Apagar el celular: ¿pesadilla moderna o alivio inesperado?

Vivimos conectados casi sin pausa, pero ¿a qué costo? ¿Qué sentimos cuando nuestro smartphone ya no está al alcance de la mano? Ansiedad, tensión. La psicóloga Clara Oyuela propone experimentos de desconexión para observar cómo reacciona el cuerpo cuando nos desenchufamos de la pantalla.

No hay un ranking oficial de peores pesadillas, pero, estar sin señal de celular podría ser una de las que ocupe el podio. Incluso quedarse sin batería puede convertirse en una experiencia sofocante, terrorífica.
¿Qué pasa cuando no tenemos acceso al celular? ¿Nos sudan las manos? ¿Nos tensionamos? ¿Nos genera más ansiedad? ¿O, por el contrario, empezamos a tranquilizarnos?

Clara Oyuela es psicóloga y psicodramatista y viene realizando experimentos en los que propone “desconexiones”.

“Hice mi primer experimento de desconexión en 2018 con mi propio caso de desconexión al celular durante 30 días y ese fue el primer disparador”, cuenta.

Desde el fin de la pandemia empezó a buscar respuestas. Sus indagaciones giraban en torno a la dependencia tecnológica que nos rodea y al efecto que eso puede tener nuestra salud mental y emocional.

Ya acompañó más de 100 casos de desconexión de adolescentes y adultos. Empezó con un grupo de adolescentes de 16 años que eran sus alumnos. “En la escuela empecé a observar situaciones cotidianas de los jóvenes con los celulares que me hacía mucho ruido. Por ejemplo, veía a niños con diagnóstico de autismo en el pasillo de la escuela prendidos a su iPad, o a chicas que tenían problemas de vinculación o con diagnósticos de depresión o cuadros de ansiedad refugiadas en sus celulares o a niños y adolescentes sin ningún tipo de diagnóstico más que cuestiones de crecimiento humano con celulares. Y arranqué con esa observación una hipótesis y decidí que esa hipótesis en vez de teorizarla, la llevaría al cuerpo”.

Clara Oyuela hoy ya publicó “Crónicas de una abstinencia. Un experimento fuera de línea”, fue oradora de la charla Tedx “¿Qué pasa cuando nos desenchufamos?” y obtuvo el Premio de Oro Obrar Federal por “Un experimento fuera de línea” del Consejo Publicitario Argentino, campaña de impacto positivo en la sociedad.

En aquel momento de inicio, su pensamiento fue: “si yo quiero analizar e investigar la relación que tiene el celular en nuestra salud mental y en la vida de los jóvenes tengo que sacar al objeto (celular) de la escena. Y a partir de ahí observar qué reacciones físicas, emocionales y psicológicas aparecían”.
Fue ahí que extendió la experiencia a un grupo de padres y madres de otra escuela, también a grupo de empleados del municipio de San Martín de los Andes, otro grupo de adolescentes de otra escuela y voluntarios online mayores de 18 años de diferentes puntos del país.

En todas las experiencias Clara Oyuela acompañó a quienes se sumaron a la desconexión, es decir, estar cuatro días sin acceso al celular, ni a redes sociales. Armó un protocolo con lo permitido y con lo que no. En todos los casos, buscó indagar ¿Qué pasaba en esos cuerpos cuando el celular se retiraba? Ahora, está terminando su segundo libro sobre la temática en donde volcará todas estas experiencias.

“Durante el proceso de desconexión empiezan a aparecer una cantidad de síntomas y de situaciones que las mismas personas van identificando”, cuenta. Y adelanta algunas de sus conclusiones: “Un adolescente de 16 años, cuando se desconecta, manifiesta los mismos síntomas que un adulto de 45. Es decir, no hay distinción, en base a las edades. Pero, lo interesante es que un adolescente está en pleno proceso de desarrollo, está creciendo, está formando su carácter, su autoestima, su identidad, diferente a un adulto de 45 que suponemos que ya pudo conformar esa estructura que le hace enfrentar la vida de otra manera”.

Los síntomas que comenzaron a aparecer en sus experimentos fueron similares en los distintos grupos: “son síntomas físicos que tienen que ver con la abstinencia y la ansiedad”. Tuvo casos en donde a las personas le temblaron las piernas, a otras le sudaron las manos, se comieron las uñas. Otros, llevaban el celular apagado porque “les daba seguridad”.

“Sin embargo, pasado esos primeros días, aparece una cuestión muy positiva. En la mayoría de los casos aparece la sensación de calma, de haberse concentrado mejor en las tareas cotidianas, de recuperar una energía vital que parece perderse, aparece riqueza en los vínculos, gente que vuelve a leer, a dormir mejor por la noche. También más conexión con el entorno y con el ambiente que los rodea. O sea, una capacidad de observación y de disfrutar de lo sencillo”, resume.

Hoy nadie imagina viajar en un avión y que el compañero del costado se encienda un cigarrillo. O ir al turno médico y que el profesional, antes de escribir la receta, prenda un pucho. “Al igual que lo que pasó con la industria tabacalera en 1930, 1950, hoy nos falta mucha información sobre lo que provoca el exceso de consumo del celular”, dice Clara Oyuela. Y su diagnóstico es claro: “el celular trae consecuencias en la medida en que nos excedemos”.

“Ojalá exista un día”, continúa, “que ver a un niño con un celular propio nos resulte tan movilizante como verlo fumar o que vaya sin cinturón de seguridad en la ruta. Es decir, ojalá podamos llegar a ese nivel de conciencia de lo que son esas acciones negligentes de parte nuestro”.

Con relación a esta analogía entre celular y tabaco, en el año 2023 diseñó un etiquetado hipotético de celular, tal como lo tiene el tabaco, o el alcohol, que informa y advierte sobre qué es lo que puede provocar el exceso de su consumo. En el tabaco dice que el exceso de fumar puede traer malformaciones en el feto, puede provocar cáncer de pulmón. ¿En el celular o las redes sociales qué diría? “En base a todos los experimentos de desconexión que hice, el etiquetado hipotético podría decir, que el uso excesivo de celular puede provocar adicción, depresión, irritabilidad, baja autoestima, déficit de imaginación, trastorno de la autopercepción, problemas en la vista, trastorno de sueño, falta de concentración, entre tantos otros síntomas”, dice y suma, “y pondría no recomendado para menores de 16 años”.

Clara Oyuela no tiene una postura radical con relación a lo tecnológico. “Creo”, analiza, “que somos seres que estamos viviendo en este momento del mundo. Un mundo que nos desafía de mil maneras y que nos lleva a interpelarnos y a buscar las maneras de regular el uso tecnológico y de preguntarnos qué tipo de tecnología es conveniente para cada edad y para cada momento de la vida”.

Por eso, ve de manera muy beneficioso poder cada tanto poner un freno y buscar estrategias para regular el uso del celular y si es necesario desconectarse durante unos días.

La propuesta está hecha, el desafío es intentarlo.


No hay un ranking oficial de peores pesadillas, pero, estar sin señal de celular podría ser una de las que ocupe el podio. Incluso quedarse sin batería puede convertirse en una experiencia sofocante, terrorífica.
¿Qué pasa cuando no tenemos acceso al celular? ¿Nos sudan las manos? ¿Nos tensionamos? ¿Nos genera más ansiedad? ¿O, por el contrario, empezamos a tranquilizarnos?

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