Umberto Eco: De regreso al medioevo
í, sin nada que envidiarle a «El nombre de la rosa».
O, en todo caso, sin casi nada que envidiarle.
Así es la textura de «Baudolino», la novela última de Umberto Eco, ese italiano portador -como alguna vez se lo definió en estas páginas- de una cara de dueño de fonda dedicada a muy pocos platos y pastoso tinto artesanal.
Sí, «Baudolino» no es la larga exploración por el mundo de la intriga y el dogmatismo que define a «El nombre de la rosa».
Tampoco hay en sus páginas un hombre de los reflejos y reflexión propios de Guillermo de Baskerville, esa versión de Sherlock Holmes de la Edad Media que llega a la abadía para desenredar las miserias e hipocresías de sus pares.
Es posible incluso que «El nombre de la rosa» nos referencie más con la historia que «Baudolino». Sucede que quien conoce la historia de aquel tiempo gris que para el espíritu inquieto fue el grueso de la Edad Media, advierte rápidamente que en «El nombre de la rosa», la ficción es un elemento colateral.
Y por supuesto, «Baudolino» no hace del diálogo agrio, un mecanismo para expresar el desencuentro de ideas y percepciones sobre la vida y el mundo.
Ese diálogo tan común con que se manifiestan las sospechas e intrigas en que se mueven los monjes de «El nombre de la rosa».
El mundo de «Baudolino» es menos tenso que el de aquella abadía.
Más cálido. Enormemente vital. Apasionadamente dispuesto a exponerse a vivir con intensidad.
Todo en una época en que -en Italia y demagogia mediante-, la religión cristiana sólo acreditaba sentido a la existencia si ésta se verticalizaba a los designios de la fe.
En «Baudolino», esos designios no asfixian.
Están vigentes.
Pero no castran la vida. Tampoco la sed de aventura. Mucho menos la picardía. No condicionan la mentira. No limitan la fantasía ni la disposición a «estar en juego» que alimenta la personalidad de Baudolino
Baudolino es eso: un ser lleno de vida que quiere sustraerse del corsé de su tiempo.
En esa escapada, inventa y miente. Y lo hace con tanta convicción que convence.
– Y sus historias producen la gran historia- señala Umberto Eco, hacedor de ese jovencito laico y desprejuiciado que Federico Barbarroja incorpora a su corte para transformarlo en una especie de desopilante operador de sus sueños imperiales.
Nada le estará vedado a Baudolino. Desde hablar que los Reyes Magos son doce a crear una nueva lengua.
Abruma -y abruma seductoramente-, el despliegue de conocimientos sobre la Edad Media con que Umberto Eco construye los escenarios por los que deambula Baudolino.
Desde esta perspectiva no es aventurado afirmar que ese despliegue es más denso que el plasmado en «El nombre de la rosa».
Quizá porque no queda circunscripto a un único sitio.
Claro, no es nuevo pero vale refrescarlo: Umberto Eco es un maniático del detalle cuando de la Edad Media se trata.
Un orfebre que cincela la materia imponiéndose una exigencia que no deja espacio para otra cosa que no sea la excelencia.
Desborda la imaginación con que Umberto Eco planta las reflexiones y el mundo de ideas de Baudolino. Y el de la gente con que éste cruza vínculos.
Deja que esas relaciones y pensamientos discurran en el lenguaje del mundo cultural en que se han formado aquel y los otros.
Es el lenguaje del ser común. Del campesino o el herrero. Directo. Economía de palabras. Exultante en la afirmación o la negación.
A diferencia de en «El nombre de la Rosa», en «Baudolino» Umberto Eco no está presionado por la necesidad de elevar el discurso.
El espacio de aquella novela de hace 20 años, es un espacio perverso, pero culto. Muy culto.
El ámbito de Baudolino está fuera de aquellos muros conventuales. Está en la mayoría que no habla otro idioma que el que aprendió como pudo.
Una mayoría donde no hay tiempo para libros. Mucho menos para el latín.
Una mayoría que de tanto en tanto diezma la peste. O sucumbe con la lepra.
Una mayoría indefensa ante el poder.
Obligada a obediencias que definen una cultura del sometimiento que es la impronta más fuerte de la Edad Media desde lo social.
Esta estructura de poder late en «Baudolino».
Está más sugerida que explicitada.
El lector imagina la existencia de ese esquema de relaciones. Pero éste no agobia como agobia el el convento de «El nombre de la rosa».
Y en todo ese entramado, Baudolino primero y Baudolino y su pandilla después, se manejan a voluntad.
Y acción y más acción.
Porque «Baudolino» es algo parecido a una apología de la acción.
Del convencimiento de que la vida es demasiado importante como para no vivirla intensamente.
Aun en los términos desenfrenados como lo hace Baudolino.
Un mentiroso apasionante.
Carlos Torrengo
í, sin nada que envidiarle a "El nombre de la rosa".
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