Una vez más

Editorial

Redacción

Por Redacción

Ya antes de iniciar su gestión, el presidente Fernando de la Rúa nos informó que lo que le gustaba calificar de «la nueva política» se caracterizaría por la búsqueda constante de un «consenso» a través de «la concertación». A partir de entonces, no ha dejado de repetir las mismas palabras, aunque de más está decir que no hubo nada nuevo en dicha manera pasiva de afrontar los problemas del país. Por el contrario, el largo camino de la decadencia se ha visto jalonado por una serie deprimente de «pactos sociales», «acuerdos nacionales» y así por el estilo, muchos de ellos supuestamente inspirados en el Pacto de la Moncloa español. Todos fracasaron pronto porque todos eran esencialmente conservadores, ideados con el propósito de minimizar los cambios, de suerte que no es difícil prever el destino de la enésima «concertación» o, en esta ocasión, «acuerdo multisectorial» que, con el aire de alguien que trata de asombrar al mundo afirmando que acaba de inventar la rueda, el presidente ha presentado como una forma segura de dar con una salida del embrollo peligrosísimo en que el país está atrapado.

La razón por la que las sucesivas «concertaciones» han resultado ser tan decepcionantes no constituye un misterio. Quienes participan en ellas siempre son los líderes de sectores corporativos como la Confederación General de Trabajo, la Unión Industrial Argentina, las Confederaciones Rurales Argentinas, diversas cámaras empresarias y partidos políticos además, tal vez, de la Iglesia Católica y alguna que otra asociación profesional que, se supone, representan fielmente a la sociedad en su conjunto pero que en verdad son los referentes de un orden oligárquico que está penosamente desactualizado. Al fin y al cabo, todos saben que los caciques sindicales sólo se representan a sí mismos y que casi todas las otras entidades, en especial las empresariales, están en manos de grupos igualmente politizados que están más preocupados por defender sus propias «conquistas» que por procurar atenuar los gravísimos problemas del país, para no hablar de concretar una estrategia política global, tarea ésta que en buena lógica corresponde al gobierno nacional, que debería estar por encima de los intereses meramente sectoriales. Aun cuando por algún milagro De la Rúa consiguiera compatibilizar las exigencias contrapuestas de los sindicalistas, entre ellos los estatales, los empresarios, que en teoría compiten los unos contra los otros, los banqueros y los políticos que suelen asistir a estas mesas redondas, lo único que lograría sería satisfacer a un puñado de cúpulas a costa del resto de la población del país, hazaña que, lejos de equivaler a una «solución» para el desbarajuste imperante, a lo sumo serviría para prolongar un poco más la agonía del sistema resueltamente corporativo que tanto ha contribuido al hundimiento del país.

Cuando una sociedad está experimentando una crisis económica devastadora que se agrava por momentos y que en opinión de muchos podría resultar ser la peor que haya experimentado cualquier país occidental a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, esto quiere decir que para «salir» será forzoso cambiar muchas cosas. Pues bien: ¿sería concebible que los sindicalistas y lobbistas convocados por De la Rúa reconocieran que ellos mismos, en su condición de guardianes del statu quo, son parte del problema y que a menos que modifiquen drásticamente sus actitudes y su conducta el país continuará degradándose? Por supuesto que no lo sería. Antes bien, como suele suceder en vísperas de una «concertación», los eventuales asistentes se han preparado para las reuniones jurando que nada los haría abandonar su lucha en favor de lo que consideran sus «derechos» y es de suponer que se mantendrán en sus trece hasta que ya no quede duda alguna de que la crisis se ha vuelto terminal. Siempre y cuando el gobierno haya elaborado una estrategia convincente, la «concertación» podría servir para algo al permitirle asegurarse la colaboración de los presuntos «dirigentes» sectoriales, pero pedirles a éstos que se encarguen del trabajo de confeccionar el mapa político nacional para los años próximos no tiene ningún sentido.


Ya antes de iniciar su gestión, el presidente Fernando de la Rúa nos informó que lo que le gustaba calificar de "la nueva política" se caracterizaría por la búsqueda constante de un "consenso" a través de "la concertación". A partir de entonces, no ha dejado de repetir las mismas palabras, aunque de más está decir que no hubo nada nuevo en dicha manera pasiva de afrontar los problemas del país. Por el contrario, el largo camino de la decadencia se ha visto jalonado por una serie deprimente de "pactos sociales", "acuerdos nacionales" y así por el estilo, muchos de ellos supuestamente inspirados en el Pacto de la Moncloa español. Todos fracasaron pronto porque todos eran esencialmente conservadores, ideados con el propósito de minimizar los cambios, de suerte que no es difícil prever el destino de la enésima "concertación" o, en esta ocasión, "acuerdo multisectorial" que, con el aire de alguien que trata de asombrar al mundo afirmando que acaba de inventar la rueda, el presidente ha presentado como una forma segura de dar con una salida del embrollo peligrosísimo en que el país está atrapado.

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