El negocio estatal

Decidir crear nuevos ministerios con el único fin de premiar a algún puntero no sólo es un alarde de estupidez, también es un crimen.

Redacción

Por Redacción

Si bien «dirigentes» de distinto tipo insisten en hablar de la situación en que se encuentra el sector público como si se tratara de un asunto ideológico, afirmándose en favor de que cumpla un papel más decisivo en la vida nacional y protestando con amargura contra la tiranía de lo que han aprendido a llamar el «pensamiento único», la verdad es que en la Argentina actual los problemas relacionados con el Estado tienen muy poco que ver con cuestiones de principio. Por cierto, la decisión del secretario de Modernización del Estado, Marcos Makón, de renunciar a su cargo no puede atribuirse a su preocupación por el «liberalismo» imputado a otros integrantes del gobierno. Por su condición de frepasista -uno de los últimos que integran al gobierno de la Alianza- y en consecuencia de actitudes más izquierdistas que la mayoría, Makón entendía muy bien que al país le convendría contar con un Estado «fuerte», pero aun así se sintió abrumado por la pasión irracional de los hombres que acompañan al presidente Fernando de la Rúa por crear nuevos organismos burocráticos y por hacer cuanto puedan por mantener a raya el espectro de la eficiencia.

Que un frepasista haya abandonado su puesto a raíz de la multiplicación irrefrenable de cargos políticos y de la falta de interés de De la Rúa en impulsar reformas destinadas a mejorar la calidad de los servicios públicos, nos dice mucho más sobre el carácter del gobierno que cualquier cantidad de alegatos ideológicos. A pesar de que el país ya está en bancarrota y la reducción de los costos del Estado se ha convertido en una prioridad, tanto el presidente mismo como sus correligionarios radicales rehúsan permitir que tales pormenores interrumpan lo que para ellos parecería ser lo único que realmente importa: el reparto entre amigos, partidarios y clientes de cargos oficiales. Huelga decir que muy pocos funcionarios nuevos tendrán una oportunidad para sorprendernos con sus talentos administrativos aun cuando tengan el propósito de intentarlo: gracias en gran medida a la irresponsabilidad de la clase política de la que forman parte, el Estado está descomponiéndose a una velocidad desconcertante.

En la carta de renuncia que envió a De la Rúa, Makón subrayó lo insensato que a su juicio es pasar por alto «los criterios básicos para organizar racional y eficientemente la estructura estatal dejando de lado personalismos y compromisos políticos o partidarios», pero es evidente que desde el punto de vista de los radicales que ya dominan por completo este gobierno delarruista lo insensato hubiera sido anteponer los intereses del Estado, y por lo tanto del país, a sus propias ambiciones, lealtades y deudas políticas. Tan habituados están a tomar el Estado por la parte más jugosa del botín político que les parece antidemocrática, incluso subversiva, la mera idea de que debieran dejarse influir por factores como la racionalidad o eficiencia.

Para los que comparten la filosofía, por decirlo así, de estos personajes, la crisis que está destruyendo la economía nacional y planteando un signo de interrogación sobre el futuro del país dista de ser un desastre porque pueden aprovecharla arguyendo que no es posible tratar de reformar el Estado en medio de una gran recesión. Sin embargo, como Makón señaló, es precisamente en el marco de recesión económica cuando más se necesita «un Estado eficaz, eficiente y que atienda a los sectores más desprotegidos de la sociedad». Tiene razón, de esto no cabe la más mínima duda. Decidir crear nuevos ministerios, de los que uno duplica la función de otro ya existente, con la única finalidad de premiar a algunos punteros radicales justo cuando el país acaba de caer en «default», no es sólo un alarde de estupidez, también es un crimen. Para colmo, el que Makón, como tantos otros funcionarios que comprendían que la edad del clientelismo corrupto había llegado a su fin y que a menos que la Argentina lograra modernizarse muy pronto sus perspectivas serían lúgubres, haya optado por alejarse del gobierno bien podría significar que habrán de transcurrir años más antes de que se emprenda de forma seria el intento de construir un Estado que no sea una triste caricatura del conjunto de instituciones así denominadas.


Si bien "dirigentes" de distinto tipo insisten en hablar de la situación en que se encuentra el sector público como si se tratara de un asunto ideológico, afirmándose en favor de que cumpla un papel más decisivo en la vida nacional y protestando con amargura contra la tiranía de lo que han aprendido a llamar el "pensamiento único", la verdad es que en la Argentina actual los problemas relacionados con el Estado tienen muy poco que ver con cuestiones de principio. Por cierto, la decisión del secretario de Modernización del Estado, Marcos Makón, de renunciar a su cargo no puede atribuirse a su preocupación por el "liberalismo" imputado a otros integrantes del gobierno. Por su condición de frepasista -uno de los últimos que integran al gobierno de la Alianza- y en consecuencia de actitudes más izquierdistas que la mayoría, Makón entendía muy bien que al país le convendría contar con un Estado "fuerte", pero aun así se sintió abrumado por la pasión irracional de los hombres que acompañan al presidente Fernando de la Rúa por crear nuevos organismos burocráticos y por hacer cuanto puedan por mantener a raya el espectro de la eficiencia.

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