Precedentes ominosos

Antes de que pueda producirse "el cambio" que tantos dicen querer, será necesario mucho más que el reemplazo de un funcionario.

Redacción

Por Redacción

Ya que en la Argentina es tradicional que el ministro de Economía de turno termine siendo considerado el máximo culpable de casi todas las desgracias nacionales, era de prever que a menos que el regreso de Domingo Cavallo coincidiera con el inicio de una recuperación cíclica muy fuerte, el «salvador» de marzo no tardaría en convertirse en el blanco preferido de los dardos de los demás, como en efecto ha sucedido. Lo mismo que en tantas ocasiones en el pasado, una cantidad realmente notable de políticos y comunicadores parece habérselas ingeniado para persuadirse de que la eventual caída del «superministro» permitiría que por fin el país encontrara un «rumbo» más apropiado que el que eligió el presidente Fernando de la Rúa.

Pues bien: convendría que los muchos que piensan de este modo hicieran uso de la memoria. Aquí, el desalojo de un ministro de Economía supuestamente todopoderoso luego de meses de griterío político y sindical siempre ha inaugurado un período prolongado de confusión signado por gestiones tan breves como estériles, una sensación generalizada de anarquía creciente y, obvio es decirlo, más miseria para los ya depauperados. La razón es sencilla: al concentrarse tanto en los defectos, sean éstos auténticos o meramente hipotéticos, de una persona determinada, los resueltos a rescatar al país de sus garras cueste lo que costare suelen convencerse de que en realidad los problemas económicos son mucho menos graves de lo que harían pensar los datos concretos disponibles. Después de todo, si la influencia de un solo personaje ha podido resultar tan nefasta, esto quería decir que su eliminación debería servir para liberar las energías productivas del país. Para colmo, nunca faltan aquellos que están decididos a tomar el fracaso de una gestión particular por una reivindicación de sus propias tesis, motivo por el que hacen cuanto pueden para frustrarla sin preocuparse en absoluto por las consecuencias, actitud que, en vista de los riesgos que enfrentamos, difícilmente podría ser más irresponsable.

De más está decir que Cavallo mismo ha contribuido mucho a «personalizar» el drama económico del país. Por razones comprensibles, le atrajo la idea de que con su mera presencia pudiera poner fin a una recesión ya muy larga, ilusión que compartían muchos que en la actualidad están atacándolo con dureza por haber formulado previsiones optimistas. Pero aun cuando Cavallo fuera un hombre menos combativo sin ningún deseo de cumplir un papel protagónico no le hubiera sido dado impedir que, después del fracaso de un intento de estimular una «reactivación» con medidas tan heterodoxas que incluso Raúl Alfonsín lo felicitó por su voluntad de abandonar los «dogmas liberales», los reacios a admitir que los límites son reales lo trataran como la encarnación de «la crisis» y por lo tanto como su virtual creador. Al fin y al cabo, andando el tiempo hasta José Luis Machinea se vio constreñido a desempeñar este rol nada grato, aunque en su caso los críticos lo acusaban de ser demasiado propenso a vacilar además, claro está, de manifestar un respeto presuntamente excesivo por «los mercados» y por «los técnicos» del Fondo Monetario Internacional.

La costumbre de atribuir la fase más reciente del desbarajuste económico a los vicios personales o ideológicos de un «superministro» es una forma perversa de escapismo, porque implica negarse a reconocer que la crisis tiene raíces muy profundas y que superarla exigiría algo más que una decisión por parte de un gobierno «humano» de escuchar al «pueblo» para entonces proceder a repartir beneficios que ya son ficticios. Nos guste o no, cualquier «solución» concebible perjudicaría una multitud de intereses creados que están comprometidos con el orden tradicional y que están dispuestos a defenderlo. Puesto que los consustanciados con dichos intereses dominan los partidos políticos más poderosos, los sindicatos y muchas organizaciones sectoriales y que, al agravarse el estado del país, no pueden sino redoblar sus esfuerzos por aferrarse a lo que tienen, antes de que pueda producirse «el cambio» que tantos dicen querer será necesario muchísimo más que el reemplazo de un funcionario determinado.


Ya que en la Argentina es tradicional que el ministro de Economía de turno termine siendo considerado el máximo culpable de casi todas las desgracias nacionales, era de prever que a menos que el regreso de Domingo Cavallo coincidiera con el inicio de una recuperación cíclica muy fuerte, el "salvador" de marzo no tardaría en convertirse en el blanco preferido de los dardos de los demás, como en efecto ha sucedido. Lo mismo que en tantas ocasiones en el pasado, una cantidad realmente notable de políticos y comunicadores parece habérselas ingeniado para persuadirse de que la eventual caída del "superministro" permitiría que por fin el país encontrara un "rumbo" más apropiado que el que eligió el presidente Fernando de la Rúa.

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