados de haber colaborado con la dictadura, y por lo tanto con la represión ilegal, ya que ellos también se las arreglaron para aprovechar las leyes entonces vigentes para hacer los negocios pingües que, andando el tiempo, les permitirían acumular una fortuna personal impresionante. De todos modos, si bien es legítimo lamentar tanto la creación de Papel Prensa como su incidencia en el mercado, no hay evidencia alguna de que los directivos de Clarín y La Nación tuvieran algo que ver con la manera brutal con la que los militares persiguieron a los herederos del financista David Graiver –“el banquero de los Montoneros”–, en el marco de una vil campaña antisemita, ya que vendieron las acciones de la empresa meses antes de ser encarcelados. Por lo demás, el que la presidenta haya basado sus acusaciones contra los medios porteños en un informe que fue preparado por los responsables de hacer del Indec una usina de mentiras flagrantes, Guillermo Moreno y Beatriz Paglieri, es de por sí más que suficiente como para descalificarlas. Pues bien, ¿qué es lo que se proponen los Kirchner? Parecería que están convencidos de que la caída estrepitosa de su popularidad, y en consecuencia la merma alarmante de su capital político, se ha debido solamente a la hostilidad del Grupo Clarín y de La Nación y que para recuperar lo mucho que han perdido tendrían que reemplazarlos por su propio imperio mediático repitiendo lo que lograron hacer en Santa Cruz, donde les resultó fácil suprimir las voces disidentes. De ser así, lo que están tratando de hacer es reducir la Argentina, un país pluralista en que los medios de difusión reflejan una gran variedad de puntos de vista distintos, a la condición de una provincia escasamente poblada habituada a ser regenteada por un caudillo tan inescrupuloso como intolerante. Por supuesto que cualquier “proyecto” en tal sentido estaría destinado a fracasar, como fracasaron los impulsados hace más de medio siglo por Juan Domingo Perón y, dos décadas más tarde, por la dictadura militar, pero no convendría en absoluto subestimar la gravedad de los problemas que serían capaces de provocar los Kirchner hasta que el electorado finalmente decida que, puesto que no le interesa ver achicado el país para que esté a la medida de dos políticos santacruceños y sus adictos, ha llegado la hora de despedirlos del poder para que rindan cuentas ante la Justicia por la multitud de delitos que, en su condición de líderes del gobierno que, según muchos, es “el más corrupto de la historia del país”, se les atribuyen.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 26 de agosto de 2010
Los vinculados con los medios periodísticos directamente afectados por los esfuerzos por debilitarlos económicamente del gobierno formalmente encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no son los únicos que se sienten preocupados por la embestida contra Papel Prensa. Casi sin excepción, los dirigentes políticos opositores temen que los Kirchner, acompañados por personajes como el camionero Hugo Moyano y el muy belicoso secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, hayan decidido hostigar a todos los medios que han sido reacios a comprometerse con el “relato” oficialista hasta que aprendan a respetarlo, razón por la que en los últimos días se han multiplicado las advertencias de que en nuestro país la libertad de expresión, y por lo tanto la democracia, corre grave peligro. Aunque es muy poco probable que en la Argentina actual pueda prosperar la aventura de características chavistas que algunos prevén, los intentos de los Kirchner de intimidar a sus adversarios amenazan con retraernos a los días oscuros de la dictadura militar más reciente y, si persisten, podrían ocasionar perjuicios irreparables a la prensa nacional. Cuando el régimen castrense pretendía monopolizar la verdad trataba a quienes se resistían a permitirlo de subversivos antiargentinos que, decía, estaban al servicio de intereses foráneos espurios resueltos a destruir el país; por su parte, los Kirchner acusan a sus adversarios de ser contrarios a los derechos humanos, como en efecto hicieron al estallar el conflicto con el campo y como están haciendo en este momento al procurar relacionar los directivos de los matutinos porteños Clarín y La Nación con quienes secuestraron y torturaron a integrantes de la familia Graiver. En base a la misma lógica, los Kirchner mismos podrían ser acusados de haber colaborado con la dictadura, y por lo tanto con la represión ilegal, ya que ellos también se las arreglaron para aprovechar las leyes entonces vigentes para hacer los negocios pingües que, andando el tiempo, les permitirían acumular una fortuna personal impresionante. De todos modos, si bien es legítimo lamentar tanto la creación de Papel Prensa como su incidencia en el mercado, no hay evidencia alguna de que los directivos de Clarín y La Nación tuvieran algo que ver con la manera brutal con la que los militares persiguieron a los herederos del financista David Graiver –“el banquero de los Montoneros”–, en el marco de una vil campaña antisemita, ya que vendieron las acciones de la empresa meses antes de ser encarcelados. Por lo demás, el que la presidenta haya basado sus acusaciones contra los medios porteños en un informe que fue preparado por los responsables de hacer del Indec una usina de mentiras flagrantes, Guillermo Moreno y Beatriz Paglieri, es de por sí más que suficiente como para descalificarlas. Pues bien, ¿qué es lo que se proponen los Kirchner? Parecería que están convencidos de que la caída estrepitosa de su popularidad, y en consecuencia la merma alarmante de su capital político, se ha debido solamente a la hostilidad del Grupo Clarín y de La Nación y que para recuperar lo mucho que han perdido tendrían que reemplazarlos por su propio imperio mediático repitiendo lo que lograron hacer en Santa Cruz, donde les resultó fácil suprimir las voces disidentes. De ser así, lo que están tratando de hacer es reducir la Argentina, un país pluralista en que los medios de difusión reflejan una gran variedad de puntos de vista distintos, a la condición de una provincia escasamente poblada habituada a ser regenteada por un caudillo tan inescrupuloso como intolerante. Por supuesto que cualquier “proyecto” en tal sentido estaría destinado a fracasar, como fracasaron los impulsados hace más de medio siglo por Juan Domingo Perón y, dos décadas más tarde, por la dictadura militar, pero no convendría en absoluto subestimar la gravedad de los problemas que serían capaces de provocar los Kirchner hasta que el electorado finalmente decida que, puesto que no le interesa ver achicado el país para que esté a la medida de dos políticos santacruceños y sus adictos, ha llegado la hora de despedirlos del poder para que rindan cuentas ante la Justicia por la multitud de delitos que, en su condición de líderes del gobierno que, según muchos, es “el más corrupto de la historia del país”, se les atribuyen.
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