Juego mortal

Nos guste o no, a los líderes de los países poderosos no les queda más que hacer todo para eliminar la amenaza.

Redacción

Por Redacción

Desde hace muchos años se ha sabido que tarde o temprano un grupo terrorista o un régimen dictatorial «paria» lograría dotarse de armas nucleares, químicas o bacteriológicas con las que chantajearía al resto del mundo, pero aunque Estados Unidos ha intentado obligar a países como Irak y Corea del Norte a cancelar sus programas en tal sentido, sus esfuerzos no han resultado muy exitosos debido en buena medida a la oposición de los demás integrantes de la «comunidad internacional» que preferían negar que peligros tan pavorosos pudieran ser reales. Dicha actitud parece ser típica de nuestra civilización comercial: como entienden muy bien los operadores bursátiles, los conflictos son malos para los negocios, de suerte que es mejor rehusar pensar en ellos. Asimismo, un largo período de paz seguido por el fin de la «guerra fría» ha persuadido a amplios sectores de que sus propias sociedades están tan inmunes a la agresión ajena, que incluso hablar de las ventajas de prepararse para enfrentarla es síntoma de una mentalidad reaccionaria y primitiva.

Pues bien: los dos protagonistas de la «guerra mundial» desatada por los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono del 11 de setiembre, el presidente norteamericano George W. Bush y el multimillonario saudita Osama Ben Laden, acaban de afirmar que Al-Qaeda efectivamente tiene armas nucleares y químicas y que en ciertas circunstancias no vacilaría en usarlas. Por supuesto, es más que posible que Bush haya exagerado la amenaza por sus propios motivos y es probable que Ben Laden sólo haya querido sembrar el pánico en la siempre asustadiza y veleidosa opinión pública occidental, pero aunque en esta ocasión las advertencias del presunto artífice de las matanzas que se perpetraron en Estados Unidos resulten prematuras, no cabe duda de que todos estamos frente a una eventualidad que es forzoso tomar muy pero muy en serio, porque si la superpotencia no actúa con contundencia será sólo una cuestión de tiempo antes de que las armas a las que aludía sean empleadas por terroristas o por un dictador vengativo.

Nos guste o no nos guste, a los líderes de los países más poderosos no les queda más alternativa que hacer todo cuanto sea necesario como para eliminar la amenaza. Puede que la opción pacifista parezca más atractiva, pero en vista de que es inconcebible que los que ya poseen armas de «destrucción masiva» o están trabajando afanosamente a fin de adquirirlas se dejen convencer por los planteos de quienes señalan que emplearlas sería atroz, ningún gobierno que se preocupe por la vida de sus ciudadanos podría proponérsela a menos que se sintiera seguro de que otros se encargarían del problema permitiéndole cumplir el papel cómodo de crítico moralizador. Asimismo, a la luz de la magnitud del peligro, la resistencia de muchos a resignarse a la violación de la soberanía de estados independientes se asemeja más a un pretexto para no hacer nada con la esperanza infantil de que todo se arregle sin que nadie sea molestado, que a una postura principista digna de ser respetada.

Trátese de una bravuconada más o de una advertencia realista, la confirmación por parte de Ben Laden de lo dicho algunos días antes por Bush ha servido para dar más legitimidad a la ofensiva estadounidense contra Afganistán, un país en manos de un régimen que está íntimamente vinculado con Al-Qaeda. Después de todo, si lo que el primer ministro de la India ha calificado de una «fábrica de terroristas que funciona las 24 horas del día» está en condiciones de reaccionar frente a la intervención aliada utilizando «armas nucleares y químicas», es urgente cerrarla por todos los medios disponibles. Así, pues, Ben Laden, quien hasta ahora ha resultado ser un líder muy astuto, ha brindado a Bush el argumento que necesitaba para convencer a los europeos y otros de la legitimidad de una campaña dirigida, en ésta su fase inicial, contra un país paupérrimo cuyo aporte más significante al terrorismo internacional ha consistido en prestar su territorio a un conjunto cosmopolita de energúmenos belicosos procedentes de Pakistán y distintas partes del mundo árabe.


Desde hace muchos años se ha sabido que tarde o temprano un grupo terrorista o un régimen dictatorial "paria" lograría dotarse de armas nucleares, químicas o bacteriológicas con las que chantajearía al resto del mundo, pero aunque Estados Unidos ha intentado obligar a países como Irak y Corea del Norte a cancelar sus programas en tal sentido, sus esfuerzos no han resultado muy exitosos debido en buena medida a la oposición de los demás integrantes de la "comunidad internacional" que preferían negar que peligros tan pavorosos pudieran ser reales. Dicha actitud parece ser típica de nuestra civilización comercial: como entienden muy bien los operadores bursátiles, los conflictos son malos para los negocios, de suerte que es mejor rehusar pensar en ellos. Asimismo, un largo período de paz seguido por el fin de la "guerra fría" ha persuadido a amplios sectores de que sus propias sociedades están tan inmunes a la agresión ajena, que incluso hablar de las ventajas de prepararse para enfrentarla es síntoma de una mentalidad reaccionaria y primitiva.

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